El eslabón necesario para romper la cadena de la violencia

Alicia Dellepiane
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28 de octubre de 2011  • 19:53

Empujones, burlas denigrantes, uso de adjetivos descalificatorios de tenor subido como anticipo de una frase o modo de nombrar son la imagen y el sonido de demasiados intercambios entre chicos en edad escolar. Violencia en las calles, docentes golpeados.

¿Dónde están los padres de esos chicos? ¿Cómo son quienes están a cargo de su crianza? ¿Se trata de que no pueden o no quieren educar a sus hijos? ¿El problema son los límites que no saben administrar?

Tal vez. Pero tal vez se pueda pensar el tema desde otro ángulo.

Los chicos aprenden lo que viven. Y lo que viven es lo que los padres y docentes les damos: lo que somos, no lo que decimos. Las recetas, consejos, palabras rimbombantes e imperativos morales caen en bolsas de desechos si no están sustentadas en un modo de ser que funciona como ejemplo, como modelo de identificación, incluso como contagio.

Los chicos están simplemente copiando de manera conciente o inconciente modelos personales y sociales de la misma gama.

Pero la diferencia entre ellos y nosotros es que en este momento la responsabilidad máxima es de los adultos. Con esto no se trata de culpar a los padres, porque probablemente ellos a su vez son producto de familias disfuncionales y un ambiente no sano. Una cadena de errores que se plasma en la imagen y el sonido de la violencia sigue su curso.

Y se hace tan grave y aterradora que aparece la necesidad de que algo cambie. Y la repetición de lo viejo susurra: "…que cambie el otro, que cambie la organización, la sociedad..." y la responsabilidad queda en nadie.

Pero sabemos que las cadenas se cortan por el eslabón más débil. ¿Quién podría ser la persona que se anime a cortar la cadena de repeticiones perjudiciales? ¿Quién de nosotros puede ser el eslabón mínimo que -rebelde a los condicionamientos y sensato ante la responsabilidad personal- elija cortar la cadena de la violencia y la falta de respeto? ¿Quién podría ser el nuevo eslabón evolutivo?

Hay mucho que podemos hacer. ¿Qué pasaría si comprendiéramos que en este mismo rincón interior en el que anida nuestra responsabilidad está también nuestra fuente de verdadero poder, que es el poder sobre nosotros mismos y no sobre otros? ¿Qué pasaría si concibiéramos ese poder –incipiente, tal vez mínimo pero vital- como la fuente de cambios que nos trascienden? ¿Qué pasaría si, como en un sueño compartido, el 10% de nosotros despertara a las mejores capacidades humanas puestas al servicio del bien común?

La ley del 10% que transforma ha sido estudiada en el Rensselaer Polytechnic Institute, una universidad privada fundada en 1824 con el propósito de aplicar la ciencia a los temas de la vida cotidiana. En una investigación publicada en julio de 2011 se describe que cuando una minoría está comprometida inquebrantablemente con una idea, su influencia hace que sea adoptada por la mayor parte de la sociedad. Por el contrario, si el número de personas que piensa de esa manera es inferior al 10%, no se da un progreso visible en su distribución y crecimiento.

Seguramente la inversión en educación, la formación en valores de los docentes entendidos como el verdadero capital del sistema educativo permitiría la transformación deseada. Pero esta prioridad no parece estar cerca, y sólo podría existir si quienes están en condiciones de establecer las políticas educativas tuvieran un deseo genuino de crear una sociedad más pacífica, justa y solidaria.

Pero no todo está perdido. Si el 10% de la población adulta -empezando por cada uno de nosotros- estuviera comprometido con la no violencia (hacia sí mismo y el prójimo), también podríamos lograr que los intercambios de nuestros chicos y jóvenes se expresaran en imágenes de color más sereno y sonido más amable. ¿Imposible? No, si lo hacemos eslabón tras eslabón, de una persona por vez.

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