La edad no es una disfunción sexual

Cuáles son las razones más comunes por las que las personas de mayor edad mantienen activa o abandonan su vida sexual
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12 de diciembre de 2009  

El mito asegura que a partir de las terapias de reemplazo hormonal y, sobre todo, de los fármacos contra la disfunción eréctil del tipo del sildenafil (viagra), cambió todo. Pero la sexualidad es tan compleja, e involucra tantos otros factores además de la capacidad orgánica de mantener relaciones sexuales, que conviene poner la lupa en los aspectos más humanos del problema: el vínculo con uno mismo y con el otro, y cómo estos vínculos son alterados por los problemas que apareja la edad.

Primero, algo estadístico sobre lo que pasa en las mujeres después de la menopausia. Yendo a un estudio dado a conocer recientemente por la investigadora médica Alison Huang, de la Universidad de California, y publicado en la revista médica de la Asociación Estadounidense de Geriatría, se ve que un 43% de las mujeres después de la menopausia mantienen al menos un deseo sexual "moderado", según una escala subjetiva. Y que un 60% de ellas había tenido relaciones en los últimos tres meses.

En realidad este estudio tomó en cuenta los dichos de mujeres de entre 45 y 80 años, lo que representa un rango tan variado que prácticamente no dice demasiado. Pero también indaga más allá. Asegura, por ejemplo, que después de los 65 años, una cuarta parte mantiene ese nivel de deseo al menos "moderado", y un tercio de ellas siguen sexualmente activas.

Cuando se les preguntó a las que dejaron de tener actividad sexual -es decir, cualquier actividad destinada a la excitación y el placer sexual, incluso la masturbación- cuál había sido la causa, el 39% dijo que había sido simplemente falta de deseo. Otro 36% adujo haber perdido a su pareja, un 23% tenía a su pareja con problemas de salud y, en un 11%, decían que era él quien había perdido el interés. Solamente un 9% dijo que sus propios problemas de salud física le impedían tener relaciones. La conclusión de la investigadora fue que, en las mujeres, los fármacos pueden mejorar algo en las mujeres sexualmente activas, pero que no son tan determinantes como la actitud de la pareja a la hora de determinar la continuidad de la vida sexual a través de los años.

El mundo de la diversidad

Los prejuicios sobre la vejez pueden influir más que la biología en la vida sexual adulta. El cuerpo cambia con los años; por lo tanto la sexualidad también cambia, y por lo que dicen los sexólogos, quienes mejor la pasan cuando ya no son tan jóvenes son los que saben hacerse amigas y amigos de esta idea. Si evaluar el placer sexual en términos de "productividad" ya es inapropiado cuando se es joven -es decir, mientras se puede-, hacerlo a medida que se avanza en la edad adulta parece serlo más. Se sabe, por ejemplo, que los varones que no logran despegar la idea de satisfacción sexual del acto de la penetración son más propensos a generarse, a la larga, frustraciones que probablemente vayan en detrimento de su satisfacción en este terreno de la vida.

La recurrencia del acento puesto en la penetración hizo que, cuando aparecieron hace una década las primeras drogas contra la disfunción eréctil, llovieran las consultas de varones a los médicos y psiquiatras, y que aumentaran las especializaciones en sexología. ¿Qué pasó,mientras tanto, con las mujeres? Uno de los que más ha investigado el tema de la sexualidad en las personas de más de 65 años en América Latina y lo ha dado a conocer a través de decenas de trabajos publicados es el sexólogo uruguayo Andrés Flores Colombino, miembro de la Asociación Mundial de Sexología (WAS, por sus siglas en inglés).

Según uno de esos trabajos, hecho ya hace cinco años, por cada nueve hombres de esa edad que consultan al sexólogo, sólo lo hace una mujer (en las personas más jóvenes, los números le dieron una de cada tres). El mensaje parece claro: a medida que los años les pasan, ellas se preocupan menos por su sexualidad, mientras que ellos se preocupan más. Más aún: muchas de las que recurren a la consulta, además, parecen hacerlo aquejadas más bien por las dificultades sexuales de sus parejas, más que por las suyas propias.

Nada funciona a los 80 años de edad de la misma manera que a los 20. Salvo, quizá, la fantasía, que es uno de los capitales más valiosos de la vida sexual. Y todos los sexólogos y psiquiatras que trabajan con personas de edad avanzada pueden asegurar que, si bien no todos pueden conservar intacta esa capacidad y más bien son pocos los capaces de expresarla, no hay límite de edad establecido por la biología para la fantasía sexual.

La capacidad para disfrutar de la sexualidad dependerá en gran medida del estado general de salud y de los parámetros clínicos. Pero la popularización del término "disfunción" puede haber hecho que cualquiera de los lógicos cambios que la persona va experimentando con el tiempo sean vividos como si fuesen una "disfunción".

El marketing farmacéutico también ha hecho mucho para dejar arraigada esa idea en el sentido común. Y esta es una idea que impacta psicológicamente, más aún en un terreno como la sexualidad, donde el componente psíquico del erotismo y el placer es tanto o más determinante que lo orgánico o lo meramente genital.

La tendencia de los especialistas más serios es escuchar a la persona, y conocer también sus parámetros clínicos para saber en qué medida una falta de deseo o un problema de erección puede estar enmascarando cuestiones orgánicas -diabetes o problemas cardíacos, por ejemplo- o psíquicas más profundas (una depresión, por ejemplo). Por lo demás, la construcción de la sexualidad, el conocimiento y la aceptación del propio cuerpo y del propio placer (y del cuerpo y del placer del otro) es un camino de búsqueda y de exploración sin campana de llegada, que a cada edad y en cada circunstancia tienen sus propias vicisitudes.

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