El día que le buscaron una modelo de desnudos a Quinquela

El pintor boquense exponiendo en Londres, donde se organizó un concurso para encontrarle la mujer ideal.
El pintor boquense exponiendo en Londres, donde se organizó un concurso para encontrarle la mujer ideal. Fuente: Archivo
Daniel Balmaceda
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11 de junio de 2019  • 00:13

El gran pintor de la ribera, el maestro del paisaje portuario, el talentoso e insuperable Benito Quinquela Martín (a veces figuraba equivocadamente en los periódicos como Quinquela Marín) ofreció su primera exposición en el prestigioso Salón Witcomb, en 1918. En aquella oportunidad, la crítica de La Nación manifestó:

"Al entrar observa el visitante una uniformidad de asuntos rayana en la monotonía: barcos y más barcos. Nota también, porque esto es lo que más deslumbra, una gran riqueza de tonos, mucha luz, gran atrevimiento en la entonación, grandísima libertad de factura.

Pero luego, puesto a examinar las telas con detenimiento, ve que dentro de aquella aparente monotonía, hay una variedad efectiva que no proviene únicamente de las distintas coloraciones, consecuente con la hora y el estado atmosférico de cada cuadro.

El asunto cambia. Cada barco, o grupo de barcos, se individualiza, tiene personalidad propia: desde el gigante armatoste que, en el astillero, representa el embrión de una nave, hasta la trágica chata que aparece medio sumida ya en las aguas tranquilas de un rincón del puerto.

Hay barcos que descansan, que se diría que duermen, en la noche azul, profunda y constelada de lucecillas; otros que se desperezan en las largas horas calurosas de la siesta. Algunos son centros enormes de actividades de trepidante hormiguero humano, humeante en la ciclópea tarea de la descarga. Otros tienen líneas aristocráticas, perfilan elegantes su velamen sobre cielos crepusculares de un romanticismo neurasténico.

Y, junto con esta enorme variedad de temas, que Chinchela [así firmaba sus primeras obras y llegó figurar en los medios como Chinchilla Martín] ha sabido observar amorosamente, día a día, hora a hora, en la vida del puerto y en la zona más interesante de esta capital que es La Boca, el visitante sufre otra sorpresa más: la de comprobar que se ha equivocado también respecto de la modalidad técnica del artista.

En efecto, Chinchela, aunque use y abuse intrépidamente de los ocres, de los rojos, de los bermellones, de los verdes y de los azules rabiosos, como un verdadero pintor de barcos más que un marinista; aún cuando busque y se complazca en los grandes efectos de luz deslumbrantes, oftálmicos; aunque él mismo se imagine que ese es su fuerte, tiene en el fondo un temperamento sumamente suave, una verdadera compenetración espiritual con los efectos melancólicos y lo mejor de su exposición no son las que él llama sus `impresiones en el sol´, sino sus impresiones en gris".

El periódico La Vanguardia también se refirió al novel expositor de 1918. Dijo: "Su elemento preferido es el agua, y hay que reconocer que lo domina con indiscutible maestría, sacando de él los más opuestos y sorprendentes efectos, sin otros recursos que una observación escrupulosa y una mano que no conoce dificultades".

Aquella presentación en sociedad le dio a Quinquela el impulso necesario para difundir su talento. Llegó el tiempo en el que el exitoso artista debió abandonar La Boca y emprender viajes, ya que empezó a ser requerido en importantes capitales culturales. Quinquela mostró su arte en Río de Janeiro (1920), Barcelona, Madrid, Sevilla (1922), París (1925), Nueva York, La Habana (1927) y Roma (1929).

Por ser soltero y no haber formado una familia, tenía la posibilidad de ausentarse por largas temporadas, aunque él mismo confesó que su madre prefería que no viajara tanto. En 1930 lo convocaron desde Londres. El pintor arribó a la ciudad británica en mayo. Creyó que su fugaz aprendizaje de inglés en Nueva York le permitiría entenderse con sus nuevos anfitriones, pero no. Tuvo que acudir a un español afincado, Pedro Morales, para que lo asistiera como traductor.

Mientras preparaba la exposición en la Galería Burlingthon, un periodista del Daily Express se acercó para hacerle una corta entrevista. Le preguntó al marinista boquense por qué no pintaba mujeres, por qué no aprovechaba su talento para reproducir el desnudo artístico. Quinquela -traductor mediante- pretendió despacharlo con un simple: "Porque pinto barcos".

Esa respuesta, a los ojos del artista, era una razón más que suficiente. Sin embargo, el periodista no se sintió conforme e insistió: "Es una lástima. Un pintor como usted debería realizar mujeres. Sería interesante ver cómo las interpreta". Más preocupado por liquidar el tema que por pensar la respuesta, el argentino se excusó: "No pinto mujeres porque no he encontrado la mujer ideal".

El Daily Express informó que un famoso pintor recorre el mundo en busca de la mujer que le sirva de modelo. Además, el diario se preguntaba si la encontraría en Inglaterra y lanzó una campaña para encontrar la mujer ideal para Quinquela. El argentino comenzó a recibir gran cantidad de cartas de aspirantes: la mayoría enviaba su foto para mostrar los contornos inspiradores. Superado por la situación, ya que el Daily seguía con el tema, optó por seleccionar a una joven llamada Gladys. Su elección fue muy aplaudida. Prometió volver al año siguiente para retratarla. Sin embargo, nunca más pisó Londres. Es más: regresó a La Boca, a su taller de la calle Pedro de Mendoza 2087, y a las cubiertas de los barcos donde instalaba su caballete, y dio por concluidos sus viajes al exterior.

En octubre de ese año, accedió a un reportaje de la revista El Hogar y, en forma breve, relató su experiencia en Londres. El periodista, Pedro Alcázar Civit, le preguntó si había encontrado a la mujer ideal. Quinquela respondió: "No, porque la mujer ideal, si existe, habla en criollo".

Palabra de un observador experto.

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