Chicos que debieron hacerse grandes

Carolina y Diego se casaron cuando ella quedó embarazada, a los 17; Gerardo, de 16, ayuda a su madre Dos historias de embarazos precoces y familias que no estaban en los planes Y otra de un adolescente que debió reemplazar con su trabajo la partida de su padre
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21 de diciembre de 2001  

Cada vez que Carolina habla de Oriana, su beba de ocho meses, el rostro casi de niña adopta un gesto maternal. Carolina tiene 19 años y, junto con Diego, de 18, lleva adelante la responsabilidad de tener su propio hogar.

"No fue que lo decidimos así. En realidad, quedé embarazada y a partir de allí nos planteamos qué hacer.

"Podríamos haber elegido otra cosa. No tenerla, por ejemplo. Pero nos animamos", aseguró Carolina , que vive con su familia en Malvinas Argentinas, al norte del conurbano bonaerense.

El abuelo de ella les prestó el fondo de su terreno para que se construyeran una vivienda.

Hubo que apurar las cosas para que estuviera lista antes de que naciera Oriana. Finalmente, con mucha ayuda de los padres de ambos, lo consiguieron.

Hoy viven los tres juntos. Diego se levanta a las 6 para ir al colegio.

"Nos pusimos como meta no dejar los estudios. Yo los completé y por suerte a él le queda sólo un año", contó Carolina.

No resulta sencillo. Después de la escuela, Diego se va a trabajar como albañil. "Hasta que consiga algo mejor", aseguró.

No es poco. En general, no está de vuelta hasta las 23. Eso sí, Carolina lo espera con la comida caliente.

Cuando ella dice que su vida tiene un antes y un después de Oriana, no exagera.

"Me levanto temprano, preparo el desayuno, hago las cosas de la casa, cocino. Antes, no hacía nada. Me levantaba tarde, porque iba al colegio por la tarde. Para entender cómo te cambia la vida te tiene que pasar", sintetizó.

Los padres de ambos resultaron un sustento fundamental.

Independientes con ayuda

"Económicamente somos independientes, pero los abuelos siempre nos ayudan, sobre todo, para comprar ropa a Oriana, que está creciendo un montón. En general, por las tardes, voy a visitar a mi mamá y ella me ayuda con la beba, porque comenzó a gatear y hay que estar mucho más pendiente de que no se meta en líos. Además, quiere estar siempre a upa ", relató Carolina.

"No es sencilla esta nueva vida. Nosotros estuvimos dos años de novios. Yo siempre me imaginé que iba a casarme después de mucho, mucho tiempo. Es decir, tenía un proyecto que ahora se borró. Desapareció. No está más. Ahora tenemos que armar algo nuevo, los dos juntos. No es fácil. Pero así es la vida. Ojalá que nos vaya bien."

* * *

  • Cumplió los 16 años el mes último y espera que su nueva edad y el documento nuevo le haga las cosas más sencillas a la hora de buscar trabajo.
  • Gerardo Díaz es el "hombre de la casa", en el hogar que comparte con su madre en Almagro.

    Sus padres se separaron cuando él era chico y hace varios años que su papá dejó de pasarle una mensualidad.

    "Antes no teníamos necesidad porque mi mamá ganaba bien. Pero cuando perdió uno de los trabajos, la situación se puso realmente difícil. Yo tuve que salir a trabajar. Me di cuenta de que lo necesitábamos. Mi viejo tiene otra familia y no nos pasa un peso. Y yo ya estoy grande como para, encima, ser una carga para mi mamá", opinó Gerardo.

    De noche, va al colegio. Todavía le quedan dos años. Por la mañana, pasea perros y, por la tarde, reparte volantes o se busca alguna changa.

    "En general, un buen mes puedo hacer entre 400 y 500 pesos, pero hay que romperse el lomo y trabajar en serio. Si no, se saca mucho menos", explicó.

    Su ingreso es casi similar al de su madre, que trabaja como vendedora en una perfumería. "Hacemos un fondo común y tratamos de administrarlo bien para que nos alcance todo el mes", comentó Gerardo.

    Suena extraño oír esas palabras de boca de un adolescente "¿Las cosas de la casa? Cuando estamos los dos, nos repartimos. Pero es difícil que a mí me veas cocinando, aunque seguro que lavo los platos o paso el trapo al comedor".

    * * *

  • Mariela Domínguez y Mariano Craveli se pusieron de novios a los 16 años, cuando eran compañeros de colegio. Un año después, ella quedó embarazada y, casi al mismo tiempo que la despedida de egresados, tuvieron la fiesta de casamiento.
  • "Nos ayudaron muchísimo nuestros padres. No sólo con el alquiler, la comida y las cosas de la casa. También con el ejemplo. Ambos veníamos de familias bien constituidas y eso fue una de las cosas más importantes para que decidiéramos jugarnos a armar un hogar juntos", explicó Mariano.

    Habla con experiencia. Hoy Julián tiene cinco años. Ni Mariela ni Mariano se arrepienten de su decisión. Viven en San Justo, en el departamento que alquilan desde que se casaron.

    "El próximo paso es comprarnos una casa propia", adelantó Mariela.

    Ella trabaja medio turno en una farmacia. "Recién el año pasado empecé. Antes estaba dedicada a la casa. Todavía a cocinar mucho no aprendí. Hago lo básico. Nuestros padres siempre nos dan una mano", agradeció Mariela.

    "Pero los pantalones de la casa los tengo puestos yo", bromeó Mariano.

    Ambos coinciden en que el cambio en sus vidas fue radical. Sobre todo, el tema de las salidas.

    "Nuestras actividades son de día, por Julián. Quizá perdimos muchos amigos que estaban en otra etapa, en la edad del boliche, de la j...", se lamentó Mariano.

    El mismo, a los 18 años, era el típico adolescente que pasaba todo el día con sus amigos. Ahora está en la mitad de la carrera de administración de empresas.

    "Para salir a festejar el Día del Amigo, nos turnamos para quedarnos con Julián", contó Mariela.

    "Nuestros padres al principio tenían miedo de que no funcionáramos como pareja. Para mi papá, yo siempre fui su nena. Pero la verdad es que sí funcionamos. Fuimos aprendiendo a ser una familia y eso es lo que somos. Una familia", aseguró Mariela.

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