Con murales y triciclos, artistas transformaron el área oncológica del Hospital de Niños de Córdoba

Gabriela Origlia
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6 de agosto de 2019  • 16:53

CÓRDOBA.- La Pastilla 200, la sala oncológica del Hospital de Niños de Córdoba, está transformándose lentamente. De un amarillo apagado, casi ocre, pasó a tener unicornios, hadas, perros y flores de colores brillantes. Hay también algunos personajes de cómics. Los chicos que son los pacientes eligen y los artistas voluntarios, convocados por la fundación "Un tatuaje por una sonrisa", plasman los dibujos.

Además, para aquellos que pueden trasladarse por sus medios, hay triciclos y kartings adaptados para llevar el suero. Así, con barbijo y todas las medidas de asepsia requeridas, andan por los pasillos.

Franco Becerra tiene 7 años y, desde diciembre, está con su familia en Córdoba; dejó su Traslasierra natal, a unos 100 kilómetros de esta ciudad, porque necesitaba un trasplante de médula. Hace dos semanas, con su hermano Elías como donante, lo logró. Ellos y sus padres paran en la "casita de Patch Adams" que la fundación tiene para quienes no pueden costearse la estadía.

"Dormíamos en cartones, afuera del hospital. Después fuimos a un lugar, pero había animales y Franquito no puede tener ese contacto -cuenta Mariela, su madre, a LA NACION-. Gracias a Dios conocimos a Juan y nos ayudó. Estamos viviendo en su casa; ahora están el papá y el hermano y nosotros dos en el hospital que también está más alegre con los dibujos".

El "Juan" del que habla es Rodríguez, creador de la fundación. "Lo que queríamos es desdramatizar el entorno hospitalario. Lo conversamos con los médicos y estamos avanzando. Los resultados son emocionantes -dice-. Además, en la casita, tenemos lugar para 12 familias y eso también aporta porque si no andan rodando de un lado a otro".

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"Hace muchos meses que estamos lejos de todo, de mis otros cuatro hijos. No podemos trabajar, nada. Ahora estamos más tranquilos, con un espacio. Y, acá, en el hospital, Franquito mira estos dibujos, es menos triste", insiste Mariela. "Todavía falta, está en la lucha. Tiene que pasar 40 días pero es una oportunidad más, creemos que todo saldrá bien".

Uno de los pintores que intentan alegrar un poco la vida de los chicos es Mauricio Martínez, director de arte y artista plástico. Tiene una larga experiencia como ilustrador (sus inicios fueron en la mítica revista Hortensia), muchos trabajos para niños (en Italia la obra de teatro Pinocho) y en la Argentina, es el creador de Tomsi, el perro amigo de Piñón Fijo.

También tiene una historia ligada al hospital: allí, después de dos años de internación, murió su hijo Tomy cuando apenas tenía tres años. El proyecto lo sedujo y unas tres veces por semana pasa seis horas dándole vida a las paredes.

HISTORIAS DE COLOR

"Vamos armando un relato. Los chicos nos van diciendo qué quieren, aportan sus pinceladas; los papás se suman y, en las últimas sesiones, hasta los médicos -describe-. Es verdaderamente una creación colectiva. El tiempo que le dedicamos a esto es siempre poco y aunque no parece esencial lo es, cambia el ánimo".

Martínez practica un juego que solía hacer con sus hijos cuando eran chicos: contar que los animales mitológicos están hechos de partes de otros animales, así que todos van construyendo alguno para que tenga su lugar en la pared.

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Rodríguez, cuya mamá murió de cáncer cuando él iniciaba su recuperación como adicto, tiene muchas iniciativas en marcha y un compromiso especial con el hospital. Los triciclos y kartings que trasladan el suero los fabricaron en la fundación y ya está pensando en dos proyectos más para cuando terminen la pintura.

Uno es transformar un trailer chico en el que entran dos personas en un kiosco para que los padres del interior que tienen hijos internados puedan vender y ganarse "unos pesos". La idea es hacer cuatro turnos de seis horas; la fundación pondría la mercadería. Lo que necesita es el permiso de las autoridades. "Tienen que dejar sus trabajos y se les hace difícil sobrevivir; sería una ayuda".

La otra propuesta es reconvertir algún espacio en desuso en una sala de cine y teatro para los chicos internados. "El cine del hospi -dice- es un proyector y una pantalla gigante, otro granito de arena para mejorarles el ánimo".

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