El río Salado nos llama a pensar en el futuro

Por Javier Alvarez (*)
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15 de mayo de 2003  • 01:15

"El tablero del ajedrez es el mundo, las piezas son los fenómenos naturales y las reglas de juego son lo que llamamos las leyes de la naturaleza. No podemos ver a nuestro oponente. Sabemos que el juego es siempre leal, justo y paciente. Pero, por nuestra propia experiencia, sabemos que nunca pasa por alto un error, ni hace la más mínima concesión a la ignorancia".

Tomas Henry Huxley

* * *

Hablar de leyes de la naturaleza parece algo simple y efímero frente a más de 130 mil damnificados, 500 desaparecidos, 15.000 viviendas dañadas y pérdidas por más de 1.500 millones de dólares en solo un par de días; pero la primera gran catástrofe ambiental de la Argentina del siglo XXI nos enfrenta, con una sensación de impotencia, a uno de los errores recurrentes de nuestro genero: ignorar los ritmos y las ecuaciones de la Tierra.

La dimensión del desastre ocurrido es comparable a la crueldad de un gran terremoto; "un segundo ha creado en la mente una extraña idea de inseguridad que horas de reflexión no hubieran producido nunca", escribió alguna vez Charles Darwin sobre este fenómeno de la naturaleza.

Las inseguridades nos llevan desde ahora a preguntar con más fuerza, interrogantes tales como: ¿Los procesos de deforestación y reemplazo de vegetación nativa que padecieron las tierras a lo largo de la cuenca del río Salado han disminuido excesivamente la capacidad de retención de agua de esos ecosistemas? ¿La canalización rutinaria de todo espejo de agua que estorbe a la producción agropecuaria es motivo para que miles de metros cúbicos de lluvia no encuentren más reservorios - o esponjas naturales - antes de llegar al río? ¿No será la hora de analizar los costos y beneficios de extender la frontera agropecuaria hacia ecosistemas frágiles con el objetivo de producir commodities?

Estas cuestiones nos conducen a estar más cerca de las causas de la presente inundación. Causas que nacen muchos kilómetros más al norte de la ciudad de Santa Fe y que merecen estar en la mesa de análisis, junto a las crueles lecciones urbanas aprendidas acerca de la necesidad de previsión de inundaciones en ciudades, los mecanismos de interacción entre los informes climáticos e hidrológicos y los funcionarios, y sobre las barreras que podemos construir en los cordones de los barrios amenazados.

Los sistemas naturales, desde hace varios años, nos venían mostrando sus límites con señales graduales; entre ellas estaban el continuo incremento de las lluvias -manifestación concreta del proceso de cambio climático global que finalmente ha golpeado a la Argentina-, y su consecuencia inmediata en las inundaciones repetitivas de extensas zonas rurales del territorio provincial. Las imágenes satelitales desde hace tiempo reflejaban con pálidos tonos a vastas zonas hoy desprovistas de sus antiguas capas protectoras de bosques y esteros.

Los inventarios también daban señales; a modo de ejemplo, se sabe que la Argentina ha venido perdiendo más de un millón de hectáreas de bosque nativo anualmente, y gran parte de este proceso se da en la región chaqueña, que incluye una parte destacada del norte de la provincia de Santa Fe. A escala nacional, el Inventario de Bosques Nativos realizado por la Secretaría de Medio Ambiente y Desarrollo Sustentable indica que el país ha perdido el 70% de sus bosques en el siglo pasado.

La planificación del manejo de las cuencas hidrográficas con un enfoque ecosistémico requerirá un diálogo entre los gobiernos, las organizaciones de la sociedad y quienes cultivan los campos y generan riquezas para el país.

Es preciso diseñar un mecanismo que aliente el uso racional, por parte de sus propietarios, de aquellos ecosistemas que son valiosos porque brindan servicios ambientales insustituibles. Por ejemplo, la conservación de ambientes que regulen el movimiento natural de las aguas (esteros, bosques nativos, etc.) debe ser una opción de uso para los propietarios. Para que así sea, hay que desarrollar los incentivos (deducciones fiscales, certificación ambiental, denominación de origen, apoyo internacional a programas de conservación de la biodiversidad) que le den una escala a la elección individual, y la transformen en una visión provincial y regional. De ese modo, la administración racional de las cuencas y los ecosistemas terrestres circundantes no será sinónimo de restricciones o regulaciones que el Estado no está en condiciones de controlar; conservar áreas clave será una oportunidad premiada por la sociedad en su conjunto.

Estamos ante una nueva oportunidad de cambio, nacida, lamentablemente, de una tragedia colectiva. O nos quedamos buscando culpables o trabajamos para reconciliar a la sociedad con un Estado que esperamos nos cuide un poco más, y con el interés genuino del sector productivo que debe considerar el límite que imponen los sistemas naturales para que los negocios sigan siendo sustentables en el tiempo.

Ahora el mensaje fue crudamente claro y fuerte. El mensajero fue el río Salado; los receptores miles de familias anoticiadas con agua y angustia. Millones de personas vimos lo ocurrido; es quizás, el momento adecuado para que comencemos a tomar en cuenta las leyes naturales que rigen nuestro planeta, por mas que muchas veces creamos que estamos a salvo en nuestros mundos urbanos.

(*) Es Ingeniero Agrónomo - Director Ejecutivo de la Fundación Habitat & Desarrollo

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