Adiós a un creador de mundos lejanos

El escritor estadounidense murió a los 91 años; fue un maestro de la ciencia ficción y una de las plumas más notables del siglo XX
El escritor estadounidense murió a los 91 años; fue un maestro de la ciencia ficción y una de las plumas más notables del siglo XX
Leonardo Tarifeño
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7 de junio de 2012  

Ray Bradbury, un ícono de la literatura estadounidense que ayudó a popularizar el género de la ciencia ficción con libros como Crónicas marcianas , murió en la noche del martes, a los 91 años, informó ayer su editor. "El señor Bradbury murió pacíficamente en Los Angeles, tras una larga enfermedad", dijo un vocero de su editorial, HarperCollins. Barack Obama afirmó en un comunicado que su "talento para narrar historias dio una nueva forma a nuestra cultura y ensanchó nuestro mundo".

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Una estación espacial explota y un grupo de astronautas sale disparado en distintas direcciones hacia una noche cósmica repleta de estrellas. Mientras vuela a toda velocidad entre cometas y asteroides, uno de ellos advierte que va camino a la Tierra. Sabe que cuando entre en contacto con la atmósfera terrestre su cuerpo se convertirá en fuego y que muy posiblemente morirá sin que nadie sepa cómo fueron sus últimos segundos. "¿Alguien me verá? ¿Alguien me recordará?", alcanza a preguntarse el astronauta. Poco después, en el atardecer de un campo radiante, un niño ve caer la sombra de una luz en algún lugar del horizonte. "¡Una estrella fugaz! -grita su madre-. Pide tres deseos. Rápido, pide tres deseos."

La infancia, el futuro, la tecnología y la humanización del héroe, principalísimos rasgos de la literatura de Ray Bradbury, se condensan en la historia que cuenta "Caleidoscopio", bellísimo relato de El hombre ilustrado . Las dudas del astronauta-protagonista con respecto a su propia posteridad se evaporan a fuerza de poesía y simbolismo, ya que resulta imposible no recordarlo como una metáfora del recorrido vital de cada uno de nosotros. "¿Alguien me recordará?", se dice a sí mismo, antes de impactar de lleno en la memoria de sus lectores. Tal vez su creador, Ray Bradbury, se hizo la misma pregunta minutos antes de morir en la casa de Los Angeles en la que vivió durante más de 50 años. Y la duda desaparece nuevamente, pero en esta ocasión gracias a una obra que incluye tres auténticos clásicos ( El hombre ilustrado , Crónicas marcianas y Fahrenheit 451 ) y de una mirada, oscura y poética a la vez, que aportó la necesaria dosis de sospecha ante las promesas del discurso cientificista que creó la bomba atómica.

Hasta la llegada de Ray Bradbury al paisaje literario mundial, el futuro era cosa de robots, superhéroes o leyendas escritas con jerga pulp . En su obra, en cambio, el porvenir se instala en un cuarto trasero ("La pradera", de El hombre ilustrado ). En ese cuento, que anticipa los misterios de la realidad virtual, dos adultos se asombran por el realismo de un juego situado en Africa. Lo que no saben, o mejor dicho sabrán en algún momento, es que las imágenes de los leones resultan reales porque son virtuales. En una era como la actual, en la que los límites entre virtualidad y "realidad" se han difuminado para siempre, los recelos de Bradbury hacia la euforia tecnológica resuenan como el eco de una lucidez necesaria e inquietante. Crónicas marcianas , Fahrenheit 451 y El hombre ilustrado se constituyen a partir de esa desconfianza antiutópica, que los emparienta con el espíritu de La guerra de los mundos , de H.G. Wells; Un mundo feliz , de Aldous Huxley, y 1984, de George Orwell.

Bradbury había nacido el 22 de agosto de 1920 en Waukegan, Illinois, hijo de una inmigrante sueca y un operario de una empresa telefónica. Fue un niño enclenque y miope (años después, sus problemas de visión lo eximirían del servicio militar) y él mismo recordó su infancia como una época en la que, sobre todo, le costaba mucho dormir. Para que pudiera conciliar el sueño su madre le leía historias de los hermanos Grimm y L. Frank Baum, y sin que nadie se lo dijera aprendió que esas fantasías albergaban el secreto de la imaginación. A los 14 años se instaló en Los Angeles con el resto de su familia, y allí pasó de la adicción onírico-literaria al fanatismo por las películas. Por entonces, sus autores preferidos eran H.G. Wells, Julio Verne y Edgar Rice Burroughs, autor de Tarzán y The warlord of Mars . Su primer cuento publicado fue "Homecoming" (1946), que había mandado por correo y sin ninguna esperanza a la revista Mademoiselle . Por suerte para él, el editor de ficción de la revista era un tal Truman Capote, quien decidió que "Homecoming" brillara en las páginas a su cargo. El relato obtuvo el premio O. Henry de ese año y significó el lanzamiento de una carrera literaria que incluye El vino del estío y El país de octubre , entre otros libros.

Bradbury nunca fue a la universidad, y de hecho prefería la soledad de las bibliotecas al bullicio de las aulas. "Las bibliotecas me formaron, no creo en la universidad -dijo alguna vez-. Creo más en las bibliotecas porque los estudiantes que no tienen dinero van allí a estudiar en serio. Cuando yo terminé la secundaria, corrían los tiempos de la Depresión. No pude asistir a la universidad, pero fui a la biblioteca tres veces por semana durante diez años." Prueba irrefutable es Fahrenheit 451 , que el autor escribió en la biblioteca de la UCLA. Para colocar una palabra tras otra tuvo que alquilar las máquinas de escribir que alquilaban en el salón principal. Quizá por ello no resulte extraño que esa novela sea una de las más apasionadas defensas de la cultura y el libro jamás escritas.

Aunque el tiempo y el público lo sitúan como un referente de la ciencia ficción, no aceptaba que lo catalogaran dentro del género. "Si la ciencia ficción habla de la realidad, entonces, sí, soy escritor de ciencia ficción", dijo en 1957. El futuro le generaba recelos y esperanza; la tecnología, más recelos que otra cosa. Fue un gran crítico de Internet; ni siquiera le gustaba viajar en avión.

La leyenda de Bradbury cobra forma en sus libros, pero tal vez haya que buscar su origen en la tarde de 1932 en la que un circo llegó a Waukegan. Ese día, Ray pasó de atracción en atracción hasta aparecer por los dominios de un tal "Mr. Electrico". El lo recordaría como un gigante que jugaba con una espada luminosa; en todo caso, lo cierto es que la espada tocó la nariz del niño, que por un brevísimo instante se transformó en un enchufe. La corriente eléctrica erizó el cabello del joven y, mientras intentaba salir de su asombro, Mr. Electrico gritó "¡vivirás para siempre!". Bradbury jamás olvidó ese chispeante encuentro con la magia, a quien siempre llamó su "primer amor". Fue escritor, no pudo ser mago, pero hoy bien sabemos que cumplió el deseo de Mr. Electrico: vivirá para siempre.

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