En la Ciudad, un lluvioso adiós a las vacaciones

Para miles de chicos es el inicio de otra etapa
Lucía Marroquín
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29 de febrero de 2012  

"Yo ya quiero aprender a hacer palabras", dijo Daiana, con dos pompones violetas que le ataban el pelo, minutos antes de empezar el primer grado en la escuela French y Beruti, en Retiro. "Seguimos ganando las nenas", gritó otra de las chicas, cuando entró el segundo varón entre seis mujeres.

En una mañana lluviosa y con paros en varias provincias, ayer comenzó el ciclo lectivo porteño. Aunque en la escuela French y Beruti hay 28 inscriptos en cada una de las dos divisiones de primer grado, a la hora de entrar a clase recién sumaban ocho en total. No habían llegado los cuatro micros que todos los días traen a los chicos, en su mayoría desde la cercana villa 31.

Mientras Gabriel sacaba todo de su mochila de Spider Man para mostrárselo a los demás, Jaqueline, en el medio de la ronda, explicó: "Acá no se puede dormir, hay que hacer la tarea". Su mamá, Claudia Velotto, explicó que la noche anterior no se quería ir a dormir: "Quería venir directo a la escuela, ya".

Cuando la directora lo anunció, los chicos de primero salieron de la salita y pasaron por entre las otras filas hasta adelante de todo, mientras el resto de la escuela les daba la bienvenida con un aplauso. Luego, el Himno y la marcha a Sarmiento.

En el colegio San Martín de Tours de varones, en el barrio de Palermo, los chicos empezaron a llegar temprano, seguidos de cerca por los paraguas de sus padres. Ricardo Frías, enfundado en un piloto largo, vino a acompañar a sus dos hijos al colegio. "No tuvieron ningún problema para levantarse porque siempre está el entusiasmo del primer día -contó-. Pero hacer la tarea a la tarde es más difícil." Tomás, el más chico, está en la fila de segundo grado.

Sonia Condori, la maestra de segundo, ya tiene muchos años de experiencia. "Segundo es casi como un primer grado, algunos todavía lloran porque no se quieren quedar" dijo, y le apretó la mano a uno de los chicos, que no se separaba de ella.

En las fila de primer grado todos se miraban entre sí, no se reconocían enfundados en los nuevos uniformes. Florencia Leiva es maestra de preescolar y fue a acompañarlos en su primer día de primaria. "Ya quieren ser grandes", dijo. Y contó que harán actividades de integración hasta que se adapten a la nueva etapa. "Parecen hombres en miniatura con ese uniforme", rió, señalando los pantalones grises y los zapatos.

Ya cada uno con su maestra, algunos saludaban a sus papás mirando para atrás; otros ya ni se acordaban de que los estaban mirando: se mostraban las mochilas, probaban los carritos y volvían a encontrarse con sus compañeros.

En el patio cubierto del colegio Los Robles, en Monserrat, Fátima, Valentina y Magdalena, de quinto grado, contaron durante el primer recreo: "La maestra es muy graciosa, hizo muchos chistes", dijo una, mientras la otra abría una bolsita con cereales. "Hablamos de los cuadernos, de los horarios y esas cosas", dijo Fátima.

Después de la primera hora de clase, los chicos dejaron los salones corriendo. La lluvia ya había pasado.

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