Un miedo que deja sin aliento

Por Lic. Norberto Brude
Por Lic. Norberto Brude
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29 de marzo de 2000  

De perfil, el contorno de su espalda parecía una gran S. Pero no venía a la consulta por una cuestión estética ni dolorosa. "Tengo un problema laboral me dijo-. Vivo del canto, doctor, pero últimamente me cuesta cantar frases largas. Me quedo sin aire."

Mi paciente era flaco, frágil, desgarbado. Muy tímido. Como las tortugas, en gesto apesumbrado estiraba el cuello hacia adelante, lo que acortaba la distancia entre el mentón y el tórax y también de los músculos que sostenían la laringe. Cuando en la primera sesión lo ayudé a estirar la cabeza hacia atrás y arriba, volviendo toda la línea de su cuerpo a una posición normal, se le cerraba la garganta.

Además, tenía el tórax de un asmático sin serlo: ancho, en inspiración. Las personas que padecen asma sufren de atrapamiento de aire en los pulmones porque se cierran los bronquios y entonces no pueden expirar todo el aire que inspiran. Con el tiempo, los músculos inspiradores adquieren una posición incorrecta y sobreexigida. El tórax se ensancha.

En una situación normal, los músculos inspiradores funcionan como elásticos que elevan las costillas y permiten la entrada de aire. Como todo elástico, deben estirarse para poder acortarse. Pero los músculos de Alfredo se estiraban muy poco entre acortamiento y acortamiento porque el pulmón todavía permanecía inflado luego de la expiración; las costillas permanecían elevadas y con los años los músculos se tornaron rígidos. Entonces tuvo problemas con su canto: inflado como un globo no podía tomar aire y tampoco exhalarlo para hacer vibrar las cuerdas vocales con la calidad que su trabajo le exigía.

Había que corregir esa postura. Fuimos estirando los músculos que sostienen la nuez de Adán para mejorar el pasaje de aire por la laringe.

Los avances en la sesión eran muy buenos. Sin embargo, no todo funcionaba. Alfredo llegaba a la siguiente sesión habiendo perdido por completo lo ganado en la anterior.

Había algo que yo no comprendía.

Pero en una sesión en la que Alfredo, acostado en la camilla, tenía la espalda más estirada, las costillas más móviles y la garganta más libre, lo que implicaba que se sintiera más cómodo, le pregunté: "¿Alfredo, qué sentís?". "Así, con más aire -respondió tembloroso-, me da miedo."

Interrumpí la sesión. Lo hice sentar y conversamos. Me contó que quería producir cambios en su vida, pero no se animaba a ir muy rápido . Era una persona temerosa por naturaleza y el miedo había condicionado su postura. Había ido encorvando su espalda, escondiéndose del mundo. Su timidez le había hecho retener el aire para no llamar la atención. De lo que no se daba cuenta es de que podía estar tres minutos sin respirar, pero ni un solo instante sin expresar, porque la contención de una emoción es una expresión en sí misma.

El cuerpo expresa las emociones, pero también las realimenta. Modificar su postura significaba poder sentir algo distinto. El progreso en las sesiones lo aterraba porque una apertura del intercambio del aire de alguna manera significaba un mayor intercambio con el mundo. Mucho aire le daba miedo, poco aire le impedía vivir. Se sentía atrapado. Por suerte, teníamos la llave.

Trabajamos adecuando el ritmo de trabajo a lo que Alfredo toleraba sin que el miedo lo paralizase.

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