Hay 50.000 mensajeros en moto en la ciudad

Compiten con ciclistas; viajan hasta el conurbano; los riesgos
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9 de diciembre de 2001  

Son miles y viven a mil. Se los puede ver a toda hora, en cualquier calle, equipados con casco, bolsos y handy. Cruzan la ciudad llevando de todo y soportan lluvias, frío, calor y sueldos escasos.

En tiempos de emergencia ocupacional, la moto se convirtió en una herramienta de trabajo para muchos jóvenes: en la ciudad hay 50.000 motoqueros, también llamados fleteros, que por sueldos, en promedio, de 300 pesos reparten paquetes, hacen colas en los bancos, entregan pizzas y son el terror de los automovilistas.

"Esta es una manera de trabajar tranquilo, sin patrón. Antes se laburaba a fondo, pero ahora se pobló y está flojo. Es como los remises; muchos pibes que juntan una moneda se compran una moto y salen a trabajar", dice Martín Rojas, 30 años, pelo rubio largo y brazos ilustrados con ángeles de contornos femeninos.

Un solcito primaveral se cuela entre las hojas de los jacarandaes en una plazoleta enfrentada al Obelisco. José Orozco, 19 años, se incorpora en el césped y respira hondo: "Estos son gustos que en una oficina no te podés dar... una pizzita con amigos, algo de charla y buena onda hasta que suena el handy y tenés que salir volando".

El mito de la libertad del motoquero es el responsable de la expansión del oficio. Los minutos contados para llegar a destino y el tránsito infernal poco importan. Nadie paga esos ratos de ocio en la plaza.

Juan Moscoso, de 25 años, descansa al lado de su bicicleta en las escalinatas de una plazoleta en Piedras y Rivadavia. "No tengo plata para la moto. Me gustaría comprar una porque ganás mucho más; con moto te mandan a la provincia", dice.

Hijo de padres desaparecidos, Juan vive solo en una habitación alquilada en San Telmo. Trabaja de 9 a 18 y gana 300 pesos por mes, de los que descuenta sus aportes como monotributista y 20 pesos que le cobra la agencia donde trabaja por el uso del handy .

Como Juan, muchos otros aspirantes a motoqueros pedalean por falta de presupuesto. Son la base de una pirámide que termina en motos Honda, Yamaha o Suzuki, después de pasar por ciclomotores y scooters.

Algunos ciclistas encontraron la forma de hacer rendir mejor sus cuadriceps: hacen viajes a la provincia, pero en tren. Suben la bici al furgón y después pedalean, teniendo la precaución de dejar el rodado fuera de la vista del cliente. "Nadie quiere que le manden una bicicleta; piensan que es una carreta", dice Martín Rojas.

En Avenida de Mayo y Florida, una rubia bronceada estaciona su Suzuki AX100 y camina apurada con el casco en la mano. Se llama Mariana, tiene 29 años y cuatro como fletera.

Empezó como muchos, por una cuestión de números. "Tenía dos trabajos: en un quiosco y además daba clases de apoyo escolar en mi casa. Me quedé sin el del quiosco y con los alumnos no me alcanzaba para nada. La moto ya la tenía y no lo dudé."

Las chicas corren con una ventaja: difícilmente deban ensuciarse las manos para arreglar un desperfecto mecánico. La solidaridad entre colegas es el mandamiento número uno de los motociclistas y el comportamiento de caballero también es ley.

"Son muy solidarios. Si pinchás jamás vas a tener que atar la moto a un poste; siempre alguien te va a dar una mano. Enseguida sacan las herramientas, te remolcan." Mariana no es la única chica sobre dos ruedas. Los varones ya se acostumbraron a verlas y a compartir recreos con ellas entre viaje y viaje.

Gabriela Leal tiene 32 años y empezó con un ciclomotor. Trabajaba en una fábrica de galletitas, pero no soportaba el encierro. Para ella, las ventajas son económicas, de libertad, y también de placer. El hijo de Gabriela tiene ocho años y sueña con tener un auto. "No quiere saber nada con la moto. Es que cuando me lastimo él me mira mientras me curo y le da impresión", cuenta. Gabriela no tuvo accidentes graves, sólo caídas. Las mujeres, dice, son más prudentes. "Cuando trabajé en agencias siempre pedían mi moto; los clientes prefieren a una mujer porque es mucho más responsable y es menos probable que choque", asegura.

Su última caída fue cuando un repartidor de agua mineral bajó el cordón con su carro sin mirar. Ella frenó sobre un parche de chapa y resbaló: el tajo en forma de siete que se hizo en la pierna se cerró con 23 puntos y una temporada en casa.

Los motoqueros se dividen en dos grupos: los independientes y los que trabajan para agencias. La mayoría pertenece a este último grupo y deja el 50 por ciento de su recaudación en la oficina que hace sonar su handy.

Por entregar un paquete en el Centro, las agencias cobran seis pesos, y por un viaje al conurbano, entre 20 y 30. Los motoqueros reciben la mitad.

La carrera por llegar a tiempo y por exprimir algunos pesos más al día a menudo termina en un choque. Después vienen los problemas: no se puede salir a trabajar, no se cobra y, como las compañías de seguro no admiten motos que se usen para trabajar, muchas veces se perjudica a terceros. Por eso, los motociclistas no conviven en armonía con el resto del tránsito.

Sin aliento

Jueves, dos de la tarde, avenida 9 de Julio y Rivadavia. Suena un handy, hay una respuesta corta y enseguida, casco en mano, un motociclista sale a toda velocidad. Bocinazos, insultos, frenadas. La escena se repite a diario.

Hay quienes opinan que motociclistas y taxistas son enemigos incurables. Otros dicen que ningún automovilista congenia con las motos. Lo cierto es que sus maniobras dejan a los automovilistas sin aliento.

Sobre una moto se respira el aire que devuelven los caños de escape. "Cuando llego a mi casa me preguntan ¡eh! ¿qué te pasó en la cara?, porqueme queda toda negra. Pero negra, negra ", dice Marcelo, con unos dientes blancos que contrastan con el ollín acumulado en su piel.

Un trabajo que nació con el cine

Los motoqueros deben su oficio al cine. Como en la película "Cinema Paradiso", donde un hombre bonachón llevaba y traía las películas en su bicicleta por un camino polvoriento, los filmes que se exhibían en Buenos Aires también necesitaban quien los trasladara.

"En los años 70, las películas se llevaban en moto de un cine a otro. Al principio éramos pocos, pero ahora somos 50.000 sólo en la Capital", cuenta Ricardo Díaz.

Díaz viste jeans y una campera de cuero sin mangas que deja ver sus tatuajes. Es el presidente de la agrupación Jinetes del Asfalto y el secretario general de un sindicato en formación que agrupará a los motoqueros.

Los primeros mensajeros en moto también encontraron trabajo en diarios que necesitaban trasladar las notas a plantas de impresión.

"Hoy la moto es una nueva herramienta de trabajo. Es un boom parecido al que en una época hicieron las remiserías", comparó Díaz.

La falta de cobertura médica, la imposibilidad de conseguir un seguro porque las aseguradoras rechazan a los motociclistas que trabajan con su moto, sumado al abuso de algunas agencias, que no reparan en horarios ni en condiciones y a los problemas para estacionar en el microcentro son algunos de los costos que deben pagar los que pertenecen a este oficio.

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