La Luna ya no rueda por Callao

Javier Navia
(0)
10 de julio de 2007  

Pocos termómetros más precisos tienen las ciudades para medir su prosperidad socioeconómica que la actividad de sus avenidas. En Buenos Aires, sus principales arterias la marcaron siempre implacablemente. Por su movimiento comercial, pero también por la calidad de sus construcciones, por el tipo de comercios, por el público que concurre y hasta por los automóviles que corren por ellas, puede trazarse un mapa social de la metrópoli y las diferencias que separan a sus habitantes.

La avenida Alvear, por ejemplo, acaso no sufrió nunca un atisbo de decadencia, ni aun en la peores crisis económicas del país. La avenida Santa Fe, socialmente más plural, sí ha sucumbido a esos vaivenes.

La avenida Callao es más ecléctica socialmente en su trazado. Nace en Rivadavia, frente al Congreso, y se extiende hasta la Avenida del Libertador, en Recoleta. Si entre el Bajo y su cruce con Santa Fe, o tal vez hasta Paraguay, mantiene intacta su elegancia de siempre, entre las avenidas Córdoba y Rivadavia es una muestra de crecientes disparidades y del crepúsculo que alcanza a una parte de su pasado más luminoso.

En la esquina de su nacimiento se alza el que ya es el monumento a la decadencia de Callao: el depósito de roedores en que se ha convertido el edificio cerrado de la ex confitería Del Molino, la que fue una de las más emblemáticas de Buenos Aires. Esquina gris y testigo de regulares piquetes y de todas las marchas que confluyen hasta el Congreso, los comercios sienten el impacto.

La gran tienda Savoy desapareció a principios de esta década y parece ya no haber lugar para negocios con cierto glamour. Al no haber interesados en comercios grandes, se fraccionan los locales y se alquilan con frentes a la calle de sólo dos o tres metros. Así, hoy sólo prosperan locutorios, maxiquioscos y los llamados "todo por 2 pesos", negocios de baratijas que venden desde hebillas para el pelo hasta paraguas chinos.

También crecen las playas de estacionamiento, que se ven cada vez más. Algunas no son más que un baldío asfaltado con una mediasombra como techo. El Hotel Bauen, el más importante de la avenida, quebró hace tiempo y funciona tomado por sus trabajadores en medio de un conflicto judicial. Hasta los cines desaparecieron: el América fue el último en cerrar. Y si faltaba una muestra más de la caída de lo que fue una gran avenida, desde hace meses permanece sin arreglar lo que podría parecer una nueva boca del subte, pero que es un enorme pozo en la vereda, hundida durante una tormenta el verano pasado, nada menos que en la esquina con Santa Fe, frente adonde estuvo -porque también cerró- Los Inmortales.

Ya ni la Luna va rodando por Callao. Otra gran avenida de estampa porteña ha sucumbido. Como el pavimento en su esquina más popular.

Esta nota se encuentra cerrada a comentarios

Descargá la aplicación de LA NACION. Es rápida y liviana.