En el desastre, una solidaridad conmovedora

Por Marta García Terán Enviada especial
(0)
4 de mayo de 2003  

SANTA FE.- Los santafecinos están todos juntos, pero divididos. Divididos entre los que dan y los que reciben. Se calcula que hay casi tantas personas evacuadas como hombros dispuestos a paliar sus penas, a calmar el hambre, a darles abrigo y contención. Todos conmocionados.

Entre ellos están Gabriela y Mario Aguirre, los que no soportaron estar secos y abrigados mientras otros, empapados, pasaban frío y hambre. Y abrieron las puertas de su casa a todos los que llegaban, compartiendo platos y colchones. Y si algo bueno puede rescatarse del desastre, es que esta ciudad está repleta de Gabrielas y Marios que dieron albergue a más de 90 mil autoevacuados.

Y está la maestra Graciela Franzolini, que cocinó el primer día en la escuela Falucho para 650 personas y cada día prepara comida en cuatro ollas para 250, sin tomarse una pausa, en su casa particular, donde los alumnos y sus familias colmaron las instalaciones de golpe, como la correntada que arrasó sus casas en cuestión de minutos.

Desde ese día no se despega del horno de su casa. Prepara comida para 250 personas. Se levanta a las seis para el desayuno. Cuando termina, empieza con el almuerzo y no llega a lavar las ollas que ya está corriendo con el té. Y empieza a pelar papas, zanahorias y hervir garbanzos para el guiso de la noche. No para, está agotada.

Tiene una cocina como la de cualquier casa, no un comedor comunitario. Es su casa de pasaje Marsengo y Juan Del Campillo. Se arregla con cuatro ollas e infinidad de bidones y botellas. Ahí pone el mate cocido y la leche caliente para los chicos. Su hijo y sus vecinos los reparten en camionetas entre los autoevacuados, los que siguen en los techos y los que deambulan.

Lo más difícil es conseguir la comida. Se la aportan amigos, familiares y organizaciones no gubernamentales. El living de su casa está colmado de bolsas de harina, leche en polvo, fideos, arroz, yerba, azúcar. Pero las pilas de comida bajan a ritmo vertiginoso. "Me quedé sin carne, sin condimentos para que la comida tenga algo de gusto. Trato de que sea nutritivo, que les dé energía; deben estar bien alimentados para no contagiarse pestes", dice.

Graciela es una más de los tantos que aquí dejaron su vida para abocarse por completo a la ayuda.

"Por suerte tengo gas natural, porque si dependiera de una garrafa no podría cocinar. Prendo velas cada dos por tres. Se corta la luz durante horas. Casi no duermo. Pero no importa, pienso que hay gente que no tiene qué comer y me obligo a seguir -dice la maestra-. Hacemos todo a pulmón y la verdad es que mientras cocino lloro como loca."

Graciela es maestra en Barranquitas y va un poco más allá del desastre: se pregunta cómo van a seguir. Cómo enseñar a chicos que, de por sí y por la grave crisis social, ya estaban ausentes, por más que estuvieran físicamente en el colegio: "¿Te parece que van a entender algo de matemática cuando ni siquiera tienen el techo de chapa que los cobijaba. Su camita, su frazada. Ay, Dios, no sé qué vamos a hacer".

La comida, prioridad

Queda claro que, en medio de esta catástrofe, la comida es la prioridad. Es por eso que la Federación Tierra y Vivienda improvisó un comedor comunitario en la esquina de Gobernador Freyre y Mendoza, cerca del ahora derruido estadio del Club Atlético Colón. Desde allí les alcanzan comida en canoas a los cientos de personas que siguen en los techos del barrio Santa Rosa, al que se llega por la calle Mendoza. Pero también instalaron unas mesas sobre la calle para dar de comer a todo aquel que pase y tenga hambre.

Son cerca de 300 personas dedicadas a paliar el hambre. Unos buscan alimentos, otros los preparan y el resto los distribuyen. "No siempre nos alcanza, pero si no alcanza, compartimos. Hacemos raciones más chicas o lo que sea necesario. No queremos que nadie pase hambre", dice Mariela Arrendo. Ella misma es una de las damnificadas. Esperó tres horas colgada en la copa de un árbol, muerta de frío y desafiando la corriente hasta que la rescataron.

* * *

Ya no es más la puerta de entrada. Es una puerta vaivén. Entra y sale gente. De día y de noche. Ocho familias,unas 40 personas. Tres perros y un gato. Todos en lo de los Aguirre, en poco menos de 80 metros. Los empujó el agua y no tenían dónde quedarse. Unos eran amigos; otros, familiares y los demás, tocaron y entraron. Hace cinco días Gabriela abrió la puerta de su casa del barrio Roma y no la cerró más. Es consciente de que viene para largo. Si hasta piensa en hacer copias de la llave. ¿Cuántas? Cada vez más.

La verdad es que no hay lugar ni para los colchones. Están todos apilados en dos cuartos y en un living muy chico. En la terraza hay dos carpas armadas. Si no, sería imposible. Cuelgan ropa por todos lados, hacen fila para el baño y se turnan para dormir, para comer y para estar dentro de la casa. No hay platos suficientes, ropa que sobre ni comida que alcance.

Pero están Gabriela y Mario Aguirre. Los que no soportaron estar secos y abrigados mientras otros, empapados, pasaban frío y hambre. Y si algo bueno puede rescatarse de este desastre, es que esta ciudad está repleta de Gabrielas y Marios que dieron albergue a más de 90.000 autoevacuados.

Para los Aguirre todo empezó la noche del lunes último, cuando en el barrio Villa del Parque empezaron a sonar las campanas. Era el alerta porque venía el agua. Con todo. Sin contemplaciones.

Las primeras que tocaron el timbre en la esquina de Paraguay e Hipólito Yrigoyen fueron la tía y la prima de Gabriela: "¿Sabés dónde puedo alquilar una pensión?". Celia y Karina Obelar dieron un paso hacia adentro y Gabriela pensó de inmediato en otra de sus primas, Ana Escobar de Cristaldo.

Dio vueltas, y a las 2.30 de la madrugada se tomó un remise y la trajo junto con sus tres hijos. Dos horas después, apareció la hermana de Ana con su nieto en brazos. A los pocos minutos volvieron a golpear: eran dos señoras con tres chicos. Adentro, también. El sol apenas había asomado cuando se escuchó una voz desde la ventana: "¿Se acuerda de mí? Soy Carlos Romero, conozco a su marido".

Gabriela no se acordaba, pero ni lo dudó. Abrió la puerta, una vez más.

Carlos, su mujer y sus tres hijos se acomodaron como pudieron. No pasó mucho tiempo hasta el próximo pedido de ayuda. Era la hermana de Mario, con uno de sus hijos. Los otros dos, Cristian y Rocío, estaban atrapados en el agua junto con su padre. En el techo de una casa.

Mario salió volando a buscar a su cuñado y a sus sobrinos. Era tal el caos que era imposible conseguir un bote para sacarlos. Un hombre se metió caminando con el agua hasta el cuello y trajo a Rocío en sus hombros. La llevaron a lo de Gabriela. Horas más tarde llegaron su papá y su hermano.

Eduardo Escobar no tuvo esa suerte. Tardaron dos días en rescatarlo. ¿Adónde fue a parar? A lo de Gabriela y Mario, ¿dónde más? Un día antes habían llegado Ariel y Silvina Pérez con su bebe, Lisandro. "Lugar hay poco, pero voluntad mucha", les dijo Gabriela, y los empujó adentro.

Después se encontraron con un chico de 16 años que tenía hipotermia. Le prepararon una ducha caliente, un plato de guiso y lo sentaron al lado del horno. Tardó en reaccionar. Y se quedó. Gabriela abría el placard y sacaba ropa y más ropa. Suya, de su marido y de dos hijas. Pero no alcanzaba. Abrió los bolsos con la ropa que vende y empezó a repartir.

Sin luz ni velas

Se chocaban entre sí. No había luz ni velas. Y estaba el problema de la comida. La comida no era suficiente. ¿Y dónde iban a dormir? Gabriela salió desesperada. No tenía un peso encima y se fue caminando hasta el Ministerio de Agricultura. Pero no le dieron nada. La angustia la llevó hacia el puerto. A dedo, nomás. Nada tampoco. Se fue con las manos vacías.

Su casa desbordaba de gente y no tenía cómo atenderla. Finalmente, dio con la Asociación Civil La Casa del Sur, que le entregó colchones, ropa y comida. A partir de ese momento, los asisten a diario.

"Estuvimos casi tres días sin dormir. O dormíamos parados. Por eso salí corriendo a buscar dos carpas prestadas -recordó Gabriela-. Dejo el horno prendido para que estén calentitos; muchos se van todo el día a cuidar sus cosas y vuelven a la noche, a comer y dormir.

Por ahí se van afuera a llorar. Me parte el alma. Me traje a los chicos a dormir a mi cuarto, con mis hijas. Los demás se arreglan entre el otro cuarto, el living y la cocina. Hay colchones por todos lados."

Los Aguirre sólo tienen tres ollas y seis platos, así que hacen turnos para comer. Primero los chicos. Conseguir leche desvela a Gabriela. Pero con la comida no es suficiente, dice. Hay que contenerlos. Están perdidos, no entienden qué pasó.

"Trato de levantarles el ánimo y busco la manera de aprovechar cada rincón, porque esto va a durar muchos días. Y ellos van a seguir acá, porque no voy a permitir que nadie esté a la deriva. ¿Si viene otro? No sé, lo sentaré arriba mío. Solo no lo voy a dejar."

ADEMÁS

MÁS LEÍDAS DE Sociedad

Esta nota se encuentra cerrada a comentarios

Descargá la aplicación de LA NACION. Es rápida y liviana.