Coronavirus en la Argentina: ya recuperada, regresó a trabajar al comedor de la villa 1-11-14

Graciela Vega, recuperada de Covid-19, trabaja en un comedor de la Villa 1-11-14
Graciela Vega, recuperada de Covid-19, trabaja en un comedor de la Villa 1-11-14 Fuente: LA NACION - Crédito: Aníbal Greco
Federico Acosta Rainis
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27 de junio de 2020  • 16:09

"Prepárese, tiene que subir al tercer piso. Meta sus bolsos al ascensor y no toque nada: nosotros tocaremos el botón", ordenó la voz del otro lado de la puerta. Graciela Vega no entendía el por qué de la mudanza, si apenas había pasado una noche en esa habitación. Pero intentó conservar la calma y obedeció: juntó rápido sus cosas y salió al pasillo del Hotel de las Provincias. En el ascensor había un hombre tan desconcertado como ella. "¿A usted le dijeron algo?", le preguntó. "No", respondió él. La que lanzó la bomba fue una empleada de limpieza que justo pasaba por ahí, cubierta con mameluco, guantes, antiparras, barbijo todoterreno: "¿Cómo? ¿No les informaron? Al tercero suben los que dieron positivo".

Cuando recuerda ese momento, Vega llora. Está sentada en un mesa del comedor "Mariano Ferreyra", en plena villa 1-11-14 del barrio porteño de Flores, donde, como delegada, se asegura de que 347 familias retiren todos los días un plato de comida. Son apenas las 9 y el lugar ya funciona a todo trapo: en la cocina otras seis mujeres del Polo Obrero trozan pollos, cortan verduras y calientan agua para que el guiso esté listo al mediodía. Serán, aproximadamente, unas 1050 raciones.

Graciela Vega en su casa, donde pasó 14 días de cuarentena, tras el alta médica
Graciela Vega en su casa, donde pasó 14 días de cuarentena, tras el alta médica Fuente: LA NACION - Crédito: Aníbal Greco

Cuando el 14 de mayo pasado fue al médico, no imaginaba que se había contagiado Covid-19. No tuvo "ninguno de los síntomas que dicen en la tele": apenas un leve dolor de estómago, algo que suele pasarle cuando toma café porque sufre de la vesícula, y un gusto raro en la saliva, "como cuando estaba embarazada". En el centro de salud contó donde vivía y enseguida la hisoparon. Pero como el resultado iba a tardar, la mandaron al hotel por seguridad. No le ofrecieron traslado: "No quería ir en subte porque si estaba enferma podía contagiar. Así que me tomé un taxi, sin mirar cuánto costaba".

Hace diez días, después de casi un mes de ausencia, Graciela volvió a trabajar al comedor
Hace diez días, después de casi un mes de ausencia, Graciela volvió a trabajar al comedor Fuente: LA NACION - Crédito: Aníbal Greco

A la mañana siguiente, lo supo. Vega tiene 39 años, es asmática y tiene dos hijos, Daira (15) e Isaías (9). Pero cuando escuchó la palabra "positivo" pensó primero en su padre, que es cardíaco y comparte domicilio con ella, junto a otras seis familias: "Tenía miedo por él y pedí que fueran a hisoparlos. Se había cortado el agua y pedí también que por favor llevaran algo para que mi esposo pudiera desinfectar".

Ni agua, ni hisopados ni control

Al otro día, fue a su casa personal del Gobierno de la Ciudad, pero no hubo hisopado, ni agua, ni control de salud alguno; solo les pidieron a sus familiares los datos y les dijeron que se aislaran allí durante dos semanas. Es una construcción típica de la 1-11-14, con cuatro pisos, donde cada familia armó su vivienda encima de la otra. Para subsistir durante el aislamiento, compartieron la comida entre todos. Nunca supieron si alguien más se había contagiado; solo su marido tuvo dolor de cabeza y de ojos durante unos pocos días.

"De lunes a viernes se pasaba rápido", cuenta Vega sobre su cuarentena en el Hotel de las Provincias, del barrio porteño de Balvanera. Con su teléfono, ayudaba a organizar el comedor por WhatsApp y les insistía a sus compañeras para que fueran a hacerse los controles a la cancha de San Lorenzo: "No podíamos darnos el lujo de cerrar, porque había gente que tenía que alimentarse". Temía haber contagiado a alguna de las muchas personas que concurren allí a diario y también pensaba mucho en las siete familias que, por su "culpa", habían quedado aisladas en su casa sin poder trabajar.

No podiamos darnos el lujo de cerrar (el comedor social), porque había gente que tenía que alimentarse""
Graciela Vega

En la habitación 300 también cumplía la cuarentena Camila, una joven de Tres de Febrero que la apoyaba en los momentos de zozobra. Seguían juntas las noticias por televisión y se sorprendían al darse cuenta de que ahora formaban parte de una estadística. Pero cuando aparecía en pantalla el número de fallecidos, Vega se ponía firme: "Nuestro nombre no va a estar en esta lista, Cami. Tenemos que salir".

Graciela Vega no dejó de pensar en recuperarse para volver a trabajar donde la necesitan
Graciela Vega no dejó de pensar en recuperarse para volver a trabajar donde la necesitan Fuente: LA NACION - Crédito: Aníbal Greco

Lo más difícil fue enterarse de que una vecina del barrio con la que había tenido contacto hacía poco había muerto por Covid-19. Una mujer que cerró su negocio de compra y venta de máquinas de coser debido a la cuarentena y un día se acercó al comedor desesperada: "Me dijo: 'Doña Graciela, ¿le queda comida?'. Y yo: 'No tengo. Lo único que puedo hacer es anotarla en una lista. Si el gobierno nos manda, la llamamos'. Porque si no era darle la ración a ella y sacársela a otra persona". Es una escena que se repite a diario en el "Mariano Ferreyra", donde ya no dan abasto: desde marzo se disparó la demanda y hay más de 350 familias en lista de espera para acceder al comedor. Hay familias con 8 integrantes que reciben apenas dos o tres raciones.

Esa muerte cercana la quebró. "Me sentí más culpable de lo que ya me sentía", dice Vega. Fue la única vez en toda la enfermedad en que tuvo un "dolor de cabeza impresionante". Y empezó a costarle dormir: se quedaba despierta hasta las tres de la mañana, pensando en que si cerraba los ojos no los iba a volver a abrir. "Juan Carlos, mi esposo, me llamaba, pero yo no quería escuchar su voz porque era peor -asegura-. Me iba al baño a llorar, me ponía de rodillas y le preguntaba a Dios no por qué sino para qué me pasaba esto".

Graciela Vega, recuperada de Covid-19, trabaja en un comedor de la Villa 1-11-14
Graciela Vega, recuperada de Covid-19, trabaja en un comedor de la Villa 1-11-14 Fuente: LA NACION - Crédito: Aníbal Greco

Finalmente, el 25 de mayo recibió el alta, al igual que Camila. Fue inesperado: en teoría, antes la iban a hisopar de nuevo, pero la doctora le explicó que el protocolo había cambiado y que bastaba con que se quedase una semana más encerrada en su casa. Sin avisarle a nadie, tomó el tren y se bajó en Flores. Con la plata que le quedaba compró una torta, porque ese mismo día Juan Carlos cumplía 39 años.

"Cuando llegué, le avisé por teléfono que saliera, que una amiga había ido a llevarle unas cosas", recuerda. El reencuentro con su familia fue feliz y amargo a la vez: "Querían abrazarme, pero yo les dije que no". Es que los médicos le indicaron que, en su pequeña casa, tenía que permanecer aislada. Los chicos se mudaron a la habitación matrimonial con Juan Carlos; ella se quedó en el cuarto de ellos. Y cada vez que usaba el baño, debía rociar todo con lavandina. "Hasta el día de hoy no puedo consentir a mis hijos como antes y me siento en la otra punta de la mesa -relata-. Yo sé que ya no contagio, pero todavía tengo ese miedo".

Hasta el día de hoy no puedo consentir a mis hijos como antes y me siento en la otra punta de la mesa. Yo sé que ya no contagio, pero todavía tengo ese miedo
Graciela Vega

Faltan minutos para el mediodía y en la fría avenida Riestra hay una larga fila de vecinos. Desde que Vega se contagió, el gobierno permite que una parte de la comida se entregue en crudo, para que sean menos las cocineras en el comedor: hay quien se lleva guiso hecho y quien recibe lo necesario para hacerlo en su casa. Todos se rocían antes las manos con alcohol en gel. Es un esfuerzo que casi parece vano: un camión atmosférico acaba de estacionar en la puerta y, entre las piernas de quienes esperan, zigzaguea una larga cinta naranja, muy sucia de desechos cloacales; a cada lado, a menos de cinco metros, dos grandes cámaras sépticas abiertas despiden olores fétidos.

Además de las raciones diarias, se reparte comida a las personas que no están en la lista
Además de las raciones diarias, se reparte comida a las personas que no están en la lista Fuente: LA NACION - Crédito: Aníbal Greco

"Esta es la vida de todos los días", suspira la delegada. Después completa planillas y saluda a esos vecinos que conoce de memoria. Cuando se le pregunta por qué, después de todo, sigue ahí, en primera línea, ella responde: "Porque me gusta. Y porque veo la necesidad de mis compañeros: es duro abrir la heladera y no tener una leche para tus hijos. No me gusta venir a pedir comida, pero no me arrepiento de estar organizada".

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