El arte en 2013: boom de público, pero pocas ventas y precios moderados

En el país, las muestras antológicas de Kusama, Mueck y Mondongo atrajeron multitudes; en Nueva York, Jeff Koons se convirtió en el artista vivo más caro de la historia
Alicia de Arteaga
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23 de diciembre de 2013  

Termina un año que será recordado por tres muestras excepcionales: la Obsesión Infinitade la nipona Kusama, en Malba; las esculturas hiperrealistas del australiano Ron Mueck, en Proa (abierta hasta el 23 de febrero) , y los paisajes del colectivo argentino Mondongo, en el Mamba, de San Juan 350. Este último, un auténtico "guiso" del mejor talento vernáculo, ejecutado a la manera de la Escuela de Barbizon, sólo que con plastilinas producidas para Juliana Laffitte y Manuel Mendanha (los integrantes del grupo Mondongo) por la empresa Alba.

Hablar de arte ya no es lo que era. Hay que pensar en esa multitud que hace horas de cola para ver a Kusama; para entrar en el Museo de Arte Decorativo en la noche de los museos, o para conmoverse con la inquietante humanidad de las figuras de Ron Mueck, en Proa. Es una nueva audiencia ampliada, curiosa, interesada por el fenómeno del arte, por saber y por participar.

Se multiplican las carreras de grado y de posgrado, consagradas a la formación académica de artistas, gestores, curadores, promotores... hay un rosario de actividades en paralelo, de clínicas a seminarios, destinados a profundizar ese interés inicial que bien llevado puede ser una carrera con futuro.

Y no sólo en Buenos Aires. El coleccionista y melómano cordobés José Luis Lorenzo, arquitecto de profesión, inauguró el viernes 20 del actual una muestra de fotografías de su colección en el Museo Evita Palacio Ferreyra de Córdoba, junto con una gigantesca instalación del gran Ricardo Cinalli curada por Patricia Rizzo.

Lorenzo comenzó comprando paisajistas cordobeses y en una edición de arteBA se lanzó a la aventura de arte contemporáneo. Dice que ese giro copernicano le cambió la vida. Comparte la pasión con amigos y organiza clínicas en su casa con críticos de Buenos Aires para ampliar la mirada y el conocimiento de los cordobeses.

La gran paradoja de 2013 es que mientras crecen el público y el interés por el arte las ventas se han paralizado, en parte porque comprar arte es, sin duda, "un estado de ánimo", pero también porque el cepo al dólar, los controles y el " panic -Afip" resultan una combinación letal. Se ha perdido la brújula de la cotización y, sobre todo, lo que es más grave, se ha perdido la confianza en un mercado cuya base es justamente la credibilidad.

Yayoi Kusama, una nipona de pelo rojo totalmente desconocida hasta 2013 por el gran público, fue el fenómeno del año y marco el récord de 200.000 visitantes en Malba. La muestra venía de la Tate de Londres de la mano de un curador conocido como Philipe Larratt-Simith, y tenía los argumentos de un blockbuster. Sin embargo, superó las previsiones. Nadie contaba con la viralidad frenética de las redes sociales ni con el tercer ojo que es la cámara del celular. Un ojo que no solamente mira: contagia.

Y otro tanto sucederá en Proa con las obras del australiano Mueck. El enorme magnetismo es la factura perfecta de las piezas, un asombroso imán para el gran público y para las cámaras digitales. Obsesivo, hijo de jugueteros alemanes, Ron Mueck sigue la tradición lúdica y juega también con las impresiones de público que rodea la obra y se pregunta, azorado, ¿cómo es posible hacer algo tan real, cómo lograr que el pliegue de la comisura de los labios se convierta en un gesto de disgusto, cómo hacer para que esas figuras sean tan verdaderas sin serlo?

La muestra de 2013

En un conversado almuerzo de fin de año, críticos y editores, entre mollejas crocantes y pulpo a la parrilla, se preguntaban cuál había sido la muestra del año. Difícil responder. La oferta ha sido extraordinaria y las instituciones públicas y privadas han levantado el listón a niveles internacionales, un homenaje al público fiel y seguidor, pero también la sólida construcción de la capital de los argentinos como un destino cultural de excelencia.

Sólo tres datos: la muestra de Malba venía de la Tate Modern; la de Mueck, de la Fundación Cartier de París, y los Mondongo, tras haber seducido al público argentino, anotaron el precio más alto en una subasta organizada en Houston, Texas. Sin fronteras. Lo bueno del arte es comprobar que no tiene límites. Salvo los que impone la mente de quien contempla.

El mercado local no anotó cifras para el recuerdo, atornillado como está por el cepo cambiario, que conspira contra las ventas tanto en galerías como en subastas. Después de todo, en la Argentina siempre se "pensó" en dólares, aunque -sin más alternativa- se pongan pesos sobre la mesa en el momento de pagar. No es muy diferente la cornisa en la que se mueve el mercado inmobiliario, tratando de encontrar un equilibrio entre el deseo del vendedor y los dólares del comprador.

Mientras tanto, las subastas neoyorquinas rompieron las compuertas de todas las previsiones: 691 millones de dólares cosechó Christie's en los remates de noviembre. En 2013 se anotó el precio más alto pagado jamás por una obra de arte: 142 millones por el tríptico de Francis Bacon Retrato de Lucien Freud . Lo compró un anónimo por teléfono a través de la prestigiosa galería Acquavella del Upper East de Manhattan. Se supo después que fue la jequesa de Qatar quien compró el Bacon dispuesta a pagar cualquier precio para formar una colección en el museo que tiene más paredes que obras de arte. Un signo de los tiempos.

Otro do de pecho merece el perrito naranja brillante de Jeff Koons subastado en 58 millones de dólares. No hay dudas; el ex de la Cicciolina es el artista mimado del siglo XXI. Así lo confirmó el joven Scott Nussbaum, vicepresidente de Contemporary Art de Sotheby's, durante un almuerzo de amigos del arte en Palermo Chico, escoltado por el mejor Guttero que exista en manos privadas.

"Koons es un fenómeno propio de nuestro tiempo. A la gente que gasta esa fortuna le gusta que se sepa que compró algo caro, que lo reconozca y que esa compra le agregue valor a su imagen, a su marca o a su apellido", sentenció Nussbaum, un nuevo fan de la ciudad de Buenos Aires, de sus esculturas, árboles, arquitectura y museos.

A metros de distancia se sabe que un Koons es un Koons; se reconoce una Brillo Box , de Warhol; un colchón de Minujin; un ombú de Uriburu o un acrílico de Polesello. Este nuevo mix de arte, estatus y negocios ha colocado al coleccionista en la cima de las categorías aspiracionales, algo que, sin embargo, no ha hecho cambiar la manera anémica de comprar arte de los argentinos.

Los coleccionistas vernáculos de verdad se cuentan con los dedos? de una mano, sin olvidar que muchos de ellos en los últimos tiempos cambiaron de bando y se fueron a las filas de los galeristas.

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