Buscan salir de la droga con diversión

En la comunidad terapéutica El Reparo, pacientes, familiares y vecinos realizaron juegos para afianzar los vínculos
Jesica Bossi
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26 de junio de 2005  

"A los 13 años empecé a consumir cualquier cosa", recuerda Esteban, que hoy tiene 19, mientras mira cómo su papá, Aldo, se pone en la fila para participar de un juego.

Ayer, en el jardín de la comunidad terapéutica El Reparo, en San Miguel, un grupo de pacientes, sus familiares y vecinos de la zona participaron de las jornadas "Aprender a divertirse sin drogas y sin alcohol". Fue una manera de anticiparse al Día Internacional de la Lucha contra la Drogadicción, que se conmemora hoy.

"Ahora estoy feliz, comparado con cómo estaba antes. Lo que más me costó fue darme cuenta de que lo que tengo es una enfermedad", confiesa Esteban, que desde hace un año está internado en ese centro.

Dice que no sabe por qué ni cómo se volcó a las drogas. Compartía la adicción con su hermano mayor, que hoy está en otra comunidad. Cuando su papá le guiña un ojo desde lejos, de su rostro desborda cierta emoción. "Ves, eso no se compra con nada. Cuando estaba mal, mi viejo me quería matar, jamás me sonreía."

En El Reparo pasan unas 200 personas por semana y 36 viven en la casona, que tiene un amplio jardín, huerta y un criadero de gallinas y codornices. La comunidad, que adopta el régimen de puertas abiertas, cumplirá veinte años en julio.

Atienden a pacientes a partir de los 10 años y, según su directora, Elsa Gervasio, es muy variado el perfil de los que allí acuden. "Provienen de todos los estratos sociales, de Buenos Aires y del interior del país. También hay personas que son derivadas por la Justicia de institutos o cárceles. Todos conviven bien", explica.

Hay un tema que a Gervasio la preocupa. Cada vez llegan más solicitudes y hay adictos de menor edad. "A las causas más antiguas, como el deterioro familiar, los problemas de personalidad y la falta de comunicación, ahora se sumaron chicos que son la tercera generación de gente que nunca trabajó o que tuvo una vida delictiva", describe.

En sintonía con su temor están las estadísticas difundidas el viernes último por el gobierno. Según el estudio, el 6,6 por ciento de los estudiantes de secundario fuma marihuana habitualmente y el 3,2 por ciento ha aspirado cocaína.

Con un sol cálido que se reflejaba en la copa de los árboles, padres, jóvenes en recuperación y vecinos que se acercaron al lugar jugaron, como chicos, y se rieron al por mayor.

Marcela Vega, que vive en San Miguel, conoce de cerca el centro porque su hermana trabaja allí y cada vez que puede lo visita. "A los chicos los conocen en todo el barrio. Son muy respetuosos y las facturas que venden son deliciosas", relata.

Tropiezos de la vida

En un rincón, Norma, abuela de un paciente en tratamiento, mira cómo juegan a la carrera de embolsados. Algunos chicos tropiezan, se caen, pero se levantan. Casi una metáfora de sus propias vidas.

"Creo que lo mejor de este lugar es que volvió a reunir a la familia. Somos pocos, pero nos unió", señala la mujer, que todos los sábados va a hacer terapia grupal al centro.

Agustín, de 19 años, de Vicente López, no participa de las actividades al aire libre porque está resfriado. Hace un año y medio que está internado. Destruido por haber consumido durante seis años cocaína, cuando llegó a la comunidad pesaba 40 kilos.

Hoy la realidad es otra. "Estoy a cargo de la panadería. Me levanto a las 4.30 porque hay que encender el horno temprano. Cualquier falla es mi responsabilidad", cuenta Agustín.

Los rayos de luz se hacen más débiles y el frío recrudece. "La cabeza me va a mil y lo malo es que siempre tengo miedo de recaer", se lamenta. Sin embargo, al chico que robaba y vendía cosas para saciar su adicción y que hoy sueña con ser maestro pastelero le sobra una pizca de esperanza.

"Siento que de a poco me están devolviendo la vida", murmura.

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