
En Liniers, la modernidad pasa de largo
Más de 60 mil usuarios por día deben sortear a vendedores ilegales, mendigos y chicos drogadictos; falta de limpieza.
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A diario, más de treinta mil personas sacan allí su boleto. Sin embargo, Liniers parece una estación de tren abandonada.
Está situada a menos de 400 metros del estadio de Vélez Sarsfield, a una cuadra de la autopista que une la Capital con el oeste del conurbano y muy cerca de la remodelada avenida General Paz.
Las formaciones de Trenes de Buenos Aires (TBA) que pasan cada cinco minutos por el andén, el olor a fritura de los 10 locales de comida, los quioscos de diarios, la basura acumulada en los rincones, recuerdan a cada momento que estos 300 metros de cemento son muy transitados.
Un hombre clama a los gritos por la policía: ¿Dónde está la cana? Muchos piensan que puede haber sido víctima de un robo. Otros, que se trata de un loco o de un ebrio, uno de los tantos que se ven a diario por allí.
La desesperación por alcanzar el tren hace que la gente no respete las normas. Por eso, los usuarios cruzan el paso a nivel de Rivadavia y Cuzco con las barreras bajas. Hay por lo menos un accidente por día.
Ingresar en los coches no es fácil. Todos quieren hacerlo al mismo tiempo, y son frecuentes los apretujamientos. Es común que el tren arranque con las puertas abiertas y con racimos humanos aferrados de los pasamanos. Cuesta imaginar que semejante masa de gente pueda acomodarse en cada vagón.
Guarecidas bajo techo y en un banco de cemento, tres mujeres amamantan a sus criaturas. Y no se trata de gente de paso: viven allí.
Es una experiencia siempre riesgosa aventurarse por el túnel que une los andenes con el sector de los locales comerciales. El oscuro pasadizo parece no haber sido limpiado en años.
Ya en la superficie, el viajero será asaltado por una veintena de mendigos entre los 7 y 14 años, que no por niños dejan de ser peligrosos.
"La estación deja mucho que desear, porque hay bastante inseguridad. Hay que estar con 20 ojos. Todo está sucio y reinan los vendedores ambulantes. Otro problema son los chicos que se drogan con las bolsitas de pegamento", dijo Antonia Madrid, que viaja todos los días hacia Plaza Once.
Gisella tiene 21 años y es pasajera habitual de la línea Sarmiento. "La estación está horrible y muy sucia. Esto es un fiel reflejo de lo que es la privatización. La gente te atropella, no hay respeto por nada", concluyó.
Todos hablan de drogas
Todos, la gente de TBA, el personal de seguridad, los comerciantes y los pasajeros, coincidieron en que el mayor problema de la estación Liniers son los chicos drogadictos.
"El problema son los chicos que piden porque traban las máquinas de boletos, y que andan con las bolsitas con pegamento. A la estación le hace falta limpieza. También están los vendedores ambulantes que suben al tren para vender sin permiso."
"De la seguridad se encarga un grupo que contrata TBA -son 9 personas- y además hay 4 policías de la División Sarmiento. Hay pocos robos", explicó a La Nación Walter Segovia, encargado de las boleterías.
El aspecto de la estación también es motivo de preocupación para los comerciantes de la zona.
"Está hecha un desastre, predominan el abandono y la suciedad. Roban todos los días, tanto en la estación como en los alrededores. La seguridad es mala y hay chiquitos drogándose", expresó acongojada Noemí Giménez, empleada de una zapatería.
Para Juan Carlos Russo, dueño de una disquería, "todo está bastante mal y sucio. Abundan los puestos clandestinos que seguro no están habilitados. Ahora hay más seguridad, pero está lleno de carteristas y de pibes drogándose".
También el personal de seguridad uniformado dio su versión sobre la cuestión: "Mendigos hay, pero la estación está bien cubierta. Hay robos, pero como en todos lados. El problema se agrava después de Liniers en dirección a la provincia: eso es tierra de nadie", expresó un custodio que no quiso darse a conocer.
Marcela Cheloni, otra pasajera de TBA, dijo que "la gente viaja con miedo. A los que van para Liniers y se duermen los despiertan una estación antes porque de noche es peligroso por los robos".
El testimonio de esa pasajera es un fiel reflejo del peligro que acecha en la estación Liniers. Todos los días.
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