Daniel Innerarity: "La democracia no se arrodilla ante los científicos, sean economistas o epidemiólogos"

"Las democracias no se ponen de rodillas ante los científicos"

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11 de mayo de 2020  • 20:45

"Las sociedades democráticas son las que saben que no hay unos expertos que configuran un cuerpo único y unas verdades indiscutibles", dice. "Los expertos son personas que no están totalmente de acuerdo entre sí", agrega. "La democracia no se pone de rodilla ante los científicos, sean economistas o epidemiólogos" , sostiene.

Así piensa Daniel Innerarity, filósofo español, con una perspectiva centrada en la filosofía política, autor de quince libros. En Una teoría de la democracia compleja. Gobernar el siglo XXI, publicado a principio de año y escrito antes de la irrupción del coronavirus, se dedica a las democracias contemporáneas y cuán bien o mal equipadas están para una sociedad de cambios veloces y fundamentales y nuevas crisis, entre ellas, las pandemias, que acaba de inspirar otro libro de su autoría, Pandemocracia.

Innerarity participó de La Repregunta, el programa de análisis de la actualidad que se emite por La Nación Más y conduce Luciana Vázquez los viernes a las 21 hs. Aquí, los principales pasajes.

-En su libro, usted señala: "La principal amenaza de la democracia no es la violencia ni la corrupción ni la ineficiencia sino la simplicidad". ¿En qué sentido "simplicidad"?

-Por un lado, el hecho que la mayor parte de los conceptos que manejamos en política -soberanía, territorio, participación, equilibrio de poderes- fueron pensados hace 400 años y no han sufrido la evolución correspondiente a una sociedad que, en cambio, ha experimentado una gran aceleración. La política permanece anclada a unos principios muy estáticos, muy mecánicos. Por otro lado, la simplicidad es una amenaza para las democracias en un aspecto pragmático. En estos momentos en los que todo es tan confuso, hay tantos actores, tanta incertidumbre, hay una estrategia que parece prometer un camino exitoso: es la estrategia de simplificar. Tenemos una pandemia difícil de entender con un virus que no conocemos del todo, con una gestión política muy complicada, pero se califica al virus de "chino" y entonces ya queda todo enmarcado en una guerra. Sabemos más o menos qué es una guerra y entonces también aplicamos las categorías de la guerra fría. Hay una simplificación interesada del campo de juego.

-Con el coronavirus, el mundo científico se integró a la gestión política y la canciller de Alemania Angela Merkel, sobre la que se destaca su formación científica, se ha convertido en la líder ejemplar. ¿El foco en la ciencia es una manera de reponerle complejidad al mundo o hay un uso político?

-Las crisis de esta naturaleza ponen en una primera línea de combate a los científicos. Ocurrió también con la crisis económica (de 2008) con los economistas. Ahora, los epidemiólogos, los virólogos. En aquel momento se pusieron a los científicos en el pedestal y les hacíamos quizás demasiado caso porque también hubo errores que cometimos colectivamente, que dependían de análisis económicos muy orgullosos de una exactitud que en realidad no tenían. Hoy los virólogos y epidemiólogos están en una primera línea y me parece muy bien: esto contrasta con actitudes terraplanistas de ciertos líderes políticos como (Donald) Trump o (Jair) Bolsonaro o (Boris) Johson en un primer momento. Frente a esto, que aquel tipo de líderes como Angela Merkel, que es química, haya sido capaz de entender la naturaleza del problema tiene una importancia fundamental. Pero las sociedades democráticas son las que saben que no hay unos expertos que configuran un cuerpo único y unas verdades indiscutibles. Los expertos son personas que no están totalmente de acuerdo entre sí. Para bien o para mal, la última palabra la tiene la ciudadanía, por supuesto integrando el saber de los científicos. La democracia no se pone de rodilla ante los científicos, sean economistas o epidemiólogos.

-Hay un debate que se plantea como cuarentena sí o cuarentena no. A los que defienden una flexibilización se los acusa de no estar escuchando al mundo científico que es el que sabe y está salvando vidas. ¿Esa es una dinámica riesgosa en términos democráticos? Cuando no es posible ese diálogo entre quienes sostienen posiciones distintas.

-La idea de democracia compleja busca recoger ese principio: cuando se trata de tomar decisiones colectivas, han de intervenir muchas voces y han de sopesarse en la balanza muchos criterios. Al final habrá una decisión política. La legitimidad para las decisiones de este estilo la tienen nuestros representantes, que lógicamente escucharán a los científicos. Es su obligación escuchar a los científicos de diversas ciencias pero al final, la decisión será una decisión política en el sentido más noble de la palabra.

-¿Cuál es el sentido más noble de la palabra "política" a la hora de tomar una decisión que puede tener también costos de vidas?

-El sentido más noble es precisamente el de tratar de equilibrar puntos de vistas diferentes e incluso contrapuestos a la hora de tomar una decisión. Hay muchos tipos de expertos. Quienes toman las decisiones tienen que ser capaces de buscar una síntesis equilibrada, arriesgada por supuesto, entre visiones del mundo muy contrapuestas.

-El dilema entre objetivos económicos y objetivos sanitarios, ¿sería falso? ¿La obligación de la democracia y de la política en democracia es integrar esas miradas?

-Indudablemente hay una tensión. Quienes ahora tienen que tomar la decisión del desconfinamiento, en qué ritmo, en qué sectores y de qué manera, tienen que tener presente, y lo tienen, las vidas actuales de la gente pero también las vidas que dependen de una economía cuyo funcionamiento implicaría un daño en el empleo, en la pobreza y en la subsistencia. Cualquier decisión tiene riesgos, no hay decisiones sin riesgo.

Eficiencia y democracia

-Con la pandemia, problemas irresueltos de las sociedades quedaron muy expuestos. Usted sostiene que la imposibilidad de solucionar esos problemas endémicos de los países tiene que ver muchas veces con una "falla cognitiva" en la política pública. ¿De qué se trata?

-Efectivamente, cuando hay un problema social tendemos con demasiada facilidad a moralizar el problema, a pensar que alguien se está aprovechando de la situación y que alguien es culpable. En la crisis de 2008, la derecha argumentaba que las personas habíamos vivido por encima de nuestras posibilidades, nos culpabilizaba a los sujetos. La izquierda en general dictaminó que se trataba de una estafa que habían realizado unos cuantos poderosos, instituciones financieras. Ninguno, teniendo parte de razón, vio que había fallos estructurales, una gobernanza débil, un sistema de crédito muy irresponsable, una emulación en el consumo muy estúpida.

-¿Cuánto tiene que ver, en estos problemas estructurales, la capacidad y la potencia cognitiva de las meritocracias a cargo de la cosa pública?

-Tiene que ver pero no sólo es un problema de las élites. Quedaron expuestos el liderazgo público pero también el micro comportamiento de los sujetos. No se trata sólo de que las élites comprendan la naturaleza del contagio y del peligro sino también de que cada uno de los sujetos entendamos que con nuestro comportamiento, estamos poniendo o no en peligro las vidas de mucha gente. La movilización cognitiva de la que hablo es una movilización no sólo de las élites científicas sino también de toda la ciudadanía.

-Una de sus tesis es que la democracia actual es compleja porque la inteligencia está distribuida. ¿A qué ser refiere?

-Ya no es verdad, si es que en algún momento lo fue, que en el gobierno están las personas más listas. En el gobierno están las personas que tienen una legitimidad en términos de representación pero los que saben más de cada uno de los asuntos son los subsistemas de la sociedad. Quien sabe cómo gestionar la sanidad, es el personal sanitario. No estamos en una sociedad vertical en la cual quienes están en el gobierno tienen la mejor información y la mejor inteligencia y en frente de ellos hay una masa de ciudadanos inconscientes o ignorantes.

-¿La ignorancia también está distribuida?

-Claro, cada uno sabe unas cosas e ignoramos otras. La ignorancia pudo ser en algún momento un instrumento para la construcción de un elitismo que distanciaba a ciertas personas de la mayoría. Ahora también puede ser un instrumento que nos iguales porque la humanidad se enfrenta a problemas cuya complejidad nos sobrepasa a todos, no solamente a los ciudadanos aislados sino también a los gobiernos.

-Se elogia la eficiencia de China en la pandemia. ¿Es hora de que llegue esa eficiencia a las democracias liberales de Occidente? ¿Hay algún riesgo en esa llegada?

-Esa eficiencia es falsa. Desconocemos el impacto de la crisis en China porque no nos han dado buena información. Las democracias liberales con división de poderes, con flujos de información, con críticas son muchos más inteligentes que los sistemas autoritarios, que acaban pagando esa centralización del poder en un sistema muy rígido. La eficiencia es un valor muy importante para los sistemas políticos pero debe ser equilibrado con otros valores como la participación o la legitimidad. Además, quienes presumen mucho de eficientes a veces no lo son tanto. Sociedades como las nuestras, de gran complejidad, no se pueden gobernar desde ese vértice autoritario porque a ese vértice le falta la información distribuida que discurre en una sociedad abierta. Esas democracias que a veces parecen tan lentas en la resolución de los problemas son mejores que los estados más autoritarios, que cometen muchos más errores que los otros.

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