Se topó en la tribuna con el hombre que mató a su hermano; lo tiraron y ahora agoniza

Emanuele Balbo, de 22 años, está internado en coma profundo; su padre denunció que el acusado de haber arrollado a otro de sus hijos fue con varios más a darle una paliza; ya hay dos detenidos
Gabriela Origlia
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17 de abril de 2017  

El momento en que tres hinchas arrojan al vacío a Emanuele Balbo
El momento en que tres hinchas arrojan al vacío a Emanuele Balbo Crédito: Imagen de TV

CÓRDOBA.- Más de cien personas esperan en la puerta del Hospital de Urgencias. Están Raúl y Alejandra -los padres de Emanuele Balbo-, familiares, amigos e hinchas de Belgrano. El parte médico de las 18 es angustiante: retirada la medicación con la que se le indujo el coma, el joven no reacciona a los estímulos.

Así están desde ayer, cuando, apenas comenzado el entretiempo del superclásico cordobés, varios sujetos le dieron una paliza antes de que el joven, de 22 años, cayera al vacío en una de las bocas de acceso al estadio Mario Alberto Kempes. Si lo tiraron los que le pegaban o si fue el último intento de la víctima por evitar morir allí mismo por los golpes es motivo de investigación, al igual que el motivo de la agresión. Para la familia, sin embargo, está claro: el ataque lo encabezó el mismo que arrolló y mató al hermano de Emanuele hace cuatro años y medio.

La fiscal Liliana Sánchez, a cargo de la causa caratulada como "lesiones gravísimas", ordenó la detención de tres sujetos. Anoche habían sido apresados dos: padre e hijo, identificados en las imágenes del ataque. La calificación del hecho puede pasar a "tentativa de homicidio, agravada por la ley de deportes".

Hace 24 horas que la desesperación atraviesa a los Balbo. Como aquel 25 de noviembre de 2012, cuando murió un hermano de Emanuele, Agustín, de 14 años. Iba en una moto con un amigo (que también perdió la vida en el hecho) y fueron arrollados por dos autos que corrían una picada en el barrio Ampliación Ferreyra. En uno de esos coches iba Oscar "Sapo" Gómez. "Emanuele vivía eso con rencor, por la falta de justicia, pero no hacía nada. Esperaba, como todos nosotros", apunta su padre. El juicio se hará este año.

El "Sapo", según dijeron la familia de Emanuele y Lucas, el amigo que estaba con él en la cancha, es quien ordenó que lo golpearan.

"Es una pesadilla. Como que hay un Dios que fue él. Matar a Agustín, atropellar a otra chica, amenazar..." Raúl Balbo habla con LA NACION mientras intenta procesar las palabras de la médica que le informó el último parte. "Nos dijo que hay que esperar 12 horas más a ver qué pasa cuando no queden medicamentos en el cuerpo."

A Alejandra, la mamá, la rodean amigas. Fuma con desesperación y quiere creer que habrá un milagro. Franco, el hermano de 20, está a unos metros. Lautaro, de 10, y Martín, de 4, están en la casa. El papá -hincha de Talleres- cuenta que le jugó cuatro kilos de asado a que los albiazules ganaban el clásico. "Nos fuimos con mi mujer a Bialet Massé, al cumpleaños de mi cuñado. Él salió para la cancha con Lucas, como siempre. ¡Qué va a ser hincha de la T! Ni un tatuaje tiene, nada. No estaba robando a nadie...", repite a LA NACION, sin entender por qué tanta locura.

Un testigo habla con Raúl Balbo (derecha)
Un testigo habla con Raúl Balbo (derecha)

Ésa -que era un infiltrado en la tribuna "pirata"- fue la primera versión que corrió después de que a Emanuele lo golpearon y lo tiraron de la tribuna. "A Gómez lo cruzábamos a cada rato después de la muerte de Agustín, hasta que se fue del barrio, hace tiempo", dice Raúl.

"Todos sabemos quiénes son, se los ve clarito", comentan unos muchachos de remeras de Belgrano en el estacionamiento del hospital. Hablan de los tres sospechosos cuya captura se pidió.

A Lucas, de 27 años, la tristeza apenas lo deja hablar. Él estaba con Emanuele cuando pasó todo. "Siempre íbamos a la tribuna Gasparini, pero como no conseguimos entradas fuimos a la Willington. Apenas subimos vimos a Gómez. Nos gritó: «¿Qué mierda miran?» y nos insultó. Seguimos subiendo y nos metimos entre la gente. Cuando terminó el primer tiempo muchos se sentaron y nos volvió a ver. «Andate, andate», gritaba. Y ahí se vino con los otros a pegar. Lo agarré a él [al "Sapo"], pero los otros se fueron contra Emanuele. No paraban. Entonces lo tiraron, lo empujaron", contó a LA NACION. Se subió el cierre de la campera deportiva hasta arriba, metió las manos en los bolsillos. Tenía el frío que provocan el temor y la angustia.

Mientras el papá de Emanuele habla con LA NACION, se acerca un hombre, Pablo. Deja su número de teléfono y se pone a disposición para ser testigo. Estaba abajo, donde el joven cayó. Relató: "Estaba boca abajo, con un corte detrás de la oreja. Con otro muchacho nos vinimos y nos agarramos de las manos para frenar a los que se le iban encima y le querían seguir pegando. No paraban. «¡Lo van a matar!», les decíamos". Raúl escuchaba sin hacer gestos, miraba si ver. No interrumpía. "Él no se movía, no atinaba a nada; estaba inconsciente. Una mujer gritaba que terminaran. Teníamos miedo de que también lo asfixiaran", continuó Pablo.

"¿Y la policía?", preguntó esta cronista. "Vinieron tres con chalecos fluorescentes, pero les pegaron a ellos también. Hasta que llegó la camilla y pasó la ambulancia fue terrible." Otros hombres que escuchan agregan que pasaron unos 15 minutos hasta que sacaron a Emanuele. Y que había quienes gritaban: "Es de Talleres, por eso le pegan".

"Voy desde que era chiquito a la cancha. Qué importa de quién era, queríamos parar los golpes", afirma Pablo, todavía consternado por el resultado de tamaña barbarie en lo que debió haber sido una fiesta.

Enemigo íntimo

El incontrolable hincha local

El nuevo presidente de la AFA, Claudio "Chiqui" Tapia, se fijó una meta: que a fines de este año "la familia" vuelva a los estadios de fútbol. No explicó cómo lo logrará desde la gestión. Pero episodios de barbarie como el del sábado en el superclásico cordobés, más que despejar las dudas, confirman algo que ya es una verdad de Perogrullo: no habrá nada que hacer, no habrá esperanzas, si los hinchas no cambian el "chip" que, en las gradas y arropado por la masa, los convierte en soldados listos para la guerra "por los colores" antes que en espectadores y simpatizantes. Los barrabravas que los clubes no se esfuerzan en erradicar -desde hace décadas- de sus canchas confirman, también, que el problema no son los visitantes: el enemigo está adentro.

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