Compromiso contra el mediocre

Horacio Sanguinetti
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16 de junio de 1998  

Han transcurrido ochenta años y uno se pregunta cómo la Reforma Universitaria de 1918 conserva lozanía, en este mundo fluido y maleable, que parece correr tras la última frivolidad de moda. Ochenta años y varios quiebres históricos que distanciaron a las sucesivas generaciones, de modo tal que se hizo difícil hallar el hilo conductor y una continuidad de acción y pensamiento.

Sin embargo, la Reforma Universitaria de 1918 conserva la solidez de un edificio y suscita adhesiones, a veces aparentemente sólo viscerales pero no por eso menos profundas. Y esto será porque originariamente, como dijo Deodoro Roca -su vocero, su verbo encendido-, era "un camino que buscaba un maestro y buscándolo se dio con un mundo".

Urgencia de modernidad

Seguramente las tres universidades nacionales existentes en 1918 -Córdoba, Buenos Aires y La Plata- diferían en varios aspectos, pero reconocían cierta común urgencia perentoria de modernidad. Y fue en Córdoba donde la Reforma tenía que irrumpir para desbordar, en cortísimo tiempo, el ámbito intelectual de América hispana.

Los reformistas pensaron primero que, con algunos retoques, administrativos y pedagógicos, la educación lograría su equilibrio. Pronto vieron que el problema universitario era sólo parte de un panorama más vasto, que rayaba hasta lo cívico y lo ético, y por ese descubrimiento de "un mundo" saltaron al esfuerzo de capacidad y actividad.

A diferencia de otros disidentes, fueron metódicos y estructurados y, en un primer congreso nacional de estudiantes, fijaron las pautas básicas de su programa -lo grande y lo pequeño, lo permanente y lo circunstancial-:la autonomía y el cogobierno, la orientación social y el régimen de concurso para designar los profesores, la extensión y la libertad de cátedra, la idea de república y de servicio, el seminario y la enseñanza práctica, la dimensión americana sin renegar de la cultura europea.

Discutidos y negados tantas veces por más de medio siglo, estos parámetros hoy han pasado a configurar presupuestos que en general todos aceptan. No sabemos cuánto de la historia reformista conocen hoy en detalle los miles de jóvenes que le deben un puesto bajo el sol.

A cuántos de los próceres reformistas, ejemplos de saber y de conducta, obsesionados literalmente tantas veces por los principios éticos, cívicamente temerarios, intelectualmente admirables, viviendo siempre en la exaltación de una vida pública cristalina, se reconoce ahora. No sabemos cuántos recuerdan a Deodoro Roca, escritor de los más altos, humanista, magnífico a la manera del Renacimiento, cuya alma profética sobrecoge cuando se advierte la actualidad arrasadora de sus escritos de hace 70 años.

Ni cuántos a Saúl Taborda, Sánchez Viamonte, Julio V. González, Bermann, Barros, Del Mazo y tantos otros.Quizá muy poco se los tenga presentes, pero su obra colectiva es la Reforma y ésta sí pervive y los defiende, como los arquitectos medievales perduran, anónimos, en las catedrales. Hoy tampoco, probablemente, interese tanto discutir la letra menuda de 1918, la supresión del internado del Clínicas o la "ordenanza de decanos" sobre asistencia a clase.

Lo que en cambio sí interesa, y ésa es la grandeza reformista, es el cuadro general, el gesto de sabia y justa capacidad crítica, la idea de servicio, el saber que la Universidad no puede ser un coto cerrado que viva a espaldas del mundo. Reforma es rechazo del misoneísmo, de los compromisos espurios, de la ley del menor esfuerzo; en suma, el sagrado espíritu de la libertad con responsabilidad, y todo lo que haga a la felicidad y al destino de los seres humanos; eso es Reforma. Porque la Reforma sigue siendo un compromiso contra el tirano, contra el mediocre en su "refugio secular", contra la ignorancia togada y la ciencia "mutilada y grotesca al servicio burocrático".

La Reforma, con fuerza arrebatada, casi en categoría de mito, no parece en suma sino una clara vertiente argentina de la eterna lucha por la verdad, la belleza y el bien.

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