El sueño del conocimiento, la gran deuda pendiente

Luciana Vázquez
Luciana Vázquez PARA LA NACION
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8 de diciembre de 2019  

¿Cómo se imagina un país futuro y una sociedad por venir? ¿Qué lugar ocupa la educación en ese sueño colectivo? La Argentina tiene ejemplos. Los hombres del siglo XIX pensaron en el dominio de un territorio, en poblarlo y civilizarlo. Sin conocer casi esa geografía y con flujos de información lentos e inconcebibles para hoy, lo imaginaron todo: reglas de juego políticas y sociales, comercio y educación pública, las herramientas para peinar la cabellera desmañada de esa nación que todavía era una entelequia.

Había que administrar pasiones -que no se mataran unos a otros- y generar la ilusión de una empresa compartida. Hubo ahí liderazgos políticos dueños de esa colosal imaginación teórica que permitieron pensar en la escuela pública como la máquina cultural esencial para moldear el carácter, cohesionar objetivos y memorias, alinear espíritus rebeldes y hacerlos democráticos, y aprestar a los ciudadanos a un futuro de trabajo y vida en común. La escuela fue parte de un mecanismo sofisticado institucional concebido para inventar una nación.

La máquina funcionó bien durante décadas. Pero el presente desmiente los logros acumulados. Por un lado, los datos se apilan y muestran que la escuela enseña poco, expulsa alumnos, segrega socialmente, y en lugar de impulsar al infinito la voluntad de aprender de chicos y adolescentes, los aprisiona en recetas estériles que aplastan inquietudes y ganas.

La narrativa de inclusión educativa con calidad con la que insisten las clases dirigentes de ahora viene fallando

Por otro lado, la sociedad salida en parte de esas aulas exhibe también su agotamiento: dividida hasta el hartazgo, perdida en su búsqueda de una matriz productiva justa, atrapada en niveles de pobreza impensados hace décadas.

Y ese dato, el de los niveles de pobreza -más grave en chicos y adolescentes-, demanda una imaginación política de la misma escala que la que soñó y planeó la Argentina del siglo XIX. Hay otro desierto hoy y se llama pobreza.

La narrativa de inclusión educativa con calidad con la que insisten las clases dirigentes de ahora viene fallando. El sueño educativo como motor de sociedades pujantes es una deuda pendiente.

La educación es una oportunidad siempre que la pobreza esté resuelta o al menos remediada. Si no, la educación como garante de igualdad de oportunidades se convierte en un mito conveniente para aquellos que vienen de hogares mejor posicionados.

La equiparación de posiciones iniciales de los alumnos -que todos coman, que tengan un techo, que sus padres tengan trabajo y estén en condiciones de abrazarlos- es la gran deuda pendiente de una clase dirigente que ha perdido esa imaginación política necesaria para entretejer otra trama: la de un nuevo paradigma productivo basado en el conocimiento y la educación, con todos adentro, con las condiciones básicas de vida resueltas y formados en escuelas que permitan la participación plena en ese futuro, en lazos tolerantes.

La educación es una oportunidad para la Argentina a condición de que haya una clase dirigente osada y formada, capaz de realizar la proeza de reinventar una maquinaria que conduzca a un país más desarrollado y más justo.

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