El cielo estaba más cerca

Omar López Mato
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17 de junio de 2013  

Los parques de diversiones nos parecían pedacitos de cielo. Allí, los deberes escolares eran tareas eternamente postergables, las matemáticas, sólo el esfuerzo para contar los billetes ganados a fuerza de buena conducta y que nos permitían acceder a ese paraíso de autos chocadores y sillas voladoras. Cambiar magia por papelitos impresos siempre nos pareció buen negocio.

Entre sus juegos, buscábamos las emociones que la rutina de todos los días nos negaba; allí estaban el terror acartonado del tren fantasma, los viajes interespaciales a mundos lejanos hechos de lucecitas de colores, los temibles marcianos que habrían de invadir la Tierra para reducirnos a la esclavitud, los cohetes ultrasónicos que nos llevarían al infinito en cinco minutos. En las retorcidas vueltas de la montaña de acero, que nos empeñamos en llamar rusa, vaya a saber por qué, hacíamos alarde de coraje, sobre todo cuando queríamos impresionar a alguna señorita.

Los parques eran lugares de impunidad gastronómica, donde gozábamos de licencia para beber hectolitros de gaseosas con panchos rebosantes de mostaza o choripanes pantagruélicos. Los insufribles empachos eran el castigo bien merecido. ¡Qué forma más rica de sufrir!

Entonces, el mundo era más dulce, no por la bondad de la gente sino por los pochoclos, los higos y las manzanitas caramelizadas, o por esos espumones de azúcar, nubes de hidratos de carbono que dejaban los dedos pegajosos y la lengua seca. Más gaseosa y, quién sabe, algún heladito. Todo era válido entonces. Mañana nunca llegaba.

Cuando los parques de diversiones dejaron de ser lugares de indulgencias paternas, encontramos entre luces de neón y carteles luminosos las sombras necesarias para robar un beso furtivo.

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