Entre volcanes: bajo los designios de la naturaleza

En las últimas décadas, la Patagonia sufrió las consecuencias de varias erupciones volcánicas que dejaron millonarias pérdidas, miedo y experiencia para enfrentar nuevos episodios
Carlos Sanzol
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24 de abril de 2015  

Anteanoche, Florencia Pontoriero estaba en un supermercado en Bariloche. Alguien le dijo que un volcán había entrado en erupción, pero ella no lo creyó. "Me estás jodiendo", fue su primera reacción.

Sin embargo, era verdad. El Calbuco, ubicado del lado chileno a 108 kilómetros en línea recta de Bariloche, acababa de emanar una columna de cenizas que, en horas, iba a llegar a Bariloche, Villa La Angostura y Junín y San Martín de los Andes. Se había "despertado" después de 43 años.

Cuando se dio cuenta de lo que estaba ocurriendo, Florencia sintió que estaba preparada: compró varias botellas de agua mineral, fue a buscar a sus hijos y condujo los 15 kilómetros que la distancian desde el Centro Cívico hacia su casa en la localidad de Dina Huapi, un pueblo de menos de 6000 habitantes.

En 2011, con sólo cuatro meses de embarazo, debió saber, en carne propia y por primera vez, lo que era vivir en una zona amenazada por volcanes. El 4 de junio de ese año llovieron, literalmente, piedras pómez por la erupción del Puyehue. Ese día, Florencia y su esposo, Nicolás, vieron una nube negra que llenaba el cielo barilochense. "Se pudrió el clima", pensó ella. Subieron al auto, vieron que en el teléfono celular había varios mensajes que les advertían que se refugiaran. No previeron absolutamente nada. Tampoco compraron agua mineral ni planearon cargar combustible. Sólo se guarecieron en el hogar. Y esperaron.

"Ahora es distinto. Estamos mucho más preparados", dice, en comunicación telefónica con LA NACION. Por eso, desde anteanoche ya tiene lo que necesita: barbijos, agua y nafta. De hecho, notó que todos allí ya saben cómo reaccionar. "Parece que nos vamos a tener que acostumbrar a las erupciones de los volcanes", dice, entre el humor y la aceptación.

"Parece que nos vamos a tener que acostumbrar a las erupciones de los volcanes"

En el límite entre la Argentina y Chile hay cerca de 100 volcanes en actividad, según explica el geólogo Andrés Folguera. El profesor de la Universidad de Buenos Aires (UBA) e investigador del Conicet cuenta que estar "en actividad" implica dos consideraciones: que una persona haya registrado en algún documento la última erupción y que la edad de las lavas más "jóvenes" date de menos de 10.000 años. "Al Lanín, por ejemplo, nadie lo ha visto erupcionar, pero sus lavas tienen menos de 10.000 años", revela.

Una montaña de cenizas

El 4 de junio de 2011, el volcán Puyehue, de 2240 metros, que forma parte del Cordón del Caulle, en Chile, erupcionó con una gran explosión que cubrió de cenizas el cielo y las ciudades cercanas de San Carlos de Bariloche y Villa La Angostura.

Pablo Garrido estaba ese día en esta última localidad, ubicada a sólo 50 kilómetros del Puyehue. Hasta allí había llegado desde La Plata, donde vivía, para terminar de escriturar el terreno sobre el que hoy construyó su casa. Por mensajes de texto, le advirtieron que un volcán había entrado en erupción. Poco acostumbrado a semejante episodio, optó por no darle importancia, hasta que empezaron a caer, literalmente, piedras pómez del cielo. Se subió al auto e intentó manejar hacia Bariloche, pero fue en vano: sobre la ruta había una cortina gris que no dejaba ver casi nada.

Durante varios meses, las cenizas siguieron cayendo. Se calcula que cayeron entre siete y ocho millones de metros cúbicos de arena; algo así como 40 centímetros de acumulación.

El Puyehue había registrado varias erupciones en 1960 (tras el terremoto de Valdivia, en Chile), en 1934, 1929 y en 1921. En esas ocasiones, la actividad duró alrededor de un año.

Se calcula que cayeron entre siete y ocho millones de metros cúbicos de arena; algo así como 40 centímetros de acumulación.

En 2011, en Villa La Angostura estuvieron semanas sin luz, sin agua (cuatro barrios completos padecieron 26 días la falta de ambos servicios) y con la certeza de que la temporada turística, la principal actividad de esta ciudad de 13.000 habitantes, estaba truncada.

A pocos días de la erupción, también se informó que LAN, Austral y Aerolíneas Argentinas habían perdido 60 millones de dólares, mientras que se habían cancelado 2525 vuelos, con los continuos trastornos que había implicado para miles de pasajeros.

"Ahora, con la erupción del Calbuco parece que es distinto - agrega Pablo-, porque la ceniza que cae es como un talco." Asentado desde hace ya tres años junto a su esposa y sus dos hijos, de 4 y 6 años, él fue testigo de las colas de hasta dos cuadras que se formaron en las estaciones de servicio en 2011, algo que no ocurrió ayer. Tampoco siente esa "psicosis" tan propia de esa época. "Estamos preparados. Hoy [por ayer] la ciudad está con el cielo gris, pero está en calma", describe.

En aquel momento fueron de tal gravedad las pérdidas que la presidenta Cristina Kirchner debió anunciar una ayuda económica: la duplicación de las asignaciones familiares a los afectados por dos meses, la postergación del pago de impuestos y el envío de $ 10 millones a productores.

No fue la primera vez que el volcán rugió. En 1921 estuvo en actividad durante más de dos meses. En 1960, dos semanas, luego del violento terremoto de Valdivia, de 9,5 grados en la escala de Richter.

Evacuación

En mayo de 2008, la población chilena de Chaitén se despertó por un rugido: el volcán del mismo nombre había entrado en erupción. Una columna de 12.000 metros de humo, cenizas y material sólido se elevó desde la boca del volcán. No hubo muchas opciones: el gobierno chileno debió evacuar a 5000 personas. Y lo que vino fue aún peor.

Chaitén tenía dos escuelas primarias y un secundario que quedaron destruidos. El desborde del río tras la erupción del volcán había dañado un sector del colegio. En 2009, cuando LA NACION estuvo en la zona, se podían ver las casas hundidas en cenizas, los vidrios destrozados, los muebles alborotados y aves carroñeras que sobrevolaban el pueblo. Allí, el río, al cambiar su curso natural, arrasó con unas 500 casas, postes de luz, pedazos de asfalto y autos, que fueron a parar mar adentro y comenzaron a aparecer en ciudades costeras más al Sur.

Chaitén tenía dos escuelas primarias y un secundario que quedaron destruidos.

En 2008, cuando el volcán entró en erupción, una nube de cenizas llegó al sur argentino, y provocó cancelaciones de vuelos, suspensión de clases, perdidas económicas y en el ganado. Incluso los vientos hicieron que las cenizas llegaran hasta Buenos Aires.

Unos años más tarde, en 2013, el volcán Copahue, ubicado en el noroeste de la provincia de Neuquén, en la frontera con Chile y unos 1200 kilómetros al sudoeste de Buenos Aires, volvió a asustar. Ya había registros de erupciones en 2000, 1992 y 1995. En estos dos últimos años, los pobladores del lugar quedaron bajo un manto de ceniza. "Nunca apagó su capacidad eruptiva", explica Folguera.

Una ciudad devastada

Los Antiguos está ubicado a tres kilómetros de la frontera con Chile y 1029 kilómetros al norte de Río Gallegos, en el margen del lago Buenos Aires. Hoy es un valle verde y productivo, pero hace 24 años soportó un fuerte éxodo de la población y la angustia de un futuro marcado por las cenizas.

El volcán Hudson no es visible desde Los Antiguos: queda a 100 km en línea recta de la localidad sobre la cordillera chilena. Según los registros de la época, el 5 de agosto de 1991 una poderosa erupción sacudió su interior, pero la gran nube de cenizas llegó recién días después por efecto del cambio de viento.

Los restos volcánicos alcanzaron los 18.000 metros de altura y sepultaron 10 millones de hectáreas patagónicas bajo una capa inconmovible. Cerca de 600.000 ovejas de la región murieron por la falta de pasturas y agua, y un tendal de chacras y estancias quedaron arruinadas. Nada volvió a florecer durante años y pocos apostaban a la recuperación del lugar. Pero el trabajo del hombre y la naturaleza empujó en una misma dirección.

Cerca de 600.000 ovejas de la región murieron por la falta de pasturas y agua

El clima frío, los suelos arenosos y la abundancia de agua le dieron a la localidad un microclima para sembrar cerezas tardías, cultivo que empezó a experimentarse a principio de los 80. Pero después del Hudson parecía imposible que volviera a florecer.

"Los primeros días que caía la ceniza hacía calor, entraba en todas partes y todo olía a azufre. A la gente que se quedó le pedíamos que no saliera de sus casas, no se podía respirar, usábamos las máscaras, pero no servían de nada. Los animales morían de hambre y sed y hasta el lago era una gran masa oscura de cenizas. Todo estaba a oscuras y caminábamos por las calles de memoria", supo recordar años después a LA NACION Ángel Seguel.

Él, junto a un puñado de hombres, creó la Comisión de Emergencia para limpiar el pueblo a pala y carretilla. Durante seis meses, Los Antiguos se transformó en un "pueblo de hombres". La mayoría de las mujeres y niños habían sido evacuados a otras localidades y los varones se quedaron a sacar las cenizas. Poco a poco algunas familias retornaron, pero otras no volvieron nunca.

Estuvieron tres años sin cosechas, todo se perdió. Los canales de riego traían cenizas en vez de agua. Entre todos limpiaron las calles, los techos, las chacras y se sacaron del pueblo 20.000 toneladas de cenizas en camiones y máquinas que llegaron de todas partes del país. Las cenizas aún se encuentran en las afueras del pueblo. Si bien no fueron un aporte fertilizante a la tierra, como se creyó durante un tiempo, sí contribuyeron a mejorar las condiciones del suelo en cuanto a la permeabilidad al agua y la aireación, según explicaron en su momento los técnicos del INTA.

Estuvieron tres años sin cosechas, todo se perdió. Los canales de riego traían cenizas en vez de agua.

Debieron pasar varios años hasta que los suelos se recuperaron para transformarse en un valle verde rodeado de álamos y acequias. Hoy, el enorme espejo turquesa del Buenos Aires y la tierra especialmente fértil irrumpen en el árido paisaje patagónico con cortinas de álamos y chacras con cosecha tardía de cerezas.

Las voces de los protagonistas

Ángel Seguel

Los antiguos

"Los animales morían de hambre y sed y hasta el lago era una gran masa oscura de cenizas"

Florencia Pontoriero

Bariloche

"Parece que nos vamos a tener que acostumbrar a las erupciones de los volcanes"

Pablo Garrido

Villa La Angostura

"Ahora, con la erupción del Calbuco, parece que es distinto a 2011 porque la ceniza que cae es como un talco"

Con la colaboración de Mariela Arias

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