Convirtió un auto usado en eléctrico con un kit que le mandaron de China

Oscar, orgulloso de su auto
Oscar, orgulloso de su auto Crédito: Juliana Sorrivas
Leandro Vesco
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19 de noviembre de 2019  • 12:30

"Yo quise poner mi granito de arena y no contaminar más al planeta", asegura Oscar Sorrivas desde su Coronel Pringles natal, en el sudoeste de la provincia de Buenos Aires. Este ingeniero civil y docente jubilado, de 63 años, en dos meses transformó un auto diesel en uno eléctrico, comprando un kit que hizo traer de China. El auto, que no emite gases ni produce ruidos, tiene una autonomía de 80 kilómetros y alcanza una velocidad de 90 km/h.

Lo carga toda la noche, con el excedente de energía que producen los paneles fotovoltaicos de su casa. "No gasto nada para movilizarme en mi ciudad", afirma. Hizo los cálculos a partir de la tarifa del servicio eléctrico de su pueblo y la carga que necesitan las baterías del auto tiene un costo de $45. "Por menos de 50 pesos cualquiera podría andar todo el día", afirma.

"Cumplí un sueño, este auto es lo más importante que hice", reafirma Oscar. La tarea de reconversión le demandó apenas dos meses. La hizo parte en su casa y luego en el galpón de un amigo. Compró un kit de China, que tardó dos meses en llegar. "Había transferido el dinero, y me causaba mucha incertidumbre, pero llegó", cuenta. Lo primero que hizo fue comprar un auto con el motor fundido para volverlo eléctrico. Intentó con un auto en el Conurbano, pero lo estafaron y después de pasar unos meses estancado, encontró en Chacabuco (Buenos Aires) un Clio diesel modelo 2004, con un costo de $60.000. "Soy ingeniero civil y no tengo conocimientos de autos, pero busqué mucha información por Internet", comenta Oscar.

El primer paso, una vez con el auto usado en su casa, fue sacarle el motor, el radiador, el alternador, el caño de escape, el compresor del aire acondicionado y el tanque de gas oil. "Por un lado, aliviané el peso, pero se me presentó un problema: dónde poner las seis baterías que exige el kit", cuenta. Tuvo que adecuar el espacio para introducirlas. Se trata baterías de americanas de ciclo profundo, cada una con un peso de 50 kilos, más el motor eléctrico, el cargador y el alma del sistema: un controlador (una computadora) que supervisa el eficiente trabajo de todos los componentes. "Para la radio, luces y escobillas del parabrisas, instalé una batería común", explica Oscar.

El Clío, por las calles de Pringles
El Clío, por las calles de Pringles Crédito: Juliana Sorrivas

El auto, de pesar 1000 kilos, tuvo un ligero incremento de 100 kilos. En China venden dos versiones de reconversión, una de tránsito urbano y otro de mayor potencia. El eligió la primera. Entre el kit y las baterías, la inversión para la reconversión asciende a U$S 6.000. Las baterías tienen una vida útil de 1500 ciclos, dependiendo del uso que se le den, pueden durar hasta 8 años. Por día, Oscar circula entre 30 y 40 kilómetros y carga el auto cada dos días. Las baterías son de ácido plomo, por lo que no se recargan cuando el auto frena o está parado. "Las de litio dan más autonomía y tienen recuperación de carga en frenado, pero son muy costosas", afirma.

"Hice un cálculo: para una persona que no tenga energía solar, el auto eléctrico recorriendo 100.000 km tiene un gasto de $250.000, incluyendo la inversión de las baterías. Un naftero, $400.000, sólo de combustible", expone Oscar, aunque en su caso, el costo sólo se le reduce a las baterías porque la energía con la que las carga es solar, el excedente de la que produce en su casa.

La vivienda está diseñada en base a aprovechar la eficiencia energética solar. Tiene muros dobles, vidrios con cámara de aire y está orientada al norte. "Llegué a un momento en que producía más energía de la que necesitaba, por eso pensé en aprovecharla y hacer un auto que se alimentara con ese excedente", resume y explica el origen de la idea de la reconversión de un vehículo impulsado por un combustible fósil a uno con energía renovable y limpia.

"Debería estar homologada en todas las provincias la Ley de energía distribuida, que todos podamos vender a la red el excedente de lo producido por energía solar o eólica", afirma el pringlense. En nuestro país está vigente la Ley 27.424, que es el régimen de fomento a la Generación Distribuida de Energía Renovable. Esto quiere decir que un usuario (que también es generador de energía) se transforma en cliente del Distribuidor. "En la provincia de Buenos Aires aún no está homologada la Ley", asegura Oscar.

"A veces se tiene el preconcepto de que en los pueblos del interior no podemos hacer este tipo de cosas, pero sí, podemos", reivindica. Coronel Pringles es una ciudad de 20.000 habitantes, su economía es principalmente agrícola ganadera, con un cordón industrial importante. Hacia el sur su mapa ofrece paisajes de sierras y espejos de agua. "El auto eléctrico es el tema de conversación", afirma refiriéndose a la repercusión que ha tenido su trabajo. "Nunca pensé que tanta gente iba a estar tan interesada. Muchas vecinos me piden dar una vuelta", agrega. El auto, que no emite gases ni sonido, es una atracción.

"En México, Bogota y Roma se está trabajando mucho en promover el uso de autos eléctricos", comenta Oscar. En la última ciudad, hay cargadores gratuitos en la vía pública, beneficios en el pago de la patente, créditos blandos para facilitar su compra y a estos vehículos se les permite entrar en los cascos históricos, vedados para los automóviles con combustible fósil. "En las grandes ciudades de Argentina se debería imitar esto", aconseja.

Los números de sustentabilidad son claros. El auto eléctrico no genera contaminación en el ambiente. Oscar es defensor de las energías limpias y aunque ya no da más clases sigue haciendo docencia: "Cada kilovatio que se consume en un hogar produce 400 gramos de anhídrido carbónico que van a la atmósfera, cada kilómetro que hace un auto naftero, 140 gramos", afirma. Oscar tiene aliados, sus amigos que lo ayudaron a reconvertir el auto, y sus hijos. Juliana es diseñadora en indumentaria y trabaja en un taller que recicla plástico, le dio una manos con las alfombras del auto, que están hechas con este material. Su hijo Lautaro estudia ingeniería mecánica. "Queremos replicar esto en otras partes, el objetivo de hacer este auto es lograr que otros nos imiten. Hay que tomar conciencia del daño que estamos haciendo al planeta", concluye Sorrivas.

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