Adrenalina y aviones: cómo reconocer si sos adicto a viajar

Los dromómanos están dispuestos a sacrificar uno o más sueldos para satisfacer su adicción; La rutina los agota, la estabilidad financiera parece aburrirlos y la distancia les atrae
Los dromómanos están dispuestos a sacrificar uno o más sueldos para satisfacer su adicción; La rutina los agota, la estabilidad financiera parece aburrirlos y la distancia les atrae Crédito: Shutterstock
Irina Wakstein
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23 de enero de 2018  • 18:12

“Cinco continentes, 194 países y una sola vida para recorrerlos”, este podría ser el lema de cualquier dromómano, para quien viajar puede ser algo tan adictivo como fumar o beber. La dromomanía es definida por la Real Academia Española (RAE) como una inclinación excesiva u obsesión patológica por trasladarse de un lugar a otro.

“No vayas a creer lo que te cuentan del mundo (ni siquiera esto que te estoy contando) ya te dije que el mundo es incontable”, decía Benedetti y es así como los dromómanos buscan vivir experiencias en primera persona, haciendo del viajar una forma de vida. “Invierto todos mis ahorros en viajar y me divierte soñar con las infinitas posibilidades de lugares a los que se puede ir. Mientras más exótico y recóndito, mejor”, cuenta Camila Iglesias Leal, una joven de 25 años que postergó su residencia de medicina para viajar por el mundo.

Tal como sucede con el alcohol, las drogas o los hidratos de carbono, la sensación de bienestar que experimenta un dromómano tras confirmar un pasaje de avión le produce dopamina y rompe con la abstinencia que sentía hasta aquel momento. “Todo lo que hacemos en la vida está en la búsqueda de un golpe de dopamina”, afirma el psicoterapeuta Daniel Epstein.

Por su parte, Lidia Rodriguez Herrera, psicóloga especializada en adicciones, explica que el elemento esencial de todos los trastornos adictivos es la falta de control de la persona sobre determinada conducta. “En el caso particular de los dromómanos, los síntomas principales son: un intenso deseo, ansia o necesidad imparable de llevar a cabo esta actividad placentera, la pérdida progresiva de control sobre este impulso, el descuido de las actividades habituales (familiares, académicas, laborales) y una irritabilidad constante”, afirma la especialista.

En este sentido, la totalidad de los dromómanos entrevistados aseguró sentir depresión al regresar de un viaje y una fuerte necesidad de planear el siguiente para que la rutina les resulte más llevadera.

“Más experiencias y menos pertenencias” parecería ser el fin último de estos amantes de los viajes que afirman no poder dejar de hacerlo. Y es que tal como predecía José Hernández en el Martín Fierro: “Quien ha vivido encerrado, poco tiene para contar”.

Dromomanía en primera persona

Su primera vuelta al mundo fue en 1982, acá en uno de sus pasos por el Glaciar Perito Moreno
Su primera vuelta al mundo fue en 1982, acá en uno de sus pasos por el Glaciar Perito Moreno

“Viajar es aprender, aprender es amar, amar es vivir y vivir es viajar”, afirma Jorge Sánchez, el español de 63 años que le dio la vuelta al mundo siete veces. Si bien es uno de los dromómanos más respetados entre los viajeros, se rehúsa a su condición de tal y asegura: “Quienes padecen este trastorno no pueden dejar de viajar voluntariamente y están condenados a hacerlo sin parar, sin remedio e incluso sin rumbo”.

Por el contrario, él se reconoce dueño de sus viajes. “Al concluir mis siete vueltas al mundo, decidí dejar de viajar”, cuenta Jorge a LA NACION y agrega: “Desde chico me apasionaba la Geografía y me daban ganas de estudiarla por mi cuenta, pero el resto de las materias sentía que me hacían perder el tiempo”.

Jorge era fanático de la Geografía desde chico y dio la vuelta al mundo 7 veces
Jorge era fanático de la Geografía desde chico y dio la vuelta al mundo 7 veces

Con 13 años y tras haber sido expulsado de dos escuelas, decidió abandonar la casa de sus padres para mudarse a El Aaiún, la ciudad más importante del Sahara Occidental. “Sabía lo valioso que era mi tiempo y desde muy pequeño intuí que la verdadera inteligencia es el uso libre de la inteligencia”, asegura Jorge, quien permanecía callado cada vez que sus padres le preguntaban a qué se iba a dedicar de grande.

“Por las noches consultaba la enciclopedia de mi padre donde en el último tomo había dibujos con las coloridas indumentarias de las etnias de todo el planeta, poblados de arquitectura original, plantas exóticas y animales fantásticos, grandes cascadas, cañones inmensos, montañas e islas inexploradas, selvas tropicales y desiertos sin fin. Soñaba poder un día contemplar todas esas maravillas con mis propios ojos”, recuerda.

Finalmente, aquel día llegó. Con apenas cien dólares, el viajero emprendió su primera vuelta al mundo que comenzó en Japón el 1 de abril de 1982. “Di clases particulares de español y una vez que aprendí algo de japonés, me desempeñé como camarero”, relata.

Un año más tarde, trabajó como ayudante de cocina en Sydney y luego permaneció una temporada en un Kibutz de Israel, donde vivían hebreos provenientes de Argentina. Allí, se desempeño como jardinero y juntó el dinero necesario para volver a su tierra natal. “Fue como abrazar el planeta de un extremo al otro”, recuerda.

Aquella vuelta al mundo duró casi tres años, convirtiéndose en su aventura más extensa. “Fue un regalo para mis padres verme de regreso en la navidad del 84 tras 1001 días de ausencia”, cuenta Jorge a LA NACION. No conforme con esto, “abrazó el planeta” -como le gusta llamarlo- otras seis veces más. “Nada me pareció más cautivador y romántico en este mundo que abandonarlo todo para vivir andanzas extraordinarias”, dice.

Y es así como al día de hoy, con 194 países recorridos y 25 libros publicados, Jorge cuenta su historia: la de un viajero que dejó todo para perseguir un sueño. "El mundo es un libro y quienes no viajan leen sólo una página", cita a San Agustín y concluye: “Yo deseaba leer el libro entero y lo logré”.

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