La dura historia de Juan: "No podía tener ni celular, porque lo vendía para drogarme"

Juan no podía parar de drogarse
Juan no podía parar de drogarse Fuente: Archivo - Crédito: Willy Gómez
Evangelina Himitian
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24 de octubre de 2019  • 14:19

"La justicia siempre debería ser terapéutica. Pero en la práctica no lo es". Quien lo dice es Ximena Figueroa, defensora de ejecución penal del Ministerio General de la Defensa, sentada en su despacho en Bartolomé Mitre al 600, frente a Juan, de 33 años que está allí porque en 2018 lo detuvieron por el arrebato de una cartera a tres cuadras de la casa de su mamá, en Villa Devoto. "Necesitaba plata. para drogarme", cuenta Juan y hace una mueca con los ojos que es como si dijera, esa es la historia de mi vida. No el robo. Sino la droga. "No tenía antecedentes. Me compraba la droga con mi trabajo. Pero ese día estaba sacado. Llevaba tres días arriba y quería más.", dice.

Pero Juan no está ahí para recibir una condena. En cambio, recibe la noticia de que su causa se cerró y que ahora hay que esperar el sobreseimiento. Pero hay más, Juan se acaba de convertir en el primer egresado de "justicia terapéutica" un programa piloto que crearon en forma conjunta el Ministerio de Justicia, la Procuración General y la Defensoría General de la Nación, del que ya participan 15 personas con probation o penas en suspenso, para darle una vuelta de tuerca a las condenas de aquellos que cometen un delito vinculado al consumo de drogas.

" La Justicia no es terapéutica porque la mayoría de las veces pierde de vista el problema de base que promovió el delito, que es un problema de salud, como son las adicciones. En cambio, si se logra resolver ese problema, que está vinculado a otras vulnerabilidades, la persona queda totalmente fuera del delito. Porque el delito no es su manera de supervivencia", explica Figueroa.

Juan llegó al programa en el peor de los mundos. Lo habían atrapado robando. Le dieron una probation de un año: tenía que hacer tareas comunitarias en Cáritas y presentarse todos los meses ante el juzgado. Así evitaría ir a prisión. Pero no se presentó ni una sola vez y tampoco fue al comedor de Cáritas. La Justicia lo citó varias veces y el no se presentaba y seguía en un camino de autodestrucción adoquinado de cocaína. Había perdido los dos trabajos que consiguió por culpa de su adicción.

S us dos hijas, de seis y dos años lo miraban como a un extraño con el que no podían compartir la vida de familia. Natalia, su mujer, lloraba cada vez que lo veía así. Si llegaba a su casa de Villa Celina drogado, ella lo echaba, le pegaba, le rogaba que dejara todo eso, que las estaba perdiendo. "Pero era más fuerte que yo. Todo lo que hacía era para juntar plata para drogarme. Volvía del trabajo, le daba la plata a mi mujer pero en el otro bolsillo me había guardado algo para mí. Entonces me iba a comprar la comida para la cena, cualquier excusa y ya no volvía. Al principio me drogaba sólo los fines de semana, pero después ya era todos los días porque el cuerpo me pedía cada vez más", cuenta.

Ahora lleva nueve meses limpio y se emociona cuando lo dice en la oficina de la defensora que vivió junto a él todo el proceso, en el que más de una vez quiso bajar los brazos.

" Empecé a consumir a los 17 años paco y marihuana. Por canchero. Por mis amigos. Dejé el colegio y me puse a trabajar. Y así me podía comprar mi droga. Vivía en la casa de mis papás. Ellos sabían que me drogaba, pero como cumplía mi parte, de trabajar y no meterme en problemas no me decían nada. Pero el paco lo tuve que dejar. Estuve internado en una granja y lo superé. Pero entonces empecé con la cocaína. Mi problema es que todos mis amigos se drogan. O venden. Entonces es muy difícil salir", cuenta.

Juan se fue de la casa de sus papás a los 30 años, cuando se fue a vivir con Natalia, que ya tenía una hija y que él adoptó como propia. Entonces tuvieron una bebé, que nació seismesina y tuvo muchos problemas de salud. Ahí fue cuando Natalia descubrió que Juan se drogaba. La mamá de él se lo dijo, cuando ella estaba preocupada porque desaparecía los fines de semana. Le metió la mano en el bolsillo y le mostró. "Ves, esto es lo que le pasa. Que se droga", le dijo la mujer. Ahí empezaron los problemas familiares. Juan decía que se drogaba porque estaba mal por lo que estaba pasando con su bebé. "Pero era mentira. Me drogaba porque era lo que siempre hice. Porque solo pensaba en eso. No tenía proyectos", confiesa.

Juan trabajaba desde los 17 años en un centro de fotocopiado en Ciudad Universitaria. Un día, le dijo al dueño. "Liquidame". Le pagó 20.000 pesos y con esa plata se tomó un año sabático para seguir a All Boys por el país cuando ascendió a primera. Después, volvió y lo volvieron a contratar. Pero al poco tiempo se peleó con otro de los empleados. El jefe le dijo, "te tengo que echar". Le respetaron la antigüedad anterior y cobró 300.000 pesos. Se compró una moto, le dio algo a su mujer. "El resto me lo gasté todo en droga. Hasta la moto vendí para drogarme. Llegué a un punto en el que no podía tener ni celular, porque lo vendía para drogarme. No me importaba nada más", cuenta.

En enero último, Juan llevaba cinco meses de desobediencia. No había acatado la probation y tocó fondo, el día 24, cuando su papá murió. "Había alquilado una quinta para que nos fuéramos todos de vacaciones y tres días antes se murió. Me golpeó mucho. Y lo que hice fue drogarme más. Mi mamá estaba desesperada. Mi mujer me había echado de casa. Mi beba estaba mal de salud y yo en un pozo que era cada vez peor. Y encima, la Justicia me citaba porque estaba en rebeldía. Entonces, después de pasar tres días de solo drogarme, hice un clic. Mi mamá me rogó que me presentara al juzgado. Que no iba a soportar que vinieran a buscarme en un patrullero a su casa. Entonces llamé a mi hermana y le pedí que me internaran", cuenta.

Vinieron su cuñado, su sobrino y su hermana melliza. Lo llevaron a una clínica en Pilar, que tenía pileta y gimnasio, como Juan había exigido. "Tío es lo mejor que podés hacer. Así no vas a poder salir. Y te vas a morir", le dijo el sobrino. Juan se quedó. Pero a los dos días empezó a caminar por las paredes. Entonces Natalia y las hijas lo fueron a visitar. Sólo imaginarse estar dos años internado, sin ver crecer a sus nenas, fue demoledor. Les dijo que se quería ir de la clínica. Que él solo iba a poder. Y mientras la familia estaba ahí en la visita, Juan fue al kiosco, pidió los 1000 pesos de crédito que su hermana había depositado para que se comprara golosinas y dejando a toda la familia adentro, se escapó.

Saltó el cerco perimetral y se paró junto a la ruta. Cuando se dieron cuanta de la fuga, la mamá y la hermana de Juan se subieron al auto y se fueron. Le pasaron al lado, mientras caminaba por la banquina y no le pararon. No lo levantaron. Tampoco se detuvo Natalia, que se subió al Uber y se volvió a su casa. Todos estaban indignados con él. Juan hizo dedo, se subió al tren. Y después se tomó un remís al que le pagó los 1000 pesos que había recuperado del kiosco y se fue a la casa de su mamá. Al día siguiente se presentó en el despacho de la defensora, Ximena Figueroa y le dijo que estaba dispuesto a hacer lo que hiciera falta para cambiar.

La defensora le habló del programa de justicia terapéutica. Juan estuvo de acuerdo. Lo evaluaron de forma conjunta la jueza, la fiscal, la defensora, los médicos y los psicólogos. Y accedieron a cambiar su probation por la solución que Juan proponía. Hacer terapia con una psicóloga y trabajar. "Necesito salir de todos los ambientes. Si estoy con otros adictos, si escucho sus problemas me vuelvo a enroscar en los míos. N ecesito que alguien me escuche y poder cambiar", dijo.

Natalia lo dejó volver a casa. Juan se esforzaba, pero entonces empezaron los temblores. Las pesadillas. El cuerpo le pedía que volviera a lo que estaba acostumbrado. Entonces, Juan salía a caminar, se iba con sus hijas para no caer en la tentación de comprar droga. Se acostumbró a vivir sin plata encima y sin celular. Porque todo eso, en cuestión de minutos se podría convertir en cocaína. Un día pasó por una iglesia evangélica. Un pastor lo hizo pasar, oró por él. "Le ordenó al diablo adentro mío que se fuera y me dejara dormir. Yo nunca creí ni quise saber nada. Pero ese día me caí al piso, empecé a llorar como un chico. Le pedí perdón a todos y no tuve más pesadillas. Esa fe me salvó. Yo sé que fue Jesús. Mi mujer me dijo, entonces tenés que volver. Y ahora vamos todas las semanas con las nenas. Y nos hace muy bien", cuenta.

No solo abrazó la fe sino otro estilo de vida. " Mi mamá me dijo, vos no tenés proyectos. Y era verdad. Entonces empecé a pensar en mi casa, me puse a arreglarla. Me puse como objetivo todos los días llevar al menos 600 pesos a casa para la comida. Entonces me iba al Mercado Central, compraba ajos y limones y vendía por el barrio de mi mamá. Los vecinos me compraban. A veces, terminaba rápido. Otros días, por ahí aparecía la policía y me volvían loco. Porque lo primero que hacían era fijarse los antecedentes. Y como me saltaba la causa, ahí se armaba. Me tenía que quedar callado, irme porque sino me sacaban la mercadería. Un día, le rogué a un policía que no me saque las cosas, que tenía que llevar plata a mi casa para la comida. Me dijo: ´ Mentira. Vos querés plata para drogarte. Vos no cambiás más´. Me dolió mucho. Porque nadie nos cree que podemos cambiar", dice Juan.

Pero su cambio iba en serio. Un día se encontró por la calle con un hombre con el que había trabajado colocando aires acondicionados. Le contó todo lo que le estaba pasando. Que con la ayuda de la psicóloga y con este programa de justicia terapéutica estaba cada vez mejor. Entonces el hombre lo volvió a contratar. Cada día Juan vuelve a casa con los 1200 pesos que le paga y orgulloso de no guardarse nada para él en el otro bolsillo. Se lo da todo a Natalia y disfruta como nunca de sus hijas. Tardes en la plaza, festejos de cumpleaños, abrazos, risas, todas cosas que hasta ahora se había pedido. "No me las quiero perder nunca más. Yo sé que tengo una enfermedad de por vida, que es la droga. Que soy vulnerable, que si no me cuido puedo volver a caer. Pero lo que estoy viviendo ahora vale tanto la pena, que no lo cambio", dice.

Aprender a cruzarse de vereda cuando ve a alguien que vende droga en el barrio. Andar sin celular y sin efectivo. Evitar el alcohol y la marihuana para no tentarse con otras cosas. Orar todas las mañanas y pedirle fuerzas a Dios para vencer la batalla ese día. Hablar de sus problemas y sentimientos. No guardarse nada. Dejar de frecuentar esos amigos y esos lugares que lo llevarían a volver a consumir. Esos son algunos de los caminos que Juan aprendió para ganarle a la tentación. Hace dos semanas él y Natalia salieron a bailar con unos amigos. Después de más de un año. Juan pidió un agua, bailó toda la noche y cerca de las 5 de la mañana, cuando volvieron a casa, se metió en la cama, besó a su mujer y se quedó dormido. Nunca en su vida había tenido una noche más feliz que esa.

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