El encanto protege varias mansiones en Mar del Plata

La leyenda perdura en las residencias que ocuparon Victoria Ocampo y Dardo Rocha
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29 de noviembre de 1999  

MAR DEL PLATA.- Sobrevivieron a la furia de las piquetas que en nombre del progreso y al amparo de la fiebre de los rascacielos, a partir de la década del 60, arrasaron con la mayoría de las mansiones que convirtieron a Mar del Plata en el Biarritz argentino.

El salvoconducto que las dejó en pie, dicen, fue la celebridad de sus propietarios originales y, esencialmente, la magia que se adueñó de ellas prácticamente desde el día en que comenzó su construcción, y permanece hoy, hasta en el último recoveco de estas señoriales casonas.

La Villa Victoria y Santa Paula pertenecieron a Victoria Ocampo y a Dardo Rocha, respectivamente, y más allá de las diferencias que se aprecian al comparar el estado de conservación de ambas siguen teniendo en común la impronta que dejaron allí sus habitantes, lo que traducido al lenguaje coloquial lleva al visitante a referirse a ellas como "las casas encantadas".

Un encantamiento que deviene de las singularidades que sucedieron en esos escenarios y que alejadas de todo matiz truculento, como podría conjeturarse, tienen que ver con el romanticismo y la fantasía que rodeaban a sus dueños en los días en que el balneario supo disfrutar de la llamada belle époque .

Por eso, no extraña que al consultar a viejos vecinos o a historiadores lugareños, todos coincidan en que parece que sus célebres propietarios nunca las abandonaron y que, aunque no se los ve, se tiene la sensación de que en cualquier momento uno puede cruzarse con ellos en alguno de los rincones de esos inmuebles.

La Villa Victoria ocupa la manzana delimitada por las calles Matheu, Arenales, Lamadrid y Quintana, en el barrio Los Troncos. La casa principal es de madera y llegó de Northwich, Inglaterra, embalada en un barco que atracó en estas playas en 1912.

Los fabricantes, Boulton & Paul, las construían en serie y las exportaban a diversos lugares, especialmente a la India, país donde tuvo gran aceptación.

En nuestro caso, los Ocampo la emplazaron en su balneario preferido, al que concurrían desde fines del siglo XIX. Muy pronto, la Villa se transformó en el lugar de encuentro de intelectuales y artistas de todo el planeta, adonde llegaban convocados por su mítica anfitriona, Victoria.

"Aquí se alojaron personajes como José Ortega y Gasset, Graham Greene, Igor Stravinsky, André Malraux y nuestros Jorge Luis Borges y Eduardo Mallea", explica Nino Ramella, ex responsable del lugar y actual presidente del Ente de Cultura de Mar del Plata.

"A la muerte de Victoria, ocurrida en 1979 -explica-, la propiedad fue adquirida por la intendencia local y transformada en centro cultural."

Pasos y aromas

Esta es la razón que explica por qué está tan bien conservada y que cotidianamente sea visitada por decenas de personas atraídas por el mobiliario original y las muestras y espectáculos que allí se ofrecen.

"Pero el secreto de semejante convocatoria -dice Ramella- hay que buscarlo en la leyenda que rodea a esta casa, la que a veces nos ha generado algún inconveniente.

"Acá todo parece mágico, desde la atmósfera de los interiores hasta los sonidos que bajan de los árboles cuando los bate el viento", añade.

"Es más -apunta-, muchos visitantes dicen que les parece escuchar voces cuando pasean por el jardín."

Tal vez se refieran a los ecos de las charlas que allí mantenía Victoria con sus ilustres huéspedes.

El funcionario mencionó inconvenientes inusuales. "Muchos cuidadores han abandonado su trabajo porque aseguran que se escuchan pasos en la planta alta, especialmente durante la noche", asegura Ramella.

"Por suerte -añade-, los que tenemos ahora están convencidos de que se trata del crujir propio de la madera y continúan en sus puestos."

Pero no es todo: varios de los empleados que allí se desempeñan afirman que por las tardes un suave aroma a limón se apodera de la casona, sin que se pueda adivinar su origen.

A diario, Victoria Ocampo ponía esas frutas en canastas porque adoraba el olor que despedían y luego las distribuía por los ambientes.

Al igual que con la ropa blanca de la época, guardada en los placares de la casa e impregnada aún con la lavanda que la dama personalmente encerraba en bolsitas, las fragancias de aquellos días no abandonan Villa Victoria. Quienes la recorren dejan en poder de la magia que envolvía a la mujer la responsabilidad sobre esa suma de sensaciones.

Un regalo para Paula Arana

Santa Paula fue el obsequio que Dardo Rocha eligió para su mujer, Paula Arana, en 1910. El fundador de La Plata llegó en diligencia a Mar del Plata, en enero de 1883, cuando era gobernador de Buenos Aires, y quedó fascinado con el balneario.

Veintisiete años más tarde, acompañado por su mujer, repitió el viaje en tren y tras abandonar la estación, que por aquel entonces ocupaba el edificio que más tarde se destinaría a la terminal de ómnibus, la llevó hasta un flamante chalet de estilo pintoresquista situado en Garay y Lamadrid, con el pretexto de que estaba en alquiler.

Recorrieron la mansión sin que Rocha se ocupara de dar mayores explicaciones, hasta que la admiración de Paula ante las características del inmueble se transformó en sorpresa y emoción al advertir que el monograma familiar se repetía en la ropa de cama y las toallas.

Tan sólo entonces el hombre le hizo saber que era el regalo por compartir en la ciudad que los había deslumbrado en 1883.

"Sin duda, al levantar esa casa, Rocha encontró otra forma de demostrarle a su esposa el amor que le tenía y ese sentimiento todavía se percibe cuando se recorren sus interiores", explica Elba Pologna, la arquitecta que se ocupa de desentrañar la historia de la vivienda.

Lamentablemente, a diferencia de lo ocurrido con Villa Victoria, Santa Paula tiene signos de deterioro. Se habla de que podría ser expropiada por el gobierno provincial para luego ser puesta en condiciones.

Allí nadie quiere hablar y los caseros esquivan cualquier contacto con extraños, según aducen, por orden de los descendientes de los Rocha.

Sólo los vecinos aportan datos sueltos, pero con la condición de que no se revele su identidad. "Los techos están en muy mal estado y la torre está llena de murciélagos, pero así y todo es tan fuerte la fascinación que la gente se queda mirando desde la vereda, lamentando que esté tan abandonada", explica el dueño de un chalet cercano.

"La casa tiene un encanto que se advierte ni bien se atraviesa la puerta", añade. Ese atractivo tiene también el hecho de que es tal vez la única casa que queda de Dardo Rocha en el país y la que cobija una historia de amor como pocas en Mar del Plata.

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