La mexicana que perdió su trabajo y se dedica a ayudar a los argentinos varados en Cancún por el coronavirus

Rocío Sanoja con una remera que le autografiaron los argentinos que van pasando por su refugio para turistas varados en Cancún por la pandemira de coronavirus
Rocío Sanoja con una remera que le autografiaron los argentinos que van pasando por su refugio para turistas varados en Cancún por la pandemira de coronavirus
Sebastián Davidovsky
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13 de abril de 2020  • 18:22

"Es nuestro hada madrina", dice Marcelo Almirón, uno de los 50 argentinos varados que pasan sus días en el hostel Selina, en plena zona hotelera de Cancún. Hasta allí llegaron de la mano de Rocío Sanoja, una mexicana de 41 años y una auténtica heroína: fue la que les consiguió alojamiento a los que venían de pasar largas esperas con destino incierto, eternas noches en la plaza frente al aeropuerto, y una de las que empezó a organizar la ayuda humanitaria para turistas, mientras esperan la repatriación. Son parte de las 2116 personas de nuestro país que, según Argentinos Autoconvocados Varados en México, aún están allí, a la espera.

Sanoja sufrió también las consecuencias de la caída en visitantes de una de las ciudades turísticas más importantes del país. Cuando todo empezó, se quedó sin la posibilidad de comisionar el tour hacia Islas Mujeres por el cierre de la agencia Albatros. Sin trabajo. En uno de esos últimos días, conoció a un matrimonio de argentinos que le advirtieron que muchos se estaban quedando sin poder volver a su casa. "Entonces sentí que tenía que ir al aeropuerto para ver qué era lo que necesitaban", recuerda. No fue la única con la voluntad de ayudar: cuando llegó, ya estaban repartiendo sandwiches, tortas… "Pero la mayoría de la gente estaba muy cerrada y no querían comer. Tampoco los bares les prestaban ayuda para cargar sus teléfonos ni les daban comida", recuerda Sanoja.

Hacer fila todos los días a las 4 am

Chío, tal como la empezaron a llamar en confianza, llevó pañales para los bebés que necesitaban cambiarse. Barritas de granola, jugos y agua. Cada día, volvía: la jornada terminaba a las 11 de la noche. "La gente no quería salir del aeropuerto porque querían estar atentos a ver si finalmente salía el vuelo. Todas las madrugadas lo mismo: a las 4 de la mañana volvían a formarse en la fila para ver si podían salir. Pero nunca pasaba nada", describe. Dormían allí, entre las filas de sillas, los carritos y las mesas de Check-in. Y la plaza de enfrente, un lugar improvisado de alojamiento y bronca, porque en plena madrugada se prendían los regadores automáticos y empapaban a los turistas en pleno sueño.

Los argentinos varados en Canún dormían en la plaza frente al aeropuerto esperando a que saliera su vuelo para volver
Los argentinos varados en Canún dormían en la plaza frente al aeropuerto esperando a que saliera su vuelo para volver Crédito: Gentileza Rocío Sanoja

Sanoja vio todo eso y empezó a organizar a los grupos. Armó en Whatsapp Terminal 2, una comunidad a la que poco a poco se fueron sumando otros argentinos, así como también otros turistas varados. "La Secretaría de Turismo, mientras, los quería sacar del aeropuerto, pero nadie se quería ir", recuerda Sanoja. De a poco fue convirtiéndose en el enlace. Primero gestionó un primer alojamiento gratuito con la condición de que cada día un micro (también sin costo) los llevara al aeropuerto para hacer esa fila permanente con el sueño de abordar. Cada día iban. Cada día volvían: hasta que asumieron que ya no tenía sentido. En el medio, seguían sin respuestas del consulado.

Gracias a sus gestiones en Turismo, Chío pudo conseguir un alojamiento mejor. Otro hostel de la cadena Selina. Camas para dormir y descansar, a la espera de una resolución que es la que aún aguardan. Un plan para lograr pasar este tiempo, pensó. Entonces, empezó a recibir donaciones que sus amigos, conocidos, empresarios, su ex jefe, y demás empezaron a brindar. "Ayuda humanitaria para turistas", escribió en la calle. Y esperó. Lo mismo replica en las Redes Sociales donde busca paliar la situación de este grupo de argentinos.

Vivir en comunidad

Mientras están varados desde el 20 de marzo, se las ingenian para vivir en comunidad. Hoy en día solo quedan ciudadanos de nuestro país junto a Chío. Aprovechan los conocimientos de cada uno: profesora de yoga, de guitarra o los que alguna vez trabajaron en restaurantes implementan su know how. Almirón, de 53 años, con presente en la docencia de química y pasado en restaurantes, es justamente el encargado de la comida: "Vamos racionando de acuerdo a las donaciones que vamos recibiendo. A veces hacemos una vaquita para comprar un poco más, como zanahoria o cebolla. A la noche tratamos de estirar esa donación. Así vamos variando la alimentación, que es en base a frijoles, arroz, verduras y las donaciones que podemos conseguir", relata. Tiene dos ayudantes. Además de cocineros, hay una comisión de limpieza. Y un orden fundamental: botellas de agua con nombres de cada uno de ellos para evitar que otros las utilicen y haya riesgos de contagio, aunque nadie "presenta síntomas", aclara Guillermo Micheloud, el enfermero.

El equipo de cocina comandado por Almirón
El equipo de cocina comandado por Almirón Crédito: Gentileza Rocío Sanoja

Sanoja es la encargada de que se cumplan las reglas. Al principio hubo un presidente, pero "eso no funcionó". "Nada de drogas, nada de alcohol", repite. "Busco que hagan talleres para que le puedan encontrar la vuelta a esta situación", señala. Pese a su tarea, Chío no cobra absolutamente nada por ser ese nexo de los turistas argentinos varados. "En este momento todos nos necesitamos. Nos tenemos que ayudar sin ver de qué nación es cada uno. Tengo muchos amigos que la están pasando mal. Parte del mundo se acabó. Mientras pueda, me dije, tengo que salir a ayudarlos", describe. Las consecuencias no fueron gratuitas: por tener contacto con gente en el aeropuerto incluso tuvo que evitar ver a sus hijos (tiene tres) durante varios días para evitar focos de contagio. Allí, entre mesas de checkin y restaurantes que les cobraban cuatro dólares el agua caliente, Sanoja recuerda que "los vi dormir sobre sus zapatos, en sus maletas, y nadie se merece vivir así".

La colecta de donaciones en Cancún
La colecta de donaciones en Cancún Crédito: Gentileza Rocío Sanoja

Micheloud, el enfermero, tiene 43 años. Es el encargado de administrar los medicamentos que consiguió el "hada madrina", sobre todo para aquellos con patologías de base, como hipertensos o con diabetes. "Es una segunda madre para nosotros. Es la que se mueve, la que se organiza, la que busca las donaciones. Nos dio alojamiento desde el primer día. Es un agradecimiento profundo al pueblo mexicano que nos tuvo siempre presente", enfatiza quien debió volver el 23 y ahora tiene pasaje para el 3 de mayo. Trabaja en el Hospital San Benjamín de Colón, Entre Ríos, en la unidad de terapia intensiva, aunque igual así tampoco consiguió un permiso para regresar.

"Es como Gran Hermano, a veces se pelean, otras discuten. Pero se organizaron bastante bien. Los tengo en una burbuja, y no ven el exterior", explica Chío. Muy pocos pudieron "abandonar la casa". "Van como 12 de los míos que ya llegaron a sus países. En general pacientes de alto riesgo", cuenta. El último que se fue con un vuelo de Latam Argentina es Gastón Ramallo, quien regresó a Formosa. Lo despidieron todos emocionados. En la casa aún está Andrea Godoy, embarazada de cuatro meses, que el miércoles regresa junto a su marido a Neuquén. Eso espera. Una buena: durante estos días tuvo en la casa a Mónica Firmapaz, obstetra, su referencia durante estos días de angustia. Todos, claro, bajo la órbita de Chío,hada madrina principal, la que se puso el grupo a cargo y espera que algún día todos puedan volver a su casa.

Los argentinos varados en Canún y que se fueron agrupando vía Whatsapp en Terminal 2, el grupo de chat
Los argentinos varados en Canún y que se fueron agrupando vía Whatsapp en Terminal 2, el grupo de chat Crédito: Gentileza Rocío Sanoja

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