El drama de una ciudad sepultada bajo el agua

Por Gustavo J. Vittori Para LA NACION
(0)
2 de mayo de 2003  

Las asociaciones bíblicas resultan inevitables. En 48 horas, la ciudad de Santa Fe quedó sepultada por las aguas del río Salado. Las tierras bajas habitadas de la zona oeste empezaron a inundarse el lunes 28; en la madrugada del miércoles 30 diversos sitios acumulaban sobre la cota de construcción de las viviendas unos cinco metros de agua. Fue una versión criolla y acotada del diluvio universal.

El agua llegó a metros de calle San Martín, la más tradicional y céntrica arteria urbana, y lamió los bordes del área fundacional. Las situaciones paradójicas se reproducían aquí y allá. El desplazamiento envolvente de la mancha acuosa anegaba terrenos en el sector este. El agua subía sin pausa, reproduciendo en la más cruda realidad imágenes características del cine catástrofe de Hollywood.

Mientras la masa fluvial avanzaba, la gente brotaba desde todos los confines; caminaba sin rumbo fijo, con la mirada perdida, en estado de shock, con bolsas que contenían lo poco que había conseguido juntar en el apuro; algunos sólo cargaban una tristeza insondable mientras vagaban como sombras trágicas, fantasmagorías en la oscuridad de una Santa Fe privada de electricidad. En ese momento, la Estación Transformadora Santa Fe Oeste, una de las principales de la ciudad, yacía hundida en las aguas.

Desde la nada

En la avenida Freyre, se cruzaban quienes huían del desastre y quienes, solidarios, acudían en ayuda de los inundados; era, en circunstancias extraordinarias, el encuentro de dos mundos. De un lado, gente de a pie, mojada, con jaulas de pájaros, rodeada de perros que se peleaban y caballos que circulaban de contramano. Los carros parecían salir desde el fondo de la nada con su carga de electrodomésticos, entre los que no faltaban freezers de varias estrellas y televisores de 30 pulgadas con pantallas extrachatas que difícilmente hayan sido adquiridos en casas de comercio.

Del otro lado aparecía la población civil que estaba a resguardo del fenómeno, gran cantidad de estudiantes de esta ciudad universitaria, entidades no gubernamentales, parroquias y organizaciones de diverso tipo compusieron una manifestación de solidaridad pocas veces vista, sumándose espontáneamente a los actores oficiales. Vehículos de distintas marcas, modelos y cilindradas confluían a la zona de la catástrofe con lanchas en sus trailers. Es que en los barrios bajo agua se multiplicaban las demandas de auxilio. Desde los techos y las plantas altas que emergían del agua, chicos y ancianos con cuadros de hipotermia clamaban por su evacuación, mientras jóvenes y hombres de mediana edad se empeñaban en permanecer en sus lugares para cuidar sus casas y pertenencias.

Todo era muy complicado. Desde algunos techos, las embarcaciones de salvamento eran recibidas con tiros difíciles de interpretar, en tanto que en medio de los generalizados padecimientos grupos de malvivientes se organizaban para saquear las viviendas abandonadas. Como una síntesis de lo mejor y lo peor de los hombres, mientras la ayuda fraterna se multiplicaba en Santa Fe y en distintos puntos del país, también proliferaban los delincuentes que tienen sus madrigueras, sus aguantaderos, en el extenso sector oeste de la ciudad y cuyas primeras víctimas son siempre sus propios vecinos.

De la noche a la mañana Santa Fe se convirtió en otra ciudad. No obstante, lo peor quizá llegue con la bajante, cuando aparezca lo que hoy no se puede observar, cuando el río -en su retiro- desgarre las riberas, se lleve pedazos de barrancas, casas y puentes, y muestre inapelables efectos destructivos que aumenten la lista de muertos. Esta es la dimensión humana y social, física y psicológica del drama de Santa Fe, capital de una provincia que transfiere en términos netos unos mil millones de dólares por año a la nación, que da al país el potencial de su producción mientras se desangra internamente, otra grave paradoja de una república que debe reordenarse con sensatez. Pero ésta es otra discusión.

ADEMÁS

MÁS LEÍDAS DE Sociedad

Esta nota se encuentra cerrada a comentarios

Descargá la aplicación de LA NACION. Es rápida y liviana.