
Cumplió todos los requisitos y pasó a ser el primer choripanero habilitado
Se anotó en un registro, presentó la libreta sanitaria e hizo un curso para la manipulación de alimentos
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La larga y ajetreada historia del choripán comercializado en la vía pública tiene ahora un antes y un después.
La bisagra la provocó la primera autorización formal, otorgada a un puesto situado en la avenida Rafael Obligado, en la Costanera Norte, que reunió todas las exigencias de la ley 1166, vigente para el rubro desde hace cinco meses.
Su dueño, Roque García, celebró la nueva condición de su "carro" con una ceremonia de la que participaron 130 colegas nucleados en el Sindicato de Vendedores Ambulantes (Sivara).
El flamante local sobre ruedas fue rodeado por una bandera argentina y una guirnalda de coloridas luces, y se cortó una cinta, como si se hubiera tratado de la inauguración de un monumento.
Hubo aplausos y abrazos para García y, después del solemne acto y las efusiones, como era previsible, se comió choripán a discreción.
Con un logo muy visible del gobierno de la ciudad, la "choripanería" -pulcramente pintada y junto a la cual se agregaron mesas y sillas para degustaciones más cómodas- fue bautizada con el nombre de La Frontera. "Quise una denominación que significara el límite entre lo legal y lo ilegal", explica su propietario y agrega: "Espero que el resto de mis compañeros obtenga la misma calificación de legalidad".
El 3 de mayo de este año, la Subsecretaría de Control Comunal del gobierno porteño abrió un registro para la inscripción de vendedores ambulantes de comida que quisieran regularizar su actividad. El trámite -se presentaron 2534 interesados- se extendió una semana en el Centro Cultural General San Martín, que se vio invadido por trabajadores del choripán, la salchicha y la garrapiñada, entre otros productos.
El nuevo status -materializado en un carnet (con foto) y una certificación del permiso habilitante- significa estar a salvo de multas, clausuras y secuestros de mercadería. Los requisitos: libreta sanitaria, inscripción en monotributo e ingresos brutos, ficha del lugar de expendio y seguro, y certificado de que se ha hecho un curso de manipulación de alimentos. Por mes, se deberá abonar un canon de 250 pesos.
El titular del Sivara, Oscar Silva, calificó el acontecimiento como "una reivindicación buscada desde que el presidente de facto Juan Carlos Onganía prohibió la venta callejera de choripanes".
La historia de este invento argentino, que, convengamos, no requirió poseer las neuronas de Einstein, data de mediados del siglo XIX, cuando en los asados campestres a alguien se le ocurrió comer un chorizo al mismo tiempo que el pan.
Alrededor de 1930, el "manjar" empezó a humear en las canchas rosarinas de fútbol, con gran éxito de venta, y tomó su famoso nombre que, a veces, se reduce al apócope "chori".
Aquí, los vendedores "coparon" la Costanera Norte (inspiraron los más sofisticados "carritos"), y la dudosa o inexistente higiene los hizo blanco de persistentes campañas de erradicación. Se calcula que hoy en la ciudad se consumen 30.000 choripanes diarios.
García (más de 20 años uniendo panes y chorizos), tras hacer notar que tanto él como su esposa debieron soportar "toda clase de persecuciones y hasta ir presos", cuenta que su clientela la forman camioneros, automovilistas y actores y, en los últimos tiempos, también turistas extranjeros.
Es que el olor del chorizo cocinándose al aire libre, en proceso de transformarse en choripán, a veces aderezado con chimichurri, es único e irresistible.
Para cualquier entendido en la materia, ir a comerlo a una parrilla cinco estrellas representa una insuperable herejía.
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