El necesario complemento entre familia y escuela

Adrian Dall'Asta
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1 de febrero de 2012  

¿Parte del problema o parte de la solución? Esta es la pregunta que siempre deparan las cuestiones que involucran a la educación y a los padres. Particularmente cuando hablamos de sexualidad y de quién debe hablar con nuestros hijos, los debates son innumerables. ¿Educación formal o educación informal? ¿La escuela debe hacerse cargo del problema? ¿Son los padres los principales responsables de la educación de sus hijos? Si los padres no se ocupan y la escuela no avanza, ¿serán los medios masivos quienes avancen sobre las nuevas costumbres de los chicos?

Desde la óptica de los padres, cuando se acompaña a nuestros hijos en el aprendizaje de la sexualidad debe hacerse desde una concepción integral. Esta nunca puede ser delegable porque implica una posición personal y un estilo educativo propio de cada familia.

"Se puede ser objetivo cuando se enseñan funciones algebraicas o teoremas de geometría, porque en este cometido no tiene cabida la opinión frente a los hechos: dos más dos son cuatro, más allá de quién lo exprese. Pero esta asepsia lógica, sólo es posible dentro de este tipo de realidad, donde lo personal no se ve comprometido por la particular entidad de los números y de las relaciones. O dicho en otras palabras, no están en juego aquí valores, es decir, el concepto, la posición y jerarquía que el educador tiene respecto de sí mismo, de la vida y de lo trascendente", dice el profesor Antonio Lagares.

Desde lo humano, los problemas relacionados con la sexualidad emergen siempre de un conflicto moral; por lo tanto, cuando niños y adolescentes exponen sus interrogantes sexuales, la mayor dificultad no estriba tanto en que muchas veces desconozcamos las respuestas, sino en evaluar cómo estas explicaciones habrán de influir sobre su conducta desde el punto de vista moral. Este es un derecho reservado exclusivamente a los padres porque nosotros no estamos discutiendo de genitalidad con nuestros hijos, sino que lo que hacemos es darles nuestra propia visión moral respecto de la sexualidad.

Ahora bien, si nos quedáramos sólo en esta postura y obviáramos el necesario aprendizaje formal que aporta la ciencia y el conocimiento del ser humano en este campo, seríamos simples jueces de los contenidos y nuestros hijos víctimas de un desconocimiento que puede ser grave.

Por eso es necesario que la escuela y la familia se complementen también en el área de la enseñanza de la sexualidad. Para ello utilizaremos una sencilla guía basada en cuatro preguntas: "¿Cuándo?" Respetar las etapas evolutivas de cada niño. "¿Qué?" Los contenidos científicos en concordancia con los valores consensuados en la comunidad escolar. "¿Quién?" Docentes y padres. "¿Cómo?" Cada familia respetando sus estilos educativos y la escuela su originalidad y programas.

El autor es director ejecutivo de la Fundación Proyecto Padres

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