La farmacia en la verdulería

Nora Bär
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22 de marzo de 2000  

No es que uno se rinda ante el paso del tiempo, pero últimamente todo cambia tan rápido que a veces resulta difícil explicar cómo era el mundo hace apenas unas décadas.

Por ejemplo, en Banfield, mi barrio de la niñez, existía la feria ambulante. Todos los martes y viernes por la mañana, las vecinas recorríamos los puestos de lona y llenábamos nuestro chango de duraznos dulcísimos, ananás fragantes, peras jugosas, naranjas y manzanas que eran un regalo para los sentidos.

Pero cuando intento describirles a mis hijos los mundos de sabor que surgían de esas frutas, ellos me miran con los ojos redondos de incredulidad: no conciben que los tomates no estén programados para madurar en la cocina, ni logran imaginar el escozor que experimentaban nuestras papilas gustativas apenas percibían la pulpa de un damasco natural .

Es más, si los experimentos que se están realizando dan resultado, las frutas y verduras de nuestra niñez serán una imagen cada vez más nostálgica. En su lugar, los supermercados de mañana estarán colmados de zanahorias que contribuirán a reducir el riesgo de cáncer, bananas que bajarán el nivel del colesterol malo en la sangre, manzanas con calcio contra la osteoporosis y todo un abanico de alimentos con propiedades medicinales.

Como escribe Kathryn Brown en el último número de Discover, la sociedad entre la industria farmacéutica y la de la nutrición dará lugar a una nueva generación de comestibles con propiedades extraordinarias, los nutracéuticos .

"En los Estados Unidos -afirma Brown-, alimentos rudimentariamente funcionales, como el jugo de naranja enriquecido con vitaminas C y E, ya conforman un mercado de 15 mil millones de dólares." Los primeros ejemplos de esta tecnología de la alimentación medicinal incluyen una mezcla de cholate y leche con suplementos minerales, cereales, barras proteicas y otros alimentos enriquecidos con ingredientes que disminuyen la posibilidad de enfermedad cardíaca y osteoporosis. En la Argentina, el doctor Guillermo Oliver desarrolló la leche probiótica que cura la diarrea estival.

Pero para el futuro se anticipan otros con extracto de pulpa de madera -que baja los niveles del LDL o colesterol malo-, productos con proteína de soja -que disminuye el riesgo de enfermedad cardíaca-, zanahorias con antioxidantes y licopenos -para evitar el cáncer y ayudar a retrasar la edad-, cebollas con compuestos anticoagulantes -que podrían ayudar a reducir la incidencia de infarto-, papas genéticamente alteradas para que absorban menos aceite cuando se las fría o con una vacuna contra la hepatitis B, y hasta bananas y tomates capaces de combatir el cólera.

Todo un arsenal de duplicidades que parece emanado de los universos fantásticos de Julio Cortázar que, dicho sea de paso, también fue vecino de Banfield.

Por: Nora Bär

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