Una desgarradora muestra de la realidad

Fernando Pedrosa
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24 de febrero de 2013  

El desgraciado suceso en que un joven alcoholizado atropelló y mató a un hombre que se trasladaba en bicicleta y las insólitas circunstancias que rodearon el hecho tomaron otro cariz cuando se hizo público que se trataba del hijo del periodista Eduardo Aliverti.

El alto conocimiento de este último debido a su trayectoria en medios de comunicación y su presente ligado al poder político conformaron un explosivo cóctel, introduciendo la cuestión en la despiadada y polarizada vida política argentina. Pero, también, en el mar de dudas que históricamente envuelve a los hijos del poder cuando deben enfrentar las consecuencias judiciales de sus actos.

La prensa oficialista reclamó que se deje actuar a la justicia, que no se manipule la información, respetar el dolor familiar y que no se mezcle la posición política del padre con los hechos que involucraron al hijo. Sin embargo, esas razonables demandas nunca fueron respetadas por ellos (ni por Aliverti) cuando se trató de los hijos de "otros". El caso construido alrededor de los hijos de Ernestina de Noble podría ser un ejemplo paradigmático de ello.

Desde el retorno de la democracia, la impugnación a la teoría de los dos demonios puso en su lugar la responsabilidad del Estado en la represión ilegal, pero también su interpretación fanatizada generó un doble rasero, una valía diferente para los hijos, según el uniforme que tuvieran puesto al momento de su muerte o de la de sus padres.

Fue Hebe de Bonafini el ícono de este sectarismo, que, además, no reconocía fronteras. Así, los derechos larga y justamente reivindicados para sus hijos no eran tan merecidos para los hijos de las víctimas del terrorismo vasco o de los muertos en las Torres Gemelas.

Pero este cuadro supera el caso que hoy ocupa coyunturalmente la atención social. Diversos grupos reclaman ante la Justicia, el Gobierno, y a una sociedad que mira para otro lado, que sus hijos también son importantes, que no deben ser olvidados y que merecen la justicia que les ha sido arrebatada.

Estos días escuchamos a los familiares de las víctimas del accidente de Once y de la AMIA, pero aún sigue resonando los ruegos de las Madres del Dolor, la lucha de Susana Trimarco, Diana Cohen Agrest y Juan Carlos Blumberg, o los reclamos por Miguel Bru, Luciano Arruga, Candela Rodríguez y Mariano Ferreyra, la desesperación de los familiares de la tragedia de Cromagnon, la insistencia de los padres del colegio Ecos y las tragedias repetidas de las mujeres muertas por violencia de género, entre otros.

Y esto es una desgarradora muestra de la situación que vivimos. Por un lado, cada día aumenta la cantidad de víctimas de la desidia estatal y que, además, se ven obligadas a exponerse públicamente para pedir por sus derechos cercenados. Por otro, estamos ante un Gobierno que persiste en discriminar entre hijos "suyos" e hijos "de otros" a la hora de atender esas demandas. Aunque, como en el terrible cuadro de Goya (y en el caso de Pablo García Aliverti también), finalmente, se convierta en un Saturno que devora a todos sus hijos sin importar de dónde vienen. ¿Qué puede ser peor?

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