Entre perros y viajando por el mundo, qué hacen los que pasan Nochebuena de forma diferente

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. Fuente: LA NACION - Crédito: Catalina Bartolomé
Experiencias personales alternativas de quienes eligen pasar una noche solidaria, conectar a la familia virtualmente, ayudar a las mascotas, contagiar una filosofía de vida y brindar abordo de un avión.
Natalí Ini
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14 de diciembre de 2017  

“¿Qué hacés para Navidad?” es la pregunta clásica cuando se acerca la fecha. El encuentro familiar, los regalos y el menú son los temas que le siguen a la charla. Navidad es entonces un ritual, con reglas claras de con quién se comparte, qué se come y qué se festeja. Pero algunos se rebelan contra lo establecido, se desprenden de las exigencias familiares o sociales y arman algo a su medida.

Navidad genera algunas fantasías. Para Hollywood, se cumplen milagros, se cantan villancicos, la gente se enamora más que el resto del año, las vidrieras lucen hermosas, los artistas hacen discos especiales, y todos parecen felices. Pero por estas latitudes, se escucha en las charlas cotidianas que algunos se entristecen o se ponen melancólicos. Que en las reuniones saltan los problemas familiares o que los chicos piden un regalo fuera de presupuesto. No todo es tan ideal en Navidad.

Entonces, ¿Por qué la Nochebuena tiene que desentonar tanto con nuestra vida cotidiana? ¿Por qué no potenciar aquello que disfrutamos en el día a día y convertirlo en un festejo de Navidad? Viajar, ayudar a quienes más lo necesitan, conocer nuevas costumbres, cocinar saludable, contener a los perros que sufren la pirotecnia y jugar con la tecnología pueden ser opciones más cercanas a un momento feliz.

Alternativos, desde sus gustos y sus emociones, estos cinco audaces rompieron el molde del pan dulce y se animaron a tener una Nochebuena diferente.

Pasar las fronteras

Emilia Herbst, viajera
Emilia Herbst, viajera Fuente: LA NACION - Crédito: Catalina Bartolomé

Para algunos, el departamento de la abuela con 34 grados y la ensalada rusa no conforman un gran plan. Emilia Herbst es una actriz de 23 años que desde hace un tiempo elige el exilio para el 24 de diciembre. Entre lo más insólito que vivió figura pasar una Nochebuena en un avión. Desde el check in hubo brindis con desconocidos y cuando se subió al avión junto a sus hermanos los tripulantes llevaban un gorro de Papá Noel. Una de las razones para viajar en esa fecha fue que el pasaje puede costar hasta un 40% menos pero también que a Emilia le divierte innovar. La familia se prendió en la aventura y eligieron Río de Janeiro.

En otra ocasión fue a Colombia y recuerda que cenaron arepas. “Quedarme en Buenos Aires para las fiestas –admite– me pega para abajo. Siempre que pueda me voy a rajar. Este año me voy a Australia por un rodaje y estoy superexpectante de cómo será”.

Cuidar a los mejores amigos

Luciano Carbone, proteccionista
Luciano Carbone, proteccionista Fuente: LA NACION - Crédito: Catalina Bartolomé

De chico, Luciano Carbone se ponía mal en Navidad porque veía sufrir a los perros a causa de la pirotecnia. Es por eso que desde hace 10 años elige pasar la Nochebuena con 100 perros en un refugio en la ciudad bonaerense de San Antonio de Padua. Co-fundó la organización sin fines de lucro Proyecto 4 patas, con la misión de difundir y proteger los derechos de los animales. Hubo una Nochebuena en que Luciano estuvo solo y a las 12 –el momento más dramático de los petardos– corrió de una punta a la otra para poder controlarlos. Cuando lo acompañan voluntarios, la tarea se torna más fácil. Y hasta aprovechan para brindar. “Desde la Fundación hacemos campañas para concientizar sobre los perjuicios que tiene la pirotecnia en los animales. Y las fiestas –sostiene– son momentos clave en ese sentido”.

Conectar a la familia

Juan Ignacio Ponce, millennial
Juan Ignacio Ponce, millennial Fuente: LA NACION - Crédito: Catalina Bartolomé

Estudiante de periodismo de 24 años, Juan Ignacio Ponce hace que su vida pase por las pantallas y las redes sociales. Con frecuencia, los padres le reclaman que levante la mirada del celular. Pero también son los primeros en pedirle ayuda cuando la tecnología los supera. Y fue con la tecnología que Juani sorprendió a su familia la Nochebuena pasada. Conectó su computadora a un proyector, e inició una comunicación vía Skype con los tíos y primos que viven en Inglaterra. Los acompañaron cuando en ese huso horario se hicieron las 12: alzaron las copas a la cámara y se abrazaron virtualmente. Las semanas previas, el millennial de la familia había pedido a todos que mandaran un video casero con un deseo para Navidad y para el próximo año. Los de Buenos Aires se quedaron hipnotizados con esa especie de holograma familiar, que fue registrado en fotos y stories de Instagram. “Me apasiona lo audiovisual –confiesa– y vengo experimentando con eso en mi Instagram @ponceok. Generó un muy lindo clima en Navidad”.

Contagiar una filosofía de vida

Anita Ruiz Brussain, vegana
Anita Ruiz Brussain, vegana Fuente: LA NACION - Crédito: Catalina Bartolomé

Para Anita Ruiz Brussain, la Navidad es un momento para abrir las puertas de su casa vegana a sus amigos y familiares que no forman parte de esta filosofía, y mostrarles un poco de qué se trata. Se ocupa de mandarles información previa sobre qué prendas podrían vestir y qué regalos elegir. Anita es vegetariana desde hace 35 años y vegana desde hace tres. En la cocina, se esmera preparando platos de Nochebuena para lograr una degustación colorida. Los turrones crudiveganos son su especialidad. “Mi misión es concientizar, sin ser violenta, dando el ejemplo e inspirando. Mi mejor regalo de Navidad –dice– sería convertir a uno de mis amigos omnívoros en vegano”. Comparte este estilo de vida con su marido Juan y su hija Junia. No es solamente una dieta, tal como lo explica en su Instagram @platonvegano, donde ofrece recetas e informaciones sobre cuidado del medioambiente. Usa ropa certificada vegana, nada de cuero, por ejemplo, y consume productos de cosmética que no están testeados con animales.

Compartir el festejo

Pedro Arévalo, solidario
Pedro Arévalo, solidario Fuente: LA NACION - Crédito: Catalina Bartolomé

En agosto de 2015, Pedro Arévalo –de 63 años– se sumó a la Fundación Sí cuando vio que pedían voluntarios con auto para atender las necesidades de las víctimas de las inundaciones de ese año. Charlando con otros de espíritu colaborativo se enteró de las recorridas nocturnas cotidianas y tuvo sus primeras experiencias asistiendo a personas que viven en la calle.

En las recorridas de Navidad, la concurrencia de voluntarios es mayor y las visitas se extienden a hogares y paradores. En una Nochebuena a Pedro le ha tocado cargar el auto con empanadas y vasos de plástico para armar una mesa larga en el parador de hombres de Retiro. En otra oportunidad su destino fue un hogar de niños. En ambos sitios recibió abrazos afectuosos y un “gracias por venir” o un “te quiero” tímido que le tocaron profundamente el alma.

“De las recorridas vuelvo con las piernas doloridas pero el corazón inflado. La noche de Navidad es mágica, una experiencia inolvidable. Para los voluntarios, esto es 30% de ganas y 70% de amor. No es un trabajo”, asegura.

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