Inés Correa: "En Buenos Aires, ya hay una tercera generación de hijos de la calle"

Inés Correa, en la presentación del libro, la semana pasada en la Biblioteca Nacional
Inés Correa, en la presentación del libro, la semana pasada en la Biblioteca Nacional
Esta semana, con #lacalle como tópico, entrevistamos a la autora de Generación calle, una asistente social con más de 40 años de oficio en villas y rincones marginales de la ciudad
Evangelina Himitian
(0)
10 de noviembre de 2015  • 20:14

Nacieron en la calle. Se criaron pidiendo. Durmieron todas sus noches sin un hogar. Se abrieron paso en la vida a los empujones. Hoy, son los abuelos de una tercera generación de chicos de la calle. Ellos fueron la primera generación de niños que a fines de los 80 se instalaron con sus familias en alguna vereda de Buenos Aires para vivir de la mendicidad. Inés Correa es una asistente social que trabajó en distintas villas porteñas, incluso en la 31, junto al padre Carlos Mugica. También pasó por el ex Consejo del Menor y la Familia, y por distintas instituciones oficiales que trabajan con los más chicos, sobre todo con los que tienen conflictos con la ley. En su libro, Generación calle, de Editorial Marea, entrevistó y relató conmovedoras historias de "los nacidos en el asfalto".

–¿Hay una tercera generación de hijos de la calle?

–Sí, ya podemos afirmar que nació la tercera generación de las chicas y chicos que salieron por primera vez a la calle. Por mediados de los años 80, ya empezábamos a ver grupos de chicos por la calle y ahí fue que se comenzó con distintas estrategias de abordaje profesional para con ellos. Recuerdo un grupo que en 1985 pedía en el subte B. Había un chico que tenía 6 años, que era de la Villa Itatí, en Bernal, y que se fue quedando con una ranchada de chicos que vivían en la calle. Hoy, el nene más chico que pide en el subte tiene tres años, anda con la mamá y es el nieto de aquel chico de los ochenta.

–¿Cómo es la vida de un chico con esa historia a cuestas?

–La vida de quien tiene su infancia vulnerada es difícil, pero hay que tener en cuenta que es un niño, con todas las cosas que necesita alguien en edad de desarrollo: alimentación, salud, educación. Pero fundamentalmente, lo que más necesita, es mucho cariño. Al faltarle alguna, todas o casi todas –en especial el cariño–, va por la vida con carencias que le afectarán para siempre. No todos son paridos en el asfalto. Muchos han ido y venido de la calle a una villa, siempre por los márgenes de la sociedad. Como son niños, conservan la frescura, la ternura y la picardía que les favorece a la hora de su reinserción en ámbitos tanto familiar como institucional. En el subte, los más chiquitos empiezan entregando estampitas, después se los ve vender biromes, cantando, vendiendo stickers. Hasta que el destino de muchos termina siendo el paco o el poxirrán. Porque en estas tres generaciones lo que he visto es que el poxirrán no ha pasado de moda. Y el inicio temprano del consumo, en la primera infancia, deja secuelas.

–La contratapa dice que tu libro "narra las jóvenes vidas que no le importan a nadie: ni al Estado, ni a sus familias, ni siquiera a ellos mismos". ¿Es así?

–Primero te diría que es totalmente así. Y luego agregaría que lo mejor que tiene el libro Generación Calle es que lo que van a leer es la voz de los chicos. Nada mejor que ellos para decir cómo sienten y saben que no son importantes para nadie. Al no sentirse importantes para su propia familia van teniendo poca autoestima, y el Estado que debería ocuparse de ellos muchas veces los deja de lado. Cuando ya dejan de tener autoestima, poco les importa su vida, por eso pueden empezar a consumir sustancias, algo que viene asociado muchas veces con hechos delictivos.

–¿Con qué sueña una persona que duerme en la calle?

–Con lo que primero sueña es con una cama y unas sábanas. Con una buena comida. Porque cuando me lo preguntás, primero pienso en lo inmediato, que es eso. Aunque lo que sueña en realidad es tener una familia que lo contenga. Pero si se trata de niñas y niños que ya llevan años de calle y de consumo de sustancias adictivas, esos sueños se van adormeciendo y el tiempo presente es el que cuenta. Y cómo seguir consumiendo para no sentir angustia.

–¿Cuánta gente vive hoy en las calles? ¿Se trata de un problema estructural? ¿Se agravó con la falta de acceso al techo propio de la última década?

–No existe una cifra real de cuánta gente vive hoy en las calles. Porque no se ha planteado una estadística con respecto a esta problemática. Sí, se puede hablar de un problema estructural que viene desde hace décadas, y a la vez de una falta de políticas de fondo donde actúen todas las fuerzas vivas de una sociedad para encarar esta triste realidad. También, consultando con distintos sectores se puede concluir que la cantidad de niños deambulando por la ciudad sufrió una transformación: ya no hay tantos de ellos en las zonas céntricas sino que más bien se los puede ver en cercanías de las estaciones de tren y de lugares de consumo de sustancias. Actualmente, y a pesar de la políticas públicas como lo es la Asignación Universal por Hijo, los chicos que abandonan la escuela y quedan excluidos de toda ayuda, deambulan por la estaciones, tanto en Capital como en el Conurbano, no sólo en el centro de la Ciudad.

–¿Hay diferencias entre vivir en la calle en la Capital y en el interior? ¿En qué ciudades se acrecentó el fenómeno?

–Incluiría en lo que es Capital al primer cordón del conurbano bonaerense, ya que la realidad es muy semejante y la conducta de los chicos también. Es allí donde los chicos encuentran estrategias de supervivencia y a la vez tienen más cerca los lugares donde obtienen las sustancias para consumir, y lamentablemente pasan más desapercibidos. En el interior, al conservar aún las redes familiares y de solidaridad, en general se integra a la niña o niño que quedó solo.

–Hace más de cuatro décadas que trabajás entre los más necesitados. ¿Sus historias te siguen sorprendiendo?

–Me siguen sorprendiendo y doliendo. Quizá ahora soy un poco más pesimista que hace 40 años. Ya que antes, y a pesar de tantos conflictos políticos, existía una familia integrada y a los chicos que quedaban solos los integraba la familia ampliada, un vecino o alguien cercano, y había mayor organización popular. Recuerdo una conversación que tuve con un sacerdote villero por mediados de los años 90, justamente en la entrada de la 1.11.14. Me explicaba por entonces cómo la droga estaba rompiendo la organización popular, los lazos más cercanos entre los vecinos, porque ya no se estaba respetando ni al que tenían al lado. Esto, sabemos, no es una circunstancia ingenua, sino que favorece a mucha gente, entre otros políticos y fuerzas de seguridad. En el medio va quedando la vida de los niños y de los jóvenes. De todas maneras y para no ser del todo pesimista, creo aún que se puede trabajar con la prevención, si es que para ello existe una decisión política.

MÁS LEÍDAS DE Sociedad

ENVÍA TU COMENTARIO

Ver legales

Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de sanciones legales. Aquel usuario que incluya en sus mensajes algún comentario violatorio del reglamento será eliminado e inhabilitado para volver a comentar. Enviar un comentario implica la aceptación del Reglamento.

Para poder comentar tenés que ingresar con tu usuario de LA NACION.

Descargá la aplicación de LA NACION. Es rápida y liviana.