Cuando un colectivo puede conducir al noviazgo

Los choferes de ómnibus se quejan de que deben enfrentarse diariamente con el caos de tránsito de la ciudad y el mal humor de los usuarios, pero siempre existe la excepción que confirma la regla
Cecilia Wall
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1 de mayo de 2003  • 00:30

Desde 1928, los choferes de colectivos recorren las calles de Buenos Aires, pero hoy su actividad se ve alterada por los cambios en los hábitos de los ciudadanos.

Los trabajadores del transporte deben enfrentarse con manifestaciones, buscar caminos alternativos debido a los cortes de calles y convivir con el tráfico de todos los días.

“Conducir por las calles de la ciudad es un trabajo estresante”, enfatizó Alberto Chirico, delegado del personal de la línea 4 y chofer desde hace 14 años. Explicó que esta situación no sólo se desencadena por el caos vehicular, sino también por las quejas y explicaciones que exigen los pasajeros por la lenta circulación de los coches.

Por otra parte, Norberto Seoane, chofer de la línea 101 contó que el trabajo es más complicado que hace algunos años: “Los colectivos son más grandes y hay más autos en las calles, lo cual provoca desorden en el tránsito”.

Según confesó Seoane, su secreto es “llegar a casa, olvidarse del trabajo y disfrutar de la familia. Trato, en lo posible, de no hacerme problemas, si no, no estaría desde hace treinta años acá”.

Convivir con los pasajeros

No sólo conviven con el tráfico, también deben compartir sus horas de trabajo con miles de pasajeros. “La relación con la gente es buena, aunque a veces, los choferes se quejan que hay algunas personas que suben al colectivo de mal humor y enojados”, explicó Horacio Spano, inspector de la línea 4, que une Puerto Madero con Lomas del Mirador.

Según Adrián Zarelli, de la línea 101, la mayoría de los pasajeros no hace uso de los buenos modales: “Hay algunos que saludan, pero muchos no dicen ni gracias”. Zarelli se queja de que muchas personas ascienden para “buscar pelea” y discuten con los choferes sin ninguna razón.

Pero no todos piensan que la relación con los pasajeros es tan mala. Jorge, chofer de la línea 29 conoció a su novia en uno de sus viajes. “Era una pasajera que viajaba con frecuencia, yo siempre la miraba y un día le pagué el boleto y después la invité a salir”.

Jorge confiesa que los choferes “tienen fama de mujeriegos”, pero él admite que se enamoró arriba de un colectivo.

“Todos los días hay una anécdota”, no sólo porque tienen que viajar con los hinchas que se suben al vehículo a la salida de las canchas -su recorrido incluye las zonas de las canchas de River y la de Boca- , sino también porque “siempre hay un loco que se sube”, sentenció el joven conductor.

Por más rutinario que parezca el trabajo de los colectiveros, cada día es una experiencia distinta. Así es como el recorrido será siempre el mismo, pero las vivencias en cada uno de sus trayectos, son únicas.

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