Desde una casilla de voz de un viejo teléfono bajé un mensaje de mi padre. Por temor a que un día en esta vorágine tecnológica de archivos y backups mal realizados (mi especialidad) se perdiera, decidí enviarlo a mi propia casilla de mail. En el asunto puse un simple “Mensaje Toti” como para poder ubicarlo fácilmente en caso de necesitarlo. No es que lo escuche a menudo, lo hice al principio, durante esos primeros meses después de su muerte, pero no más.