Dudas sobre el destino de los desaparecidos

Por José. E. Bordón Corresponsal en Santa Fe
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13 de mayo de 2003  

SANTA FE.- Ya pasaron dos semanas del comienzo del peor desastre de toda la historia de esta ciudad. Las aguas descienden y dejan paso a la realidad que desde un principio temieron los evacuados y autoevacuados. Todavía quedan cerca de 74.000 personas fuera de sus hogares, al amparo de la ayuda solidaria. Y medio millar de habitantes sigue figurando en una lista de desaparecidos.

Sin embargo, el gobierno sigue sosteniendo que oficialmente existen 22 fallecidos identificados, que hay dos más que todavía no fue posible identificar y que, en los rastrillajes del fin de semana último, sólo se hallaron animales muertos. "No se encontraron cuerpos humanos bajo las aguas estancadas", repitió ayer el jefe de la Prefectura Naval Santa Fe, Gustavo Bourilhón.

La gran pregunta es si a 15 días del desastre todavía puede haber ese número de personas desencontradas o sin poder comunicarse con su familia. Por diferentes razones, principalmente por el tiempo transcurrido, el argumento oficial comienza a debilitarse. En diferentes ámbitos, incluso algunos próximos a la red de ayuda solidaria que cobija esta ciudad -desde aquella trágica noche del martes 29 del mes último- los comentarios apuntan a que hay un elevado número de personas fallecidas. Las cifras son dispares. Pero la pregunta es cómo los cuerpos no aparecen.

Desde que la Justicia tomó intervención en el hecho, la lista inicial de 1775 desaparecidos se redujo a la mitad, hasta que se trabó en los 530. Y en los últimos días no se modificó.

Un golpe duro

La realidad será un golpe duro, difícil de asimilar por una población estremecida, que todavía no parece haber recuperado su ritmo habitual. No podría hacerlo cuando un tercio de sus habitantes quedó bajo las aguas. Mucho menos, cuando se reprocha a quienes debieron asumir el control de la emergencia el no haber estado a la altura de las circunstancias.

Nadie olvida que los barrios del extremo noroeste de la ciudad comenzaron a inundarse a mitad de la semana previa de la catástrofe del sur. Sin embargo, amparados en la negligencia -quizá porque no sabían qué hacer- funcionarios provinciales y municipales dejaron correr los días sin siquiera advertir que lo peor iba a llegar.

Así, el 29 a la mañana, la ciudad escuchaba impávida cómo su intendente, el arquitecto Marcelo Alvarez, decía por una radio que con bolsas con arena y algunas camionadas con el mismo material iba a defender los barrios del Oeste, y hasta rechazó una oferta de una docente que colocaba su escuela a disposición de los evacuados, porque él afirmaba que no sería necesario.

Tampoco acertó el gobernador Carlos Reutemann cuando dijo al país que nadie le avisó que se venía esta inundación. En todo caso él, como mandatario, tenía la obligación de saberlo. Y cuando tuvo que actuar también mostró sus contradicciones: primero, expulsó al director de Hidráulica; después, Ricardo Fratti fue nombrado asesor.

Si nadie creyó cuando Reutemann dijo que no le habían avisado que el desastre estaba por ocurrir -cuando él llevaba días sobrevolando en su helicóptero particular la cuenca del río Salado-, qué crédito se le podrá dar cuando la lista de "desencontrados", por emplear su propia expresión, se integra con 500 desaparecidos a los que nadie ha visto. Todo Santa Fe espera que esta vez el gobierno no se equivoque. Si la realidad vuelve a voltear los argumentos oficiales, será doloroso.

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