Detenido en vuelo

Trasponer las puertas de un aeropuerto implica el ingreso a otra dimensión; allí, destinos, pasaportes y horas de vuelo adquieren una cualidad tan relativa como las horas, los días, el arriba y el abajo, los usuales vectores que organizan la vida más acá del aire
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15 de agosto de 2006  • 01:00

El vuelo fue Buenos Aires-Auckland-Sydney-Canberra. Pero pudo haber sido cualquier otra combinación de tantas que permite el tráfico aéreo. Sus 18 horas de duración –convertidas en más de 24 merced a inevitables demoras e imprevistos– pudieron haber sido muchas más o muchas menos.

Pocos de esos detalles importan. Porque al trasponer las puertas de un aeropuerto se ingresa a un circuito único, autónomo, casi autorreferencial. Una dimensión aparte de las cosas de este mundo. Allí, destinos, pasaportes y horas de vuelo adquieren una cualidad tan relativa como las horas, los días, el arriba y el abajo, los usuales vectores que organizan la vida más acá del aire.

Quien compra un pasaje de avión sabe que debe aceptar ciertas reglas. Por un tiempo indeterminado, su mundo se reducirá al equipaje de mano, algún libro, el espacio más o menos estrecho entre su asiento y el de los otros pasajeros. Sabe también que, indefectiblemente, una porción de su tiempo vital se esfumará. Quizás la devoren los husos horarios. O, tal vez, quede atrapada en las salas de espera de uno, dos, tres aeropuertos.

En esos enormes espacios el viajero se convertirá en un ser desarraigado y atemporal. No importa en qué punto del globo esté: lo cercarán los mismos enormes ventanales, las mismas señalizaciones gráficas, los bramidos de motores y la música funcional. Las personas que lo rodeen podrán hablar otro idioma o vestirse de modo exótico. Pero, en su gran mayoría, todos portarán similares jeans, zapatillas y suéters aptos para un territorio sin tiempo ni estaciones climáticas. Todos comerán la misma comida, cabecearán un sopor inquieto y apenas parecido al sueño, ensayarán cuanta postura de descanso les permitan las repetidas hileras de sillas de plástico.

Constituirán una comunidad en tránsito, sumergida en un limbo en el que todo parece estar en suspenso. Tan en suspenso como la mole de acero a la que finalmente subirán y que, contrariando la lógica pedestre, se mostrará liviana y falsamente inmóvil en su viaje más allá de las nubes.

Diana Fernández Irusta

Especial para LANACION.com

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