El medio ambiente también es política

Por Carlos Libedinsky Para LA NACION
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6 de mayo de 2003  

El desastre ambiental ocurrido en Santa Fe, derivado del previsible desborde del río Salado, tal vez haga reflexionar a los políticos acerca de la importancia del medio ambiente.

En efecto, en ninguno de los mensajes electorales de las seis agrupaciones más votadas he percibido alusiones enfáticas a los temas ambientales.

Las preferencias de los candidatos se han centrado en temas económicos, sociales, históricos, laborales o relaciones internacionales, pero no ambientales.

¿No es una cuestión económica la enorme superficie inundada y de imposible utilización agropecuaria que existe en la provincia de Buenos Aires? ¿No se evalúan socialmente o económicamente los efectos perturbadores del tránsito, el comercio y la calidad de vida que generan los anegamientos urbanos? ¿En qué rubro ubicaríamos el préstamo de 350 millones de dólares que se le solicita al Banco Mundial para remediar los efectos de la inundación?

Tal vez, la materialización en cifras de estos temas ayude a reconocer a los románticos ambientalistas como técnicos de una disciplina que merece una ubicación más relevante en las estructuras de gobierno y en los programas políticos, donde la mayoría politizada nos reconoce como líricos abocados principalmente al rescate de los pingüinos.

Tal vez, el descenso abrupto, sólo en un par de días, de la popularidad de un político de la Argentina, el gobernador Carlos Reutemann, a quien los politólogos y encuestadores aseguraban el indudable triunfo nacional si se hubiera presentado como candidato a presidente en estas elecciones, sirva de alerta a la clase política para dar crédito a los especialistas y poner en aplicación los estudios que en muchos casos ya existen para evitar los desastres ambientales.

Tal vez, la voladura del talud de la avenida de Circunvalación de la ciudad de Santa Fe para aliviar la inundación demuestre descarnadamente a políticos y sociedad las consecuencias de la construcción de obra pública sin un adecuado estudio de impacto ambiental.

Tal vez, la evaluación del daño adicional que provocaron las canalizaciones practicadas por particulares, conformando una red no planificada debido a la ausencia de obra pública, contribuya a reforzar esta reflexión.

Estas serían, tal vez, las únicas connotaciones positivas de esta emergencia de tan devastadoras consecuencias sociales y económicas, atenuadas solamente, en esta oportunidad, por la conmovedora solidaridad de la comunidad.

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