Con el arte de Don Segundo Sombra

El Tercer Encierro y Suelta de Tropillas revivió la labor campestre, inmortalizada por Güiraldes
Ramiro Sagasti
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12 de mayo de 2003  

SAN ANTONIO DE ARECO.- Es una mañana de domingo soleada, y una leve brisa empuja despacio unas pocas nubes blancas y delgadas. Las calles del pueblo están desiertas; todos están en el Parque Criollo Ricardo Güiraldes, donde hay fiesta: el Tercer Encierro y Suelta de Tropillas, un espectáculo que muestra el trabajo del arreador de ganado.

Cada tropilla de caballos está preparada para seguir a una yegua madrina, que tiene un cencerro colgado del cuello. El momento cumbre del acontecimiento es cuando separan a los caballos de las yeguas y, luego, los sueltan. Dicen que los animales identifican el tañir del cencerro que lleva su madrina y las tropillas se unen. Todo eso, dentro de un corral.

La tropilla era fundamental para el trabajo de gauchos como Don Segundo Ramírez, el resero que inspiró a Güiraldes para escribir "Don Segundo Sombra", publicado en 1926, un año antes de que el autor muriera en París. Las tumbas de ambos están en este pueblo.

Todos en el Parque Criollo conocen la historia de aquel gaucho pobre, pero satisfecho, y la recuerdan mientras toman mate cerca de un fuego que servirá después para asar la carne, alrededor de un inmenso corral donde los hombres de campo mostrarán su pericia al terminar la mateada.

Más allá, en un descampado, cuatro tropilleros hacen correr a sus caballos. Los cencerros de las yeguas tañen y el sonido se confunde con las milongas sureñas que emiten los altavoces colocados en el parque.

"Cada cencerro tiene un sonido. Y los caballos lo identifican y siguen a la madrina. Algunos dicen que no es por el tañir que la siguen, sino por el olor y por el trote. Es una mezcla de las dos cosas", explica Daniel Rubini, de Zárate. Unos veinte hombres miran la práctica. Todos visten bombachas de campo, botas de carpincho o de cuero y sombreros o boinas. Y también hay niños vestidos de gaucho; con facón y todo, como los mayores.

Al corral

La mañana avanza. Sobre la música, una voz estentórea y metálica pide a los tropilleros que se acerquen al corral. Son las once y cuarto, y el presentador habla desde un precario palco hecho con madera y lonas; con él está la subsecretaria de Turismo y Deporte de la provincia de Buenos Aires, María Teresa García.

Las tropillas y los domadores entran en el corral. Hay 15 tropillas que suman, en total, unos 170 caballos. Se había anunciado que iban a participar más 500 de diversos distritos de la provincia, pero muchos no pudieron sacar los animales de sus campos inundados. El presentador agradece el esfuerzo de los que pudieron llegar, viajando toda la noche.

Primero, cada tropillero muestra la mansedumbre de sus animales. Por ejemplo: el jurado, integrado por tres hombres, elige un caballo para que el competidor le coloque el bozal. O le indica que haga "una corrida" para ver qué tan unidos trotan los caballos detrás de la yegua madrina.

"Este es el trabajo del puestero, del mensual, del hombre de campo", grita el animador y satura los parlantes. Pero entre todos los "hombres de campo" hay una muchacha, Mariana. Muestra sus mansos bayos de cabo negro, que siguen a la yegua colorada. Hay aplausos y algunos gestos de sorpresa: en el campo, las mujeres no solían vestir pantalones ni montar con las piernas en herradura.

Se anuncia el "entrevero". Los tropilleros y sus animales se abren hacia el alambrado que rodea el predio. Los jueces agitan sus pañuelos en alto. Las 15 tropillas corren al mismo tiempo, se cruzan en el centro: hay colorados, bayos, gateados, overos...

Ahora, los jinetes llevan a sus tropillas a un corral más pequeño, separado del otro por una lona blanca. Salen de allí en su caballo y con la yegua madrina. En el encerradero más chico, los caballos se mezclan, relinchan y retozan. Corren en círculo, como perdidos sin su guía.

Se abre la lona y las tropillas empiezan a correr, mezcladas, buscando a la yegua. Los gauchos hacen mover a las madrinas. Es un torbellino de ritmos frenéticos: el suelo vibra por los golpes de los cascos, los cencerros tañen, el presentador relata. Los tropilleros deben reunir a sus caballos y entrar en el corral más chico.

Parece impensable que los tropilleros puedan reunir a los 170 animales y llevarlos a ese reducido espacio. Pero lo logran. Y vuelve a oírse una milonga campera. Se anuncia la entrega de los premios.

Es la una y cuarto y el sol llega con rayos demasiado calientes para mayo.

El aire huele a carne asada.

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