Hábitos trastrocados por la bancarización

Malabares, inventos, ingenio: todo ayuda a paliar una situación que ya se instaló; hay gente que paga el alquiler diariamente Las amas de casa ya no hacen comida para toda la semana Las estatuas vivientes ven muy pocos billetes Los artistas callejeros aceptan patacones
Evangelina Himitian
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16 de diciembre de 2001  

Pagar las cuentas con dinero. Hacer las compras en efectivo. Ir al banco en 15 minutos. Conseguir monedas para el colectivo. Dejar propina... Hasta el viernes 30 de noviembre último ésos eran hábitos incuestionables para la mayoría de los argentinos.

¿Sacar una tarjeta de débito? ¿Hacer largas colas? ¿Tener límites para disponer del dinero?¿Lidiar con los cajeros automáticos? En pocas horas hubo que habituarse a costumbres ajenas. Amas de casa, profesionales, comerciantes, taxistas, quiosqueros, mozos, empresarios, bancarios y hasta mendigos debieron adaptarse a las nuevas medidas. Estas son algunas historias que reflejan el cambio:

  • Si Lorenzo Salazar creyó que en diez años a bordo de su taxi había visto todo, las últimas dos semanas la realidad superó su capacidad de asombro. Por ejemplo, a partir de ahora tiene que pagar el alquiler de su casa cada día. "Llegamos a un acuerdo. No espero más hasta fin de mes, porque seguro que no llego. Cada día voy con una parte de lo que saqué y le digo a la señora que me alquila: "Esto es lo que tengo, tomalo o dejalo"", dijo Salazar.
  • Según cuenta, los viajes bajaron el 70%: "La solución sería cobrar con tarjeta de débito, pero averigüé y es carísimo". Desde que escuchó al ministro de Economía, Domingo Cavallo, por cadena nacional no volvió a bajarse del taxi: "Salgo todos los días, no hay francos ni feriados. La ecuación es sencilla: si no salgo, no como".

  • Hilda Laffitte es la típica ama de casa que hace malabares para que las 24 horas le rindan el doble: atiende a la familia, hace compras, da clases de artesanías, juega al tenis, participa de la iglesia y hasta se ocupa de Lizzy, la perra caniche de su hija menor. Es un ritmo que exige una gran coordinación. Hasta noviembre último programaba la comida del mes, la cocinaba y la freezaba . "Este mes no pude. Compro para cada día. Y vuelvo al súper cuando las cosas de la heladera se acabaron, para aprovechar hasta la última manzana."
  • Siempre pagó las boletas, pero ahora las tiene ahí, en la heladera. "Tengo que abrir una caja de ahorro, pero no tengo ni ganas: ni en el almacén ni en la verdulería aceptan tarjeta."

    Las famosas medidas se volvieron un tópico recurrente en su casa y entre sus amigas. Un pantano del que cuesta salir. "Todos los temas conducen a lo mismo. Uno habla para desahogarse. Es una buena oportunidad para ser más solidarios y mirar un poco más hacia el cielo", dice.

  • Se aceptan tickets y patacones . El cartel que brilla sobre el carrito de panchos de Justino Duarte anuncia equipamiento a prueba de crisis. Las últimas medidas desactualizaron la leyenda. Ni los cheques ni las tarjetas son moneda de cambio allí. Y los resultados estuvieron a la vista: "Antes vendíamos 300 panchos por día. Hoy, 100. La gente cuida el centavo".
  • La libreta del almacenero

  • En la puerta de su almacén, Cosme D´Amato tiene un mono de peluche que silba cada vez que alguien entra. Y cada vez silba menos. En dos semanas bajaron las ventas el 50%. El contador le aconsejó esperar unos meses para instalar un Posnet , hasta que las empresas bajen los costos. Mientras tanto, no es cuestión de que la crisis gane terreno. Cosme volvió a usar la vieja libreta en la que su abuelo, hace 63 años, improvisaba notas de crédito. También desempolvó el pinche donde acumula tickets de las compras fiadas, aún sin pagar.
  • Eso no fue todo: canceló el celular, dio de baja el cable y se desafilió de la medicina prepaga. Detrás del mostrador, Cosme reconoce que no es el único que cambió los hábitos: "La gente compra productos sin marca. Se lleva las manzanas de a una. Vender un kilo es todo un desafío".

  • María Noemí Fernández tiene 49 años y dicta clases de inglés. A raíz de las nuevas medidas abrió una caja de ahorro para que sus alumnos pudieran pagarle con cheques. "Este sistema supone que uno tiene varias horas libres por día para ir al banco, depositar, extraer 250 pesos y volver la otra semana. La primera vez que me paré frente a un cajero automático me dieron ganas de llorar, porque no entendía absolutamente nada. Supongo que ya me voy a acostumbrar", dijo.
  • "¿Tengo cara de estar tranquilo? -preguntó Alberto Paradela desde el local de lotería que atiende en el centro porteño-. Es que esta mañana tomé la pastilla." No fue un chiste. Desde hace dos semanas las ventas cayeron el 40%. "El psiquiatra me dice que no soy yo quien está loco, que es el Gobierno. Pero yo no puedo dormir", dice.
  • Hace 61 años, Carmen Rodríguez se casó con un agenciero. Desde entonces vendió miles de billetes de lotería y escuchó que a la gente le iba bien y le iba mal. "Pero nunca tan mal como ahora, ni siquiera en la crisis de los 30, cuando yo tenía 13 años", dice la mujer, de 84 años y con una lucidez asombrosa.
  • "Dicen que quieren evitar el default, pero el default ya está acá. Lo hacemos nosotros cuando no podemos pagar las cuentas. Si eso no es default, ¿cómo se llama?", inquirió detrás del mostrador de Lavalle y Reconquista.

  • El cambio de hábitos no sólo llegó a los hogares. Sobre la calle Florida, por ejemplo, las vidrieras anuncian que se aceptan todas las tarjetas, todos los billetes. Se ofrecen grandes descuentos y hasta cheques que sirven para futuras compras en ese mismo local. Es como si los vendedores hubieran salido a tomar de las solapas a sus potenciales clientes para hacerlos entrar en los locales, como sus clientes lo hacían 15 días atrás.
  • Pararse en una esquina cinco minutos ayuda a ver la peatonal en perspectiva: es un hervidero, como siempre, y a cada paso se escuchan flashes de conversaciones: "dolarización", "default", "banco", "Cavallo"...

  • Hugo Gallo es Corbata, un payaso con micrófono que recorre la peatonal promocionando negocios que lo contrataron para paliar la caída de las ventas. "Entre al Mágico Mundo de la Pesca, que bajó sus precios gracias a Cavallo", anunciaba a viva voz.
  • Los artistas callejeros también sufrieron el embate. Aunque algunos aceptan patacones, no se pudo encontrar ninguno que aceptara tarjeta. Alejandro Lewin es la estatua viviente que se autoemplaza frente a las Galerías Pacífico. "Hace tiempo que lo único que entra en la lata son monedas. Un billete es todo un hallazgo", dijo.
  • Maggie Fleitas se pasea con una bandeja entre las mesas de la confitería de Florida y Córdoba, repartiendo sonrisas. Ocurre que con las medidas que restringieron la circulación de efectivo los mozos no tuvieron suerte. "Si antes dejaban un peso de propina, ahora me dejan 20 centavos. O si no, como no cobramos con tarjeta de débito, te dicen que es lo único que tienen y no dejan nada", asegura.
  • En la estación Malabia del subte B, el viernes último apareció una leyenda que pretendía resumir el desánimo social. Sobre uno de los tachos de basura un pulso tristemente ingenioso escribió: "Bienvenida clase media. A revolver. Suerte".
  • Nuevo estilo de vida

    Mientras los bancos extienden la semana laboral para atender a todos los clientes que buscan obtener una tarjeta de débito o abrir una cuenta corriente, otros buscan la forma de recuperar el terreno perdido. Comerciantes y cuentapropistas corren, cada vez más, detrás de alguna moneda contante y sonante.

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