El agua se va, pero crece la tragedia de los que perdieron todo

Cuando se sabe que ya nada será igual
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3 de mayo de 2003  

SANTA FE.- Decenas de personas han comenzado el largo regreso a casa. Algunos, porque el agua les cede el paso; otros, porque no soportan más el desarraigo.

Es común que en la persona inundada, unos días después, el shock de la salida obligada se manifieste psicológicamente. Aún más cuando se abre la puerta y aparece en el escenario el dolor de lo que fue y ya no es.

Juan Carriaga es un mecánico del barrio Santa Rosa de Lima. Declara tener 56 años y, desde hace 40, vive entre la avenida de Circunvalación Oeste y las vías del ferrocarril, con sus cuatro hijos, tres de los cuales lo acompañan en su labor cotidiana.

A metros del Hospital de Niños Orlando Alassia, que en la noche del martes último y hasta ayer tuvo tres metros de agua, espera -impaciente- un canoero que se comprometió a reubicarlo en su casa.

"Cuando me fui, el martes por la tarde, salí con lo puesto. El agua llegó de repente y apenas pudimos abandonar la casa y el barrio. Mire, mis hijos me decían que la radio estaba informando que se venía una catástrofe. Yo creí que era para asustarme. Pero después, cuando quise darme cuenta, ya era tarde", se explaya.

"Ahora quiero volver, esté como esté la casa. Sé que los vecinos tienen como un metro de agua, y yo también, pero me vuelvo porque, si no lo hago, dicen que están robando y voy a perder lo poco que tengo. Ni sé si todavía está el auto que estábamos arreglando", se animó a comentar.

-¿Su vida seguirá como antes?

-Para nada. El taller ya no existe, más allá de que el lugar pueda seguir estando. Esto nos va a llevar varios meses. Porque el agua no viene sola. Me han dicho, porque nunca estuve inundado, que queda barro, que los muebles se ensucian, que se pierden muchas cosas con la crecida.

-¿Y vuelve aún con el agua hasta las rodillas?

-Y..., ¿qué quiere que haga? Usted no sabe la angustia que tenemos todos; me sentí un miserable que no podía dar de comer a mis hijos. Un día después de estar evacuado en un galpón municipal, me di cuenta de que lo que sucedió no fue previsto por nadie ni pensado por las autoridades.

-¿Cree que hubo imprevisión?

-Si ellos sabían que esto iba a suceder, tendrían que habernos alertado a nosotros, que vivimos en los barrios más bajos.

-¿Lo ayudaron mientras estuvo con otros evacuados?

-Escuchábamos por la radio que se repartían alimentos y colchones, pero tengo entendido que a muchos centros de evacuados no llegaron. Pasé más de un día y medio sin comer. Las pocas monedas se las di a mis hijos para que pudieran comprar pan. Me sentí mal, muy mal. Por eso, vuelvo a mi casa, aunque tenga un metro de agua, porque sé que lo peor está pasando.

A pocas cuadras, muy cerca del tradicional parque Garay, el agua retrocedió dos cuadras.

"Todo es barro"

Magdalena B. (prefirió mantener en el anonimato su apellido), tiene barro hasta las rodillas y cara de preocupación.

"Entré en mi casa y es todo barro. El piso está levantado en partes; la cocina, toda dada vuelta. Los sillones del living no sirven más. Es un desastre. Nunca me imaginé una cosa así. Ahora, tengo que volver a empezar y no estoy en condiciones de reponer lo que perdí", se lamentó.

Sin embargo, "creo que no estoy peor que otros. Estoy segura de que peor están lo que ya no tienen nada, a quienes ni siquiera el techo les ha quedado. Yo le voy a poner el pecho y seguro que voy a salir, porque algo me quedó. Sí me angustia lo que les pasó a miles de familias que no tienen trabajo y que difícilmente lo tendrán, porque Santa Fe va vivir en la miseria durante varios meses", reflexionó.

Así, a lo largo de las calles las historias parecen repetirse.

Encontrar respuestas

Los que vuelven lo hacen por una necesidad; los que permanecen aún alojados en un centro de evacuados saben lo que es vivir de la compasión de los demás, aprender a aceptar la ayuda de los demás.

Caminan muchas horas tratando de encontrar respuestas. Esas que pocos tienen para el desastre, el que pasó y el que -inexorablemente- viene.

Está llegando, lentamente, el tiempo del después.

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