El chico que amaba a Greta Garbo

Jorge Fernández Díaz
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9 de enero de 2010  

Su padre le había dado un bofetón por haber elegido a Bette Davis, y muchos años después la tenía enfrente, borracha e histérica, bajando en ascensor y hostigando a una amiga que la había acompañado al programa de Johnny Carson. "Qué pena ver a una reina en este estado –pensó Jacinto Pérez Heredia mientras bajaba con ella–. ¿Y por esta mujer estuve peleado tantos años con papá?"

No era ésa la verdadera razón: en Coronel Suárez, un vasco orgulloso no podía creer que su hijo no quisiera ser contador de una cooperativa agrícola y que eligiera la vida del actor. Y tampoco lograba digerir que se escapara a la matiné, pero que eludiera las películas de guerra y los westerns para seguir a Bette Davis y a Greta Garbo.

No imaginaba ese vasco que al darlo por perdido había perdido efectivamente a su hijo, ni que ese muchacho viajaría con los años a Estados Unidos y que se convertiría después en uno de los grandes fabricantes de ficción de la Argentina.

Jacinto es el creador de El amor tiene cara de mujer, que desmayaba de pasión a Cristina Kirchner en su adolescencia, y de Situación límite, que sacudió la televisión pobre en épocas de Raúl Alfonsín.

Un productor que tuvo todo y se quedó con casi nada. Otro pensionado de la Casa del Teatro: 82 años, apostura de galán de los 50, voz de locutor y mirada aguileña.

Pérez Heredia está fumando a escondidas y empieza por contarme que se fue de aquel pueblo en tren, con una valija de cartón, y que se hospedó en una estrecha pensión de la calle Juncal. Así empezó el largo viaje del hombre que amaba a la Garbo y que un día la siguió por las calles neoyorquinas y le consiguió un taxi.

Pero mucho antes Jacinto no era en Buenos Aires más que un aspirante al conservatorio de artes dramáticas y a un puesto en una marroquinería, donde ascendió con cierta rapidez y donde tuvo que optar entre la gerencia y la actuación. Eligió a la fuerza parar la olla, pero se metió en un grupo de teatro independiente donde conoció a Blackie. También a Norberto, un escenógrafo de quien se hizo íntimo amigo. Cuando Blackie quedó a cargo de la dirección artística de Canal 7 los invitó a trabajar con ella. Jacinto cerraba la marroquinería y por las tardes ayudaba ad honorem en esa usina de sueños, donde Olmedo era un simple camarógrafo y todos parecían ser buscavidas felices.

La Revolución Libertadora cambió ese estado de gracia, y Jacinto siguió a Norberto hasta Bogotá, donde la televisión vivía su apogeo. Fue en ese lugar donde Pérez Heredia aprendió el oficio de la escenografía, se asentó en el mundo del espectáculo y gozó de las mieles de la dicha plena.

Pero la dicha plena no existe. La madre de Norberto se embarcó hacia Colombia para constatar los progresos de su hijo. Pero como el buque venía demorado, Norberto le dejó en Puerto Buenaventura una carta en la que decía que debía tomar un avión y regresar con urgencia al trabajo: tenía tres programas en el aire.

* * *

El avión cayó en lo más profundo de la selva y murieron todos carbonizados. Desesperado, Jacinto viajó a toda prisa para atajar a la madre de Norberto. Llegó con el remise justo cuando ella venía con la carta en la mano. Traía en el rostro una débil duda. Ya conocía la noticia, pero no sabía con certeza absoluta que se trataba del mismo avión. Se miraron a los ojos. "Lolita, espere un momentito", dijo Jacinto. La madre de Norberto comprendió todo en un segundo y comenzó a gritar. Corrió y corrió, y tuvieron que perseguirla y reducirla en el piso, entre llantos desgarradores.

Jacinto heredó el trabajo de su amigo. Y después, cansado de ese escenario dramático, regresó al país e ingresó en la agencia de publicidad Walter Thompson. Al tiempo pidió su traslado a la casa matriz de Nueva York. Una pitonisa le había tirado las cartas y le había augurado un episodio falsamente grave. "Cuando cumpla 35 años lo van a operar en Nueva York, pero no se asuste", le advirtió en tono enigmático. El traslado no terminaba de concretarse, y entonces Jacinto se largó igual.

Llegó a la Gran Manzana y fue a ver a unos bagayeros de la camisa Manhattan, y consiguió un conchabo en esos menesteres. Hasta que finalmente Walter Thompson entró en razones, y su director le encargó tareas de espionaje.

Tenía que instalarse en un subsuelo y filmar con una cámara de 16 milímetros los programas y las series para verificar si colocaban bien los avisos propios y qué avisos ajenos ponía la competencia. Luego se hizo una vacante en la supervisión de la televisión en vivo y Pérez Heredia se sentó en un palco vidriado cada noche a seguir de cerca el Tonight Show de Carson, por donde desfilaban las grandes estrellas que él había visto en el cine de Coronel Suárez.

Bette Davis había ido a hablar de su célebre Baby Jane, y luego se había marchado, alcoholizada y furiosa, pegándole carterazos y llamando "perra" a su amiga. Esa noche Jacinto llegó caminando a su casa, se tomó un whisky mirando el Empire State y se quedó pensando largamente en su padre, aquel vasco lejano que guardaba en secreto sus fotos pero que seguía siéndole esquivo.

* * *

Otro día se encontró con Greta Garbo en la 52. Estaba ya retirada e irreconocible, pero su admirador número uno la reconoció y se quedó sin habla. Era alta, flaca y tenía un andar masculino. Nadie la saludaba en las calles de Nueva York. Jacinto la vio acariciando un perro, y otra vez cerca de un cine de la 50 donde daban una retrospectiva sobre su obra: había una cola para entrar y la Garbo, casi embozada, miraba desde la acera de enfrente cada una de las caras de esa fila.

Localizada en esos rectángulos de la ciudad, el argentino la buscaba siempre con los ojos. Durante un feriado, la descubrió en una cortada llamada Sutton Place. A las dos de la tarde, "la Divina" surgió de la nada con dos asistentes. Ella, como una aristócrata, se quedó un poco atrás mientras los otros dos se empeñaban vanamente en buscarle un coche.

Pérez Heredia se adelantó y se dio vuelta un momento para mirarle la cara arrugada, los ojos azules y relampagueantes. Con esos ojos pareció decirle: "¿Y vos qué mirás, boludo?" Pero Jacinto se volvió de nuevo y divisó en la corriente de autos un taxi, corrió y lo atrapó, y ya triunfante le abrió la puerta a la Garbo y le dijo: "Es para usted, madame ". Los ojos azules sonrieron: " Thanks very much -le respondió con su voz legendaria-. You are very kind ". Se sentó y le tiró un beso desde la ventanilla.

Ese día Jacinto detectó que faltaba un comercial de L&M en el primer corte de un programa de la NBC y le dieron un ascenso. Garbo era un talismán.

Con mirada de pueblerino asistió a la conmoción por el asesinato de Kennedy y luego a la extraña ejecución de Lee Harvey Oswald. Presenció el nacimiento de una estrella: Barbra Streisand. Y terminó en un quirófano del Manhattan Hospital.

Tenía un tremendo dolor intestinal y mientras lo llevaban en la camilla de las angustias miró un reloj en la pared y descubrió el fantasmagórico rostro de la pitonisa. Jacinto tenía 35 años, y aunque aquél parecía un asunto grave, no lo era. Esa certeza lo tranquilizó por completo: sabía con las tripas que la realidad no se atrevería a refutar al tarot. Y no lo hizo.

Regresó a la Argentina a fines de 1963 porque existía la idea de realizar un teleteatro patrocinado por las cremas Pons, con libros de Nené Cascallar y con Iris Láinez y Angélica López Gamio. Una historia de mujeres en una boutique: Alba y Bárbara Mujica, Claudia Lapacó, Delfi de Ortega, Rodolfo Bebán.

Jacinto se convirtió en productor de "El amor tiene cara de mujer", discutió el título y las escenas con Nené, que era una mujer difícil, y al cabo de dos años aceptó un cargo operativo en Proartel. Era la época de Goar Mestre, y el chico de Coronel Suárez tenía que importar culebrones cubanos y actrices que estaban exiliadas en Miami, y readaptar esos programas para la televisión argentina.

De pronto, era un productor a gran escala: "Yo compro esa mujer", "Estrellita, esa pobre campesina". Amores cursis para la tarde, con beldades y galanes de primera rodeados de grandes actrices, como Mecha Ortiz. Y también un magazine en vivo: "Gran Hotel Carrusel", donde cantaban desde Raphael hasta Gigliola Cinquetti.

Hizo debutar a Susana Giménez, que venía del shock! , rodeada de Federico Luppi y Arnaldo André, y de una uruguaya que en el primer programa hacía de madre alcohólica y que nadie conocía en estos barrios: China Zorrilla. Susana no se quejaba de las exigencias, era sencilla y trabajadora, y Jacinto le tomó una simpatía inmediata.

Sus telenovelas paralizaban al país, y él estrenaba todos los meses un traje y se sentaba a la mesa de las grandes decisiones con Blackie, Stivel, Mancera, Raymond y Moser. Pero no frecuentaba el ambiente, se mantenía alejado, envuelto en misterio.

Un día de esos le presentaron a Tita Merello y le pidieron que produjera su programa. Fue el comienzo de una tormentosa amistad que duró veinticinco años. Tita era celosa, apasionada, generosa, posesiva, cambiante, cariñosa, autoritaria. Y Jacinto se peleó y reconcilió con ella mientras presenciaba escenas inolvidables. La morocha del Abasto había peleado en la calle, y era a la vez una representante de la Argentina plebeya y una dama refinada y perspicaz.

Una noche Merello le contó que venía caminando por la calle y que se había quedado mirando a Mecha Ortiz, esa otra deidad majestuosa, que comía con Florencio Parravicini en una mesa de un restaurante. Tita era la contracara de aquel glamour, y se quedó un rato embobada, estudiándole los movimientos, leyéndole los labios a la Garbo argentina, que cenaba sin mirar hacia afuera, junto al vidrio de la ventana, como en una pecera de sirenas, espejismos y monstruos.

Con Tita tuvieron una relación de amores y odios, fueron amigos y hermanos, y de ella Jacinto aprendió que a veces conviene ponerse una vez colorado y no cien veces amarillo. En ocasiones comían juntos los domingos: lo obligaba luego a lavar los platos mientras ella se sentaba a contemplarlo. Al final, invariablemente, le ordenaba: "Vení para acá, sentate y fumate un pucho".

* * *

En uno de esos días de climas inestables la morocha lo llamó cuando apenas él llegó a casa. "¿Qué hacías?", le preguntó. "Leo un libro", le contestó. "Ah, preferís un libro a la Merello". Pérez Heredia se impacientó: "¿Para qué me llama?" Tita preguntó: "¿Vos conocés la confitería del Hotel Lancaster?" Jacinto tuvo que vestirse de nuevo y llevarla a tomar el té. Mientras lo hacían, una cosa llevó a la otra, y de pronto Tita le contó que de chica un tío suyo la había violado. Lloraba casi a los gritos, y en la confitería todos la miraban.

En su recta final, Tita acentuó sus rabietas y su antiguo productor perdió la paciencia. Se dejaron de hablar un largo tiempo. Pero la Merello se internó en la Clínica Favaloro y dos años después de haber cortado relaciones le pidió que fuera a almorzar con ella. "Hola, Tita", la saludó. "Sentate", le ordenó ella. E hizo entrar a una mucama con una bandeja. "Permiso", dijo la mucama. "¡Salí del medio! -le gritó Tita a Jacinto-. ¿No te das cuenta de que estás molestando?" Pérez Heredia le advirtió: "Si me vuelve a gritar me voy". La Merello miró hacia otro lado: "Andate". Y se fue.

El 24 de diciembre de 2002, a los 98 años, Tita entró en la inmortalidad, y Jacinto, sin haberse reconciliado, la lloró sin llanto en su casa. Ya había muerto su padre, aquel vasco cabeza dura que veía en secreto las fotos de su hijo exitoso, pero que nunca había logrado vencer la barrera del pudor y del orgullo.

En 1976, cansado de sí mismo, Pérez Heredia había abandonado la televisión. Estaba haciendo "Alguien como usted" con Irma Roy, y llegaba la dictadura militar. Tenía dinero, pero era un gastador compulsivo. Se dio la gran vida desconociendo por completo el verbo "ahorrar". Gastaba en ropa, restaurantes, amigos. Después manejó un teatro y en 1980 volvió a ATC con especiales mensuales basados en clásicos de la literatura. Más tarde inventó "Situación límite": los grandes actores se peleaban para representar sus papeles. Gustavo Yankelevich le decía, y le dice, "maestro".

* * *

No quiere olvidarse de Mona Maris. Fuma otro cigarrillo y recuerda: "Goar Mestre me llamó para decirme que había conocido a una actriz argentina que regresaba al país y que quería conocer los secretos de la televisión por dentro". Mona había actuado en Cuesta abajo para la Paramount con Carlos Gardel y, dentro del imaginario popular, era la novia del Mudo. Pero se trataba de otra hija de vascos que había actuado en Europa y en Hollywood, y que era una mujer exquisita.

Volvía de un fracaso matrimonial y no se atrevía a actuar en la Argentina. Rápidamente se hizo amiga inseparable de Jacinto, visitó Coronel Suárez y conoció a su madre, y tuvieron décadas de confidencias y solidaridad. Murió en 1991, y cuando se abrió el testamento, Pérez Heredia descubrió con sorpresa que le había dejado una herencia de cien mil dólares.

Hizo dos cosas con esa fortuna. Primero se fue a Coronel Suárez y la repartió entre sobrinos y amigos, y le compró a su mamá varios regalos caros. Y después puso un maxiquiosco, pero rápidamente se fundió. Tuvo que achicarse por primera vez en su vida.

A mediados de la década menemista, cuando Madonna merodeaba la Casa Rosada, Susana Giménez reapareció con la idea de interpretar a Evita en una miniserie. Le pidió que la acompañara a ver a alguien que Jacinto ya había visitado dos veces: el cura Hernán Benítez, confesor de la esposa de Perón. Pérez Heredia recordaba el rencor que le había tenido a la "abanderada de los humildes", el modo en que había festejado la caída del peronismo y también cómo aquel día de septiembre de 1955 había pisoteado las fotos de esa mujer en Plaza de Mayo.

Benítez los recibió en una casa quinta. Susana iba vestida toda de negro, con el pelo recogido y tirante. "Tú eres Evita", le dijo el cura al verla aparecer. Jacinto los dejó a solas cuarenta y cinco minutos. Cuando regresaron a Buenos Aires, Susana no habló una sola palabra. Sólo le dijo, distraídamente: "¿Te están pagando, Jacinto?" Pérez Heredia le confirmó que sí. Se despidieron con ternura, pero había en la mirada de Susana un velo inexplicable. "No lo va a hacer -les dijo Jacinto a los productores-. Susana no va a hacer de Evita en esta miniserie. Me lo dice el olfato."

El olfato tampoco le falló. Más tarde, sin un cobre, el todopoderoso productor de televisión recurría a la Casa del Teatro para refugiarse de sus imprevisiones económicas.

El año pasado, Cristina Kirchner asistió a ese refugio de viejas glorias para anunciar valiosas remodelaciones y ayudas, y confesó delante de todos los presentes su admiración por Jacinto. "Me acuerdo de todos los personajes de «El amor tiene cara de mujer»", dijo la Presidenta, y comenzó a hablar en detalle de la telenovela. Junto con Nacha Guevara estuvo en su cuarto y revisó las fotos que Pérez Heredia tenía en la pared.

Cristina se sorprendió al encontrar una imagen de Evita y luego el libro Los últimos días de Eva, de Nelson Castro, un periodista poco querido por los Kirchner. "Ah, sí -dijo Cristina-. Nelson hizo una muy buena investigación." Jacinto le confesó que se había vuelto un estudioso de Eva y que se arrepentía de haberla despreciado con aquella ferocidad, y de haberla difamado. "¿Puedo abrazarlo?", le dijo la Presidenta. "Si el protocolo lo permite", respondió Jacinto. Me jura que Cristina temblaba.

Después, una prima de Pérez Heredia le preguntó, completamente indignada, por qué había dejado entrar a Cristina en su habitación. "No hagamos lo mismo que hicimos con Evita", le respondió Jacinto, que odia con sus últimas fuerzas el odio.

Caminamos juntos unos metros. El pibe de Coronel Suárez es un venerable caballero argentino: lleva saco y corbata y saluda ceremoniosa e innecesariamente a desconocidos, como un actor que baja del escenario a estrechar la mano del público. Bette, Eva, Tita, Garbo, Mecha, Mona y tantas otras divas de aquel cine de pueblo donde se gestó su largo periplo lo envuelven todavía con sus auras lujosas.

El personaje

JACINTO PEREZ HEREDIA

Un productor legendario de sueños

  • Quién es: nació en Coronel Suárez, trabajó en Walter Thompson y conoció en los Estados Unidos a las grandes estrellas. De regreso en la Argentina se transformó en un productor de telenovelas exitosas. Fue amigo y confidente de Tita Merello y Mona Maris.
  • Qué hizo: creó, de la mano de Edie Williams, "El amor tiene cara de mujer". También, otros grandes éxitos románticos como "Yo compro esa mujer", "Estrellita, esa pobre campesina", "Alguien como usted" y "Situación límite".
  • Qué le ocurrió : fue un gastador compulsivo y terminó viviendo en la Casa del Teatro. Hoy analiza realizar micros para radio contando grandes anécdotas del mundo del espectáculo.
  • Historias anteriores

    2 de enero. El chico que creció sobre un alambre

    26 de diciembre. Un piquetero llamado Bullrich

    19 de diciembre. Crónica submarina de un héroe sin medallas

    12 de diciembre. El hombre que cuida a los gladiadores

    5 de diciembre. La mujer de 102 años que no puede olvidar

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