El piquete carnavalesco

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25 de febrero de 2004  

¿Y si una manifestación de paseadores de perros interrumpe el tránsito para reclamar que el gobierno porteño les deje llevar un máximo de diez canes por persona, en lugar de los ocho actuales? ¿Y si el sindicato de payasos encabeza un piquete en contra de la importación del Circo de Moscú y en favor del Día Nacional del Malabarista?

Los piqueteros cortan desde hace tiempo rutas, calles y puentes para exigir subsidios y asistencialismo. Provocan broncas en la ciudad, pero al menos el reclamo, en tiempos de índices pavorosos de pobreza e indigencia, logra sensibilizar a parte de la sociedad.

Ahora, ¿todo reclamo tiene el mismo peso? ¿Es posible que la negociación por un feriado de carnaval resulte tan extorsiva como una movilización por un subsidio alimentario? Algo falla, evidentemente.

Los gobiernos de la Nación y de la Ciudad se inclinan por un laissez faire que convierte una situación extraordinaria y curiosa, como los piquetes, en un fenómeno costumbrista.

Por definición, las costumbres son hábitos que se establecen por repetición. Así, de tan repetidos, los cortes de calles se convirtieron en los últimos años en parte de la escenografía porteña. Por moda, por potencialidad negociadora o porque los gobiernos parecerían garantizar una total falta de control sobre ellos.

En realidad, suele haber negociaciones entre los gobiernos ocasionales y las fuerzas de movilización, de modo de acordar un reclamo pacífico y ordenado.

En este caso, la Ciudad trató de minimizar la movilización murguera. Por un lado, nunca supuso que tantos carnavaleros coincidirían en la protesta. Por otro, creyó que podría quitarles entidad y limitarles la capacidad de daño al tránsito. Pero se encontró con 5000 personas que, con tal de difundir su reclamo, no dudaron en armar un fenomenal desbande vehicular.

Los murgueros no sólo animan carnavales; también cumplen una función social que nadie desconoce, como integrar a chicos de la calle. Pero no todo es lo mismo. Armar un piquete para exigir un feriado de carnaval parece una exageración. Y que se les permita, un descontrol.

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