Cómo manejar la frustración de los más chicos en su primer Mundial

Franco Rossi Dallas y su papa Sebastián
Franco Rossi Dallas y su papa Sebastián Crédito: Ignacio Sanchez
Evangelina Himitian
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22 de junio de 2018  • 18:49

Después del primer gol de Croacia, Ezequiel Brauer, de siete años, echó mano a las estadísticas. Se había preparado para este Mundial. Conocía a los jugadores, las tácticas de los equipos, la historia de otros mundiales. Cuando llegó el gol, le dijo al padre que era el momento para que el técnico sacara al arquero, que lo mismo le había pasado una vez a Alemania, y que a partir de ese momento, Willy Caballero iba a estar tan nervioso que iba a atajar muy mal. Pero que no pasaba nada, el gol de Croacia era la oportunidad para que el equipo reaccionara e hiciera las cosas bien.

El segundo gol lo dejó mudo. Empezó a calcular las probabilidades de la Argentina. A quién había que ganarle para clasificar. Cuando llegó el tercero, Ezequiel le pidió a los padres apagar la tele. No podía con el tsunami de emociones que lo golpeaba dentro. "Igual, si la Argentina hace tres o cuatro goles nos vamos a enterar por los vecinos", les dijo.

Franco Rossi Dallas y su papa Sebastián
Franco Rossi Dallas y su papa Sebastián Crédito: Ignacio Sanchez

Este es, sin dudas, el Mundial de los vaivenes emocionales. Al menos en el corazón de los más chicos, esos que tienen entre siete y doce años y viven al cien por ciento su primer o segundo mundial, y que navegan entre la angustia, la desesperanza y la ilusión. La victoria de Nigeria frente a Islandia volvió a encender la expectativa. Una chance que parece remota desde la perspectiva de los más grandes, pero que los más chicos abrazan con mucha esperanza.

¿Cómo hablar con los hijos después de la derrota de la Argentina? ¿Cómo ayudarlos a canalizar la frustración que dejó el partido de ayer? ¿Cómo manejar sus expectativas a la luz de los nuevos resultados para evitar que se derrumben emocionalmente si quedamos afuera del Mundial el martes próximo?

La decepción de Ezequiel (7) y Helena (5) Brauer por los goles de Croacia
La decepción de Ezequiel (7) y Helena (5) Brauer por los goles de Croacia

Esas son algunas de las preguntas que por estas horas se hacen miles de padres, que luchan por mantener la esperanza de sus hijos por encima de la línea de flotación, a pesar de sentir la zozobra de ser eliminados en fase de grupos en un Mundial. "Lamentable", "Un papelón", "Mejor es que nos volvamos", "Somos horribles", "Nos merecemos volver" son frases que no ayudan, coinciden los especialistas. Sobre todo si pretendemos que los chicos entiendan que es solo un partido, que a veces se gana y muchas veces se pierde.

Sin consuelo

Después del empate con Islandia, Franco Rossi Dallas, de diez años, estalló en llanto. No había abrazo ni beso que lo consolara. ¿Cómo pudimos jugar tan mal?, repetía con voz ronca. Soledad, la mamá, lo llevó a fútbol para que se despejara, pero el malhumor no se le iba. Por eso, quedó en alerta para el partido frente a Croacia. Lo retiró la abuela antes del colegio, como le había pedido, lo mismo que a Lucía, de nueve años. Vinieron con dos amigos para ver el partido. "El día anterior, hablé con él. Le expliqué que era solo un partido –cuenta Soledad–. Que no siempre se gana, que hay mundiales cada cuatro años. Pero para él es toda una vida fue su respuesta".

Aunque ella estaba en el trabajo, los goles de Croacia la conectaron con la bronca de su hijo. Después del primero, llamó a la casa y la abuela le dijo que estaba mal, pero que lo venía manejando. En el segundo, lo mismo. "Cada jugada era una decepción. Se angustiaba más. Al tercer gol lo llamé y hablé con él: estaba indignado. No podía manejar la frustración y la angustia que le generó el resultado", dice Soledad.

Fuente: Reuters

La hermana menor intentaba convencerlo de que había posibilidades si ganaba Nigeria. El repetía que no, que esto era un desastre. "No puedo creer cómo está la gente en la calle. Están todos muy tristes. Imaginate si hubiéramos ganado", le dijo Lucía, a la noche, cuando volvió de su clase de acrobacia. Felipe, el mayor de los hermanos, que tiene 15 años, vio el partido con sus amigos. A él le tocó vivir con esa intensidad el mundial anterior. Ayer, después del tercer gol, él y sus amigos decidieron apagar la tele y encender la play.

"Los chicos respiran el clima emocional de la casa. Ellos no digieren lo que a nosotros nos cuesta metabolizar. Pensemos en las altas expectativas con las que los adultos introdujimos a estos chicos en el ambiente del Mundial. Compramos teles enormes, juntamos las figuritas, nos llenamos la boca hablando de Argentina, de Messi, de que somos los mejores. La diferencia es que los adultos tenemos otros recursos para manejar las expectativas frustradas. Enseguida pasamos a otra cosa. Pero los más chicos, los que viven su primer Mundial, sienten que hay una fiesta que termina abruptamente, de la peor manera. Es el fin del mundo. Por eso, como adultos tenemos que ser más inteligentes en cómo manejamos las pasiones. Ayudarlos a los chicos a reflexionar, a entender las lecciones que nos dejan estas experiencias", dice Mónica Cruppi, terapeuta de niños y miembro didacta de la Asociación Psicoanalítica Argentina (APA).

"En campeonatos anteriores, hemos desdeñado el salir segundos. Les enseñamos a nuestros hijos que ser subcampeones es un fracaso. Que el esfuerzo sólo vale por sus resultados. Son todas lecciones que vamos dando", agrega Cruppi.

Tolerar la frustración

¿Qué le ocurre al cerebro de los chicos frente a una derrota aplastante como la que tuvo la Selección frente a Croacia? La neurociencia tiene una explicación: "La tolerancia a la frustración es una capacidad que tenemos que desarrollar todos los seres humanos. Tiene que ver con la flexibilidad cognitiva. Algunas personas por razones neurobiológicas tienen poca tolerancia. Son más rígidos. Si las cosas no se dan como esperaban, se frustran. No manejan su impulsividad, no logran la metacognición, que es la capacidad de aprender de los errores. Pero el ambiente en el que crecemos es el caldo de cultivo. Puede empeorar o mejorar la neurobiología. Hoy, en muchos ambientes hay una muy baja tolerancia a la frustración. Son entornos en los que no reconocen límites, o que sobreponderan el éxito. Y esto empeora cómo se viven situaciones como la derrota frente a Croacia, sobre todo en los más chicos, que tienen menos desarrollada su flexibilidad cognitiva", explica Paula Tripicchio, psicóloga del Departamento Infanto Juvenil del Instituto de Neurología Cognitiva (Ineco).

Fuente: Reuters

"Tiene que ver con cómo se acompaña desde una situación de alta expectativa que no salió como queríamos. Los chicos son movidos por la ilusión. Depositan en Messi muchas expectativas. Cuando se ponen tristes, hay que acompañar esa tristeza. Ayudarlos a identificar las emociones que tienen. Hacerles ver que aún los mejores a veces pierden. Pero enseñarlo en el partido es difícil. Es nuestra responsabilidad como adultos enseñarles en la vida que Messi metió 100 goles y falló 300. Y gracias a que falló, acertó", agrega.

Fue un primer tiempo muy silencioso, cuenta Marita Viale, que vive en Bariloche. Es madre de Belén, de 7 años y de Martín, de 10. Se juntaron con otras dos familias para ver el partido. Marita cebaba mate, todos miraban la tele. "Después del primer gol, era alentemos igual. Después del segundo, dos de los chicos empezaron a llorar. Al tercero lloraban todos", cuenta.

Franco Rossi Dallas y su papa Sebastián
Franco Rossi Dallas y su papa Sebastián Crédito: Ignacio Sanchez

Pero ya el partido contra Islandia los había hecho a los adultos replantearse sus reacciones. Cada vez que alguno se enojaba, otro flexibilizaba. No pasa nada. Vamos. Es solo un partido. "Nos dimos cuenta que nuestras reacciones frente al partido se potenciaban en los chicos. Que era importante que le pusiéramos humor, que desdramatizáramos el hecho de perder. Por eso, después del resultado, aunque todos estábamos bajoneados, igual decidimos que había que levantar el ánimo. Organizamos unos juegos, los chicos se quedaron jugando entre ellos. Cenamos juntos y así el drama se hizo más llevadero", cuenta Marita. "El martes vamos a hacer lo mismo. No hay que perder las esperanzas, pero tampoco la perspectiva de que es solo un juego", dice.

"¿Qué hacemos? ¿Te la saco?", preguntó la mamá, en la puerta de entrada de la Escuela de Música N°3, en Villa del Parque. Eran las 17.20 del jueves, acababa de sonar el timbre para entrar a la clase de guitarra y la nena, de unos 9 años, tenía la camiseta de Argentina y charcos en los ojos. Había que entrar a clase, justo cuando parecía que el mundo se había terminado. La chica se secó las lágrimas y dijo que no con la cabeza, con la dignidad de los que no se dan por vencidos. La camiseta se la dejaba. "¿Y si Nigeria gana? ¿Y si nosotros le ganamos…", intentó antes de cruzar la puerta. La madre se encogió de hombros. La esperanza todavía estaba rodando. El juego no se había acabado.

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