La gente que sufre y no sabe adónde ir

Ya no hay bronca, pero sí impotencia
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3 de mayo de 2003  

SANTA FE (De una enviada especial).- Hay gente que camina sin rumbo. Está perdida. Shockeada. No tiene adónde ir. No sabe dónde está, ni qué busca. Hay otros que también caminan sin rumbo. Tampoco saben bien adónde ir, pero sí qué buscan. Buscan a su madre, a su hijo, a su primo o a su abuela. Están desaparecidos. Buscan en los centros de evacuados, en las casas de familia, en las calles ¿Dónde más?

"Ya no sé adónde ir. No puedo encontrar a mi cuñada, Sofía, y a mis seis sobrinos. Mi casa está inundada y lo único que supe es que una de las últimas canoas que salió se dio vuelta y todos se cayeron al agua ¿Y si era la de ella y los chicos?", dice Rubén Torrielli en una esquina del barrio Guadalupe.

Martín Arrigui (16) llega a la escuela N° 8, situada en Francia al 1500, donde hay 450 evacuados. Es posible que ahí esté su madre. Respira hondo y se acerca a una señora que tiene un listado. Mira y mira. Pasan las hojas y nada. "Acá tampoco", dice con un nudo en la garganta.

Cuando el esposo de Mónica Rolón le dijo a su mujer que empezara a correr porque el agua estaba llegando, ella se quedó tiesa por un instante. Cómo iba a saltar las vías. No, no podía alcanzar esa altura. Y, de golpe, la vio. Invadía su casa en cuestión de segundos. Y ella con dos chicos de seis y cuatro años y un bebe de siete meses. Sólo atinó a alzarlo. Su marido cargo a los otros dos.

El agua, una locura

El agua ya les llegaba al hombro. Se hicieron paso entre la correntada hasta que encontraron a un hombre que los subió a su camioneta y los sacó de aquella locura. Mónica está ahora con sus hijos en el gimnasio de la Universidad Tecnológica Nacional (UTN), donde hay unas 800 personas. Sin nada de nada. Hay colchones por toda la cancha, hasta en las gradas. Los arcos de fútbol son ahora ténders.

Y la ropa no se seca. Por eso, algunos la sacaron a las escalinatas, porque el sol pega fuerte y la ropa tiene que estar seca rápido. No hay qué ponerse. Muchos duermen y duermen. Es mejor, dicen, así no tienen tiempo para pensar. Pensar, recordar en especial, los consume. Es mejor dormir, evadirse de esta realidad.

Hay mucha gente con cortes en las piernas y muchos chicos resfriados. La situación es óptima para el contagio. Es por eso que ya están vacunando contra la hepatitis A, la difteria, el tétanos y la tos convulsa.

Los chicos saltan a la soga o juegan con un aro de básquet. Ellos también están angustiados y hay que darles algo que hacer para que tampoco piensen, explica Ema Jazmín (65). Ella habla poco. No puede hablar del agua, porque llora y llora.

Como una catarata

Ya no se ve tanta bronca. Se los ve entregados, impotentes, tristes. Como Silvia Acha, que tiene 26 años y cinco hijos. Vivía en el barrio Santa lucía. Ahora está en la iglesia La Merced, no muy lejos de allí, con 170 personas. Recuerda que el agua cruzó el terraplén y cayó como una violenta catarata. De golpe. Su marido levantó a tres de los chicos y ella alzó a los otros dos. Huyeron por la ventana. Afuera todo eran gritos, corridas, caos y espanto. La gente se chocaba, lloraba, pedía ayuda: "Parecía una guerra. Era como si hubieran tirado una bomba. Creí que me moría, que los chicos se ahogaban. Sólo trato de pensar en que nos salvamos".

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