Cuando la emergencia obliga a convivir con desconocidos

Es precaria la situación de las familias que viven evacuadas En los centros conviven abuelos, padres e hijos en espacios divididos con sillas y telas La estación de tren General Belgrano está desbordada, al igual que el Predio Ferial Municipal
Cynthia Palacios
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12 de mayo de 2003  

SANTA FE.- Parece un edificio usurpado. Hacia donde uno mire hay familias: entre las columnas del hall, en los pasillos, detrás del mostrador de la boletería. Todos los rincones están ocupados. Los altísimos ventanales tienen pocos vidrios sanos y el viento se cuela. Hace más frío adentro que afuera. La mañana apenas empieza y el hall está en silencio.

La vieja estación de tren General Belgrano está desbordada. Sin infraestructura para contenerlos, se transformó en el refugio de 680 evacuados. Un lúgubre edificio que se atomizó en cientos de "departamentos" sin paredes reales donde familias enteras esperan el momento de volver a casa. Hay alrededor de 450 centros de evacuados. En las 111 escuelas la cantidad de gente es menor.

"Ahora está más organizado, pero era un caos. No nos podemos quejar porque estamos acostumbrados a lo poco y nos dieron lo que necesitábamos", cuenta Gladys Kosada, mientras le da el pecho a Maxi, de siete meses, el menor de sus seis hijos. Su "casa" está frente a la puerta de entrada de la estación. Entre dos columnas descascaradas viven ella, su marido y cuatro de sus chicos, además de su hermana María del Carmen con sus dos hijos. De día levantan los colchones, salvo el que hace las veces de mesa y silla. Ambas son buenas anfitrionas. Por momentos, parece que estamos conversando en la casa de alguna de ellas. Pero no: las suyas están bajo el barro, en el barrio El Arenal. Su relato del día en que huyeron del agua es conmovedor. No olvidarán los gritos, los pedidos de auxilio, las corridas, la desesperación por salvar a los seres queridos. En eso sí se saben dichosas. Una amiga del barrio perdió a su bebe de días cuando se le dio vuelta la canoa.

"Vivimos haciendo cosas para que la cabeza no piense", confiesa Gladys.

Preocupadas por la salud de tantos chicos, impusieron su orden: están cerca del baño, y lograron mantenerlo en condiciones. No pasa lo mismo en el primer piso, donde se tapó una letrina. Un líquido maloliente chorrea escaleras abajo.

"Son gente de costumbres muy primarias y estamos duplicando la limpieza. Hasta tenemos que educarlos, pero por suerte no tenemos infecciones", explica Elena Lucero, directora de Tercera Edad, que ahora está a cargo del centro.

Como refugiados

El primer piso parece un campo de refugiados. Allí están los vecinos de La Loma, donde muchos son tobas. Carlos Giorqui pinta pajaritos de arcilla para matar las horas. Enormes plásticos negros ofician de puertas, de paredes divisorias, de ventanas, de pisos.

Los chicos piden upa a cada rato. Camila, por ejemplo, dormita en brazos de esta cronista. La despedida es dolorosa. "Llevame a tu casa", dice.

El Predio Ferial Municipal es uno de los centros de evacuados más grandes de esta ciudad. También uno de los más desorganizados. Ahora conviven unas 1000 personas, pero llegaron a ser 2000. Cada familia delimita "su" espacio con las sillas de plástico negras que antes se usaban para recitales y reuniones.

Dormir con 1100 compañeros de cuarto no es fácil. Hay tantos chicos que si no llora uno grita el otro. Por suerte, no hay que madrugar. A las 8.30, los voluntarios abren las ventanas para airear este enorme dormitorio colectivo. Muchos remolonean un poco. Hay que caminar con cuidado para esquivar colchones con chicos que todavía duermen.

A las 9 se arma la fila para el desayuno. El mate cocido se retira en termos, ollas y vasos. Las mujeres que consiguieron jabón, lavan la ropa y la tienden en el alambrado ubicado en la parte posterior del predio.

Rescatar lo que se pueda

Muchos hombres aprovechan las horas de sol para volver a las casas a buscar lo que se pueda. Como Carlos, que apresta su bicicleta para ir a su barrio. "Algo hay que hacer. Tal vez allá me necesiten", explica.

Después, llega el almuerzo. La tarde se hace eterna. Sólo la siesta -si es posible- logra que las horas pesen menos. Mientras comparten el mate, los evacuados intercambian sus penurias. Pero el ambiente de la conversación también se vicia: pasar horas y horas hablando de lo mismo enloquece a cualquiera.

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