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"Me diagnosticaron depresión atípica y esto es lo que aprendí"

Depresión atípica: la enfermedad que "no se nota".
Depresión atípica: la enfermedad que "no se nota".
Inés Pujana
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12 de marzo de 2019  • 15:06

Marina es joven, exitosa en su profesión y sumamente alegre y energética. Nadie sospecharía al verla que conoció las profundidades del abismo de una depresión y que hasta pensó en silenciarse para siempre. Hoy, recuperada de lo que considera una de las situaciones más difiíciles de su vida, puede verse a sí misma como una persona más enriquecida y empática. Porque entiende a los que pasaron o están pasando por lo mismo que ella vivió y porque siente que la agonía le agregó matices y profundidad, convirtiéndola en una persona más linda y completa. Ella dice que en algún punto las experiencias dolorosas le dejaron huellas, pero que al igual que el kintsugi o kintsukuroi -la práctica japonesa de reparar objetos de cerámica con oro- esas marcas la embellecieron. Este es su relato y su mensaje:

"Si en algo coincidimos muchos de los que en algún momento de nuestras vidas padecimos depresión, es que no se lo desearíamos ni a nuestro peor enemigo. Sentir que se te apaga el motor interno es de las peores cosas que te pueden pasar, porque dejás de reír, de disfrutar y de encontrarle un sentido a estar vivo. Es como si toda tu vida se pintara de gris, por no decir de negro, y sintieras un permanente agujero en el pecho, que succiona todas tus motivaciones e intereses. En su lugar aparecen una fila de pensamientos oscuros que se repiten y que rumiás sin parar, hundiéndote cada vez más en tu abismo. Te alejás de todos y te aislás, pensando que nadie va a poder entenderte. Y si por uno de esos milagros lográs contárselo a alguien, nada de lo que te dicen te alcanza ni parece surtir el efecto necesario para sacarte del pantano. Lo peor es cuando te tiran frases motivacionales sacadas de algún libro de autoayuda: 'Ser feliz es una decisión' o 'Tenés un millón de cosas por las que ser feliz y estar agradecido' y vos, aunque lo intentes, no podés cambiar lo que te pasa. El agujero te succiona más y más".

"En mi interior vivía un infierno"

"La mayoría de las personas cuando se deprimen caen en una suerte de letargo que les impide salir de la cama o de su casa, bañarse y hacer cualquier actividad que lleve algún tipo de esfuerzo. Cuando yo me deprimí, en cambio, no corté en ningún momento con mi rutina. Al contrario: mis notas en la facultad nunca fueron mejores, salía a bailar y hasta me iba de viaje con mis amigas, haciendo trekking de alta montaña en Mendoza y deportes extremos. Para cualquiera que me viera, yo era una chica sana que hacía todo lo que se esperaba de ella. Pero en mi interior vivía un infierno. Aguanté todo lo que pude, hasta que un día tuve un ataque de pánico: los pensamientos llegaron a galopar en mi cabeza de tal forma, que me bajó la presión y me desmayé. Fue la gota que derramó el vaso. Aconsejada por mi mamá, empecé terapia con una psicóloga que me ayudó muchísimo, pero que cuando me escuchó decir que fantaseaba con la idea de no vivir más y cortar con el sufrimiento de una vez por todas, me dijo: 'Marina, te tengo que derivar con un psiquiatra'. Para mí tomar medicación era la derrota más grande de todas. Tener que depender de una pastillita para poder funcionar me parecía de débiles y me hacía odiarme todavía más. Pero desesperada como estaba, accedí y llegué a conocer a Clara, una psiquiatra que logró hacerme entender varias cosas: que mi depresión era atípica porque no me postraba en la cama, sino todo lo contrario; que lo que me pasaba no era mi culpa; que yo no era 'débil' por sentirme así y que simplemente mis neurotransmisores no estaban haciendo su trabajo, por lo que que había que darles 'un empujoncito para que se pusieran en marcha'. Nada más. El resto era cuestión de seguir con la terapia para encontrar los motivos que me habían hecho caer en este agujero, algo que iba a ser mucho más fácil con la ayuda de los medicamentos. Clara me recetó un antidepresivo que se adaptaba a mis particularidades y que por suerte no me generó efectos adversos, y en poco tiempo me empecé a recuperar".

"Podía elegir cómo quería que fuera mi vida de ahora en adelante"

"No fue fácil salir del pozo. Hubieron avances y retrocesos y sobre todo miedo, mucho miedo de volver a ese lugar oscuro en donde había caído y en el que no le deseo estar a nadie. Tuve que revisar toda mi historia familiar, revivir experiencias traumáticas de mi niñez y encontrar cuáles eran esas ideas 'erróneas' que me tiraban para atrás. El trabajo era intenso y lento, pero muy fructífero. Aprendí a mirarme con otros ojos y entendí que, si bien no podía cambiar muchas de las cosas que había vivido, sí podía elegir cómo quería que fuera mi vida de ahora en adelante".

"No volví a tener esas ideas"

"La medicación la tomé durante 5 años. Clara me explicó que los pensamientos depresivos habían generado una suerte de caminito de hormigas en mi cerebro, en el que a fuerza de tanta repetición ya no crecía el pasto. La función del medicamento, entonces, era impedir que mis pensamientos volvieran a recorrer ese camino, para de esa forma permitir que volviera a brotar el verde. Si lo tomaba durante un tiempo considerable, iba a ser mucho menos probable que mi cabeza volviera a tener las mismas ideas depresivas, lo que me daba una suerte de efecto protector y evitaba que tuviera una recaída. Por ahora parece haber tenido razón, porque no volví a tener esas ideas, pero hay una serie de cosas que sigo como un mantra: duermo entre 6 y 8 horas como mínimo, como bien, procuro hacer deporte y en mi agenda siempre programo un momento de relax y descanso, porque aprendí que el estrés es un gatillo importante de esta enfermedad, que no es distinta de cualquier otra y que tiene que ser tratada con la misma seriedad, sin estigmas ni represalias sociales. Porque no hay nada peor que, encima de sentirte pésimo, tener que andar escondiéndote".

* Si creés que podés estar sufriendo algo de lo que contamos en esta nota, no dudes en consultar a un profesional de la salud.

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