Ángeles Mastretta: "El gran misterio de los hijos son los padres"

La autora mexicana acaba de publicar su nuevo libro, La emoción de las cosas, que ya trepó a la lista de los más vendidos en la Argentina
Juana Libedinsky
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11 de noviembre de 2012  

NUEVA YORK.- Oye, no te contesté nada sobre el libro de las sombras. No he leído ni un ápice de la trilogía ni sabía de su existencia hasta ahora que me lo dijiste y leí unas notas en Internet. Yo creo que ya voy a estar muy vieja como para emprenderla de nuevo con el clítoris y sus derivados. Lo voy a leer. ¿Está bien escrito? Yo ya me excito con las puestas de sol y Quevedo..."

Quien así escribe es Ángeles Mastretta, respondiendo a la inevitable pregunta sobre si había leído la trilogía risqué tan de moda en el mundo anglosajón, Cincuenta sombras de Grey . Fue parte de un largo intercambio epistolar que, si bien fue por mail, tuvo todo el sabor de cartas de puño y letra con una tía divertida, o una amiga del alma ("Juanita, Jane, la argentinita querida, Juana como la de Asbaje", insistía en llamar a esta redactora, totalmente desconocida detrás de la pantalla de una computadora varios kilómetros más al norte de su México natal).

Pero la conexión vino al descubrir que éramos miembros de un mismo club. El de fanáticas adoradoras admiradoras y veneradoras -no hay adjetivos suficientes- de la gran dama de las letras neoyorquinas Edith Wharton ("Qué maravilla compartir pasiones. A mí, Edith Wharton me emociona porque cuenta lo cotidiano como lo más trascendente. ¿Cómo no gustar de sus ojos y su voz?"). Y fanáticas de las bibliotecas desorganizadas y desprolijas, pero donde uno siempre encuentra lo que busca. Y "de las cosas que duran más de cien años", como las galletitas Oreo y el hotel Ritz de Madrid, con su languidez Belle Époque de un esplendor pasado.

Todos estos datos sobre Mastretta pueden ser hallados en su nuevo libro La emoción de las cosas . "¿Te dije que ya estaba en la lista de más vendidos de la Argentina? -aclara la autora online -. ¡Estoy presumidísima!"

La primera mujer que ganó el premio Rómulo Gallegos habla sobre su historia familiar, sus pasiones y manías con la calidez que hicieron de Mujeres de ojos grandes , Mal de amores , Maridos y Arráncame la vida algunas de las novelas más queridas del público de todo el continente.

- Es bastante apropiado que esta entrevista sea por mail cuando la dedicatoria del libro es para sus blogueros. ¿Cómo siente su experiencia digital? Lectores y ciberlectores... ¿ve alguna diferencia?

- El encuentro con los lectores en Internet me ha dado muchas alegrías inesperadas. Lo que más me gustó de la experiencia del blog fue la posibilidad de escribir cualquier cosa, de tirar cualquier soplo al mar y tener respuestas inmediatas. Cuando se escribe para publicar algo impreso, siempre hay que esperar para saber qué pensaron o sintieron los lectores. En la Red todo pasa al instante. La otra emoción que encontré al tener un blog fue la de hallar mucha gente remota, que de pronto se volvía cercana y querible y querida.

- ¿Por qué dice en su libro que no tiene una biblioteca? Y lo dice en un capítulo donde, naturalmente, Borges tiene un lugar especial?

- Yo no tengo biblioteca, sino libros, quiere decir que nos los acumulo. Los voy teniendo o soltando. Sólo guardo mis clásicos. Que no son tantos. Y muchos, como Ana Karenina , los regalo y los vuelvo a comprar. ¿Borges? ¡Borges! Lo menciono como quien habla de un familiar muy querido. Él me ha hablado tanto que lo menos que puedo hacer es hablar de él. Siempre dice algo sensato frente a la insensatez. Y adjetiva como nadie. Es el dueño de las adjetivaciones exactas y personalísimas: "rumor atareado". ¿De dónde sacaba cosas así?

- En su blog escribe que el libro terminó siendo algo muy distinto de lo que tenía pensado originariamente, y que su marido, Héctor Aguilar Camín, está en un proyecto similar...

- Todo lo que hago lo hago con ojos de escritora. Muchas veces, cuando algo me pasa, lo que quiero es correr a escribirlo. Casi me consuela estar en un lío cuando sé que será divertido contarlo. Con La emoción de la cosas sucedió que es un libro que fue apareciendo. Yo quería contar a mis papás e imaginar cabalmente quiénes eran. El gran misterio de los hijos son los padres y más cuando crecemos. Yo quería hacer una novela. Imaginarlos. Después quería hacer una memoria precisa. Luego acabé entregando con toda humildad lo que pude conseguir: atisbos, huecos de la memoria, emociones. Mi marido está escribiendo un libro sobre sus padres que será mucho más completo que éste. Le quedará muy bien. Yo no pude ser tan exacta como él será, pero conseguí salir antes de mi carga. Me siento como en la tarde de un viernes, pero todo el día y todos los días. Hasta nuevo aviso.

- ¿Cómo seleccionó las historias familiares? ¿Y cómo compara a las mujeres del nuevo libro con las tan famosas que ha descripto en su ficción?

- No elijo una historia precisa y al tiempo creo que las que recuerdo en el libro resultan todas cercanas. Las fiestas patrias de mi abuelo me gustan, las comidas de los hermanos, no sé si por fin publiqué la repartición de las cosas de casa de mi mamá. Eso fue complicado y precioso. Las mujeres de este libro, que existen, se parecen a mis mujeres inventadas. Emilia Sauri está en mi hija y al revés. Milagros Veytia está en mi hermana. Yo estoy en todas. Catalina Ascencio está en nosotros. Resulta inevitable la mezcla. A veces creo que mis personajes existen. A veces, incluso los extraño. Pero también creo que existen otros personajes. Sin duda las mujeres de Balzac.

- Respecto de los hombres de su familia, ¿qué siente que su apellido se convierta en sinónimo del primer auto deportivo diseñado y hecho íntegramente en México?

- Lo del auto es emocionante, pero ha sido y sigue siendo difícil. Esta pasión heredada de mi padre, mis hermanos la han disfrutado, pero les ha costado. Porque es algo que no sólo necesita trabajo, necesita dinero. Y no lo hemos tenido. Es posible prestarles, invertir, cien mil dólares, pero... ¡cinco millones! Eso sí son palabras incomprensibles. Entonces, han tenido que buscar socios y tener paciencia. No ha sido fácil. Pero he tenido momentos preciosos.

- En su libro cuenta que -horror- perdió un libro de Edith Wharton. ¿Lo encontró? En una reciente nota en The New Yorker, con motivo de los 150 años de la autora, Jonathan Franzen escribió que una de las grandes perplejidades de la ficción es que nos hace sentir cercanos y mirar hasta con cierta simpatía a personajes que no nos gustarían en la vida real. ¿Está de acuerdo? ¿Y pasa lo mismo al volcarse a escribir de algo tan real y cercano como la propia familia?

- El libro que perdimos se llama Historias de Nueva York .  Ya encontré otro. Gracias. ¡Qué maravilla lo de Franzen! Se lo diré a Catalina, mi hija, con quien comparto el gusto por Edith y el cariño por Jane Austen. ¿Cuántas cosas no comparto con ella? Cierto que Edith Wharton te hace querer a gente a la que no entenderías, pero creo que lo que con más constancia provoca es la compasión. Y en algunos casos en el doble sentido, en el de la piedad y en el de la pasión compartida. Me da pena la condesa Olenska, de La edad de la inocencia , pero comparto su valor y me gustaría ser su amiga. Creo que soy su amiga. Como lo soy de quienes amo en mi familia, que, raro según me dicen, son todos muy queridos.

- ¿Va a volver a la novela?

- Ojalá que después pueda volver a la novela. Nada ambiciono más. Pero no depende de mí, sino del azar. El "vago azar", que diría Borges. Yo trataré de ir por una novela, pero se necesita una pasión enorme para inventar mundos redondos, mundos que regalar enteros, para que otros vivan en ellos como nosotros hemos vivido ahí. Me pregunto si me darán la cabeza, las emociones y la paciencia para lograrlo. Qué más quisiera yo. Como no fuera hundirme en un mar tibio, pasar la tarde riéndome, oír el concierto para clarinete de Mozart y darme por bien vencida. Pero creo que voy a emprenderla con la historia de una lectora que tengo en ¡la Patagonia! Si dices que es la historia de veras no digas de dónde porque la denunciamos a la pobre. Ponla en Uruguay. Besos. Y al parque de la Edith, dale otros.

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