La difícil tarea de volver a casa

En muchos barrios el agua descendió unos pocos centímetros
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6 de mayo de 2003  

SANTA FE.- El agua sigue allí, casi como el primer día. Ha descendido sólo centímetros y sigue impresionando como una herida absurda que lacera hasta los más firmes sentimientos de una comunidad.

El drama es parecido, pero diferente, entre quienes han debido abandonar sus viviendas, y se sienten parias en escuelas o iglesias, y aquellos que van y vienen tratando de salvar lo poco que les queda en pie. En muchos se advierte una mirada lejana, como queriendo interpretar lo que está sucediendo. Es que la inundación se terminó de llevar las ilusiones de casi toda una vida.

Sucede con hombres y mujeres que, si por ellos fuese, con el agua hasta la mitad de la rodilla volverían a poner los pies en sus viviendas. No se lo prohíben, pero impera el sentido común. Volver es arañarse con la miseria de haber perdido todo, o casi todo, pero es también incursionar en un riesgo desmedido.

Los que regresaron a sus viviendas son pocos. El barrio Centenario, detrás de la cancha de Colón, está vacío, pero la planta baja y los primeros pisos del Complejo Fonavi muestran las consecuencias del paso del agua. El barro cae desde una planta alta hacia el patio interno; centenares de colchones están alineados bajo el sol; toneladas de desechos cubren los accesos y en las inmediaciones hay quienes hablan sólo de lo que perdieron.

Media casa perdida

Más al Sur, en el barrio Chalet, el agua sigue como el miércoles último, sólo que ahora está estancada y ya no destruye las viviendas. "Somos los más perjudicados. Yo perdí media casa porque dos dormitorios me los derrumbó la inundación. Al vecino le llevó hasta la garrafa de gas", reprochó Carlos Villa, uno de los 20 vecinos que ayer se animaron a cortar el tránsito por el puente carretero que une Santa Fe con Santo Tomé para reclamar que las bombas extractoras comenzaran a funcionar en ese sector.

Más hacia el Norte, los vecinos que regresaron se encontraron con medio metro de barro. Ropa, muebles, documentos y algunos recuerdos ya no están. Se fueron con las bolsas que para la basura entregaron voluntarios, tratando de descomprimir un foco de infección abierto en los barrios.

Cerca del terraplén Irigoyen, el mismo que antes no soportó la presión del río Salado y que ahora impide su evacuación, siguen más de 2 mil viviendas cubiertas con dos metros de agua. Allí es más difícil volver. Los tantos vecinos que permanecen en los techos para evitar los saqueos alertaron sobre la presencia de víboras y otras alimañas.

Como si fuese poco, el agua estancada desde hace días ha comenzado a descomponerse por la presencia de elementos orgánicos e inorgánicos. El color marrón fuerte y el olor nauseabundo es un anuncio de enfermedades. Por eso, los que saben de riesgos colmaron ayer el Hospital Provincial Dr. José María Cullen, donde recibieron la dosis antitetánica y antidiftérica.

Volver nunca ha sido tan difícil como ahora. La peor tragedia está dejando su inconfundible sello en cada hogar.

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